Bienestar

Armand Hernández, investigador de la Universidade da Coruña, sobre el ‘verano eterno’ que se avecina: “Nos encaminamos hacia un cambio estacional sin precedentes en la historia humana”

Futuro difícil

Un niño juega con un balón en la playa del lago artificial 'Piscinão de Ramos' en Río de Janeiro

Un niño juega con un balón en la playa del lago artificial 'Piscinão de Ramos' en Río de Janeiro

Antonio Lacerda / EFE

El pasado verano fue uno de los más calurosos que se recuerdan en la Península Ibérica. Durante el mes de agosto, comunidades como Andalucía o Catalunya sufrieron sendas olas de calor, con temperaturas que superaron los 40 grados en algunas poblaciones. Un sofoco que incita a hidratarse al máximo, refrescarse en la playa o la piscina, ir más ligeros de ropa o mantener un corte de pelo corto. Sin embargo, esa sensación de calor inagotable se ha extendido a otros días y meses donde no solía hacer tanto daño.

El principal problema es que no es una sensación, sino una realidad que se está haciendo demasiado presente en distintas partes del planeta. Armand Hernández, investigador de la Universidade da Coruña, ha trabajado en conjunción con Celia Martín, profesora de Paleoclimatología en la escuela Royal Holloway de Londres, para explicarla en un artículo de The Conversation. Ambos participaron en un estudio publicado en Nature Communication, donde estudiaron cómo el verano se extendió durante más de 200 días hace 6.000 años.

Un termómetro marcando 45 grados junto a Torre Sevilla, el pasado 11 de agosto
Un termómetro marcando 45 grados junto a Torre Sevilla, el pasado 11 de agostoFrancisco J. Olmo / Europa Press

La clave para explicar semejante anomalía, de circunstancias naturales en aquel momento, es la “gradiente latitudinal de temperatura”, la diferencia entre el ecuador y el Ártico. “Cuando el Ártico se calienta más rápido que las zonas tropicales, ese gradiente se debilita y la circulación atmosférica se ralentiza. El chorro polar, la corriente de vientos rápidos que rodea el hemisferio norte, pierde intensidad y comienza a ondularse”, explicaban los divulgadores.

“Esta configuración favorece los llamados bloqueos atmosféricos: situaciones en las que un anticiclón estacionario permanece sobre Europa durante semanas, desviando las borrascas atlánticas y exponiendo al continente a aire cálido sostenido. Las consecuencias son veranos más largos y episodios más frecuentes de olas de calor, sequías y lluvias torrenciales al inicio del otoño”, sumaban. Su investigación llegó a la conclusión de que, por cada grado que se debilita la gradiente, el verano europeo suma seis días.

Un hombre se refresca en la playa de la Barceloneta, en Barcelona
Un hombre se refresca en la playa de la Barceloneta, en BarcelonaDavid Zorrakino / Europa Press

Cambios preocupantes

Lo más preocupante es que estas fluctuaciones se están produciendo también en la actualidad: “Hoy, el motor del cambio es el calentamiento global inducido por la actividad humana, y la atmósfera responde con rapidez. El Ártico se calienta unas cuatro veces más rápido que el resto del planeta, un fenómeno conocido como “amplificación ártica”, lo que reduce el gradiente térmico a una velocidad sin precedentes en los últimos diez milenios”, detallaban, en una tendencia que ha aumentado gradualmente desde los años ochenta.

“Si las emisiones continúan al ritmo actual, Europa podría sumar hasta 42 días más de verano para el año 2100. Esto supondría veranos fuera de los umbrales naturales bajo los que se ha desarrollado la humanidad. En escenarios más optimistas, el aumento sería menor, pero aun así relevante: unos 13 días adicionales. Aunque estas cifras puedan parecer pequeñas, dos semanas extra de verano extremo tienen consecuencias directas: mayor mortalidad por calor, estrés hídrico en cultivos, incendios más frecuentes, alteraciones en ecosistemas sensibles y presión añadida sobre las infraestructuras energéticas”, advertían.