Los jóvenes ya no quieren tirar de ibuprofeno y paracetamol contra el dolor: “Han entendido que quieren estar bien y ahora verbalizan muchísimo más lo que sienten”
Cuerpo y mente
Cassiana Campos, fisioterapeuta, analiza cómo el dolor emocional tiene un impacto directo en nuestro bienestar físico y como se enfrentan a ello los jóvenes

Cassiana Campos es fisioterapeuta desde hace casi 30 años

Durante años, el dolor se ha explicado desde el cuerpo: una contractura, una lesión, una inflamación. Pero cada vez son más las personas que llegan a la consulta con una sensación difícil de poner en palabras. No es solo la espalda la que duele, ni el cuello que se carga. Es una tensión más profunda, más silenciosa, que a menudo nace mucho antes de que el cuerpo decida expresarla. La fisioterapeuta Cassiana Campos lo constata cada día durante sus sesiones: personas que buscan alivio físico y acaban descubriendo que su malestar también habla de una vida acelerada, con una gran falta de espacios para sentir.
Para ella, el cuerpo no miente. Es el primero en avisar cuando algo se desajusta, cuando las emociones no encuentran espacio o cuando el ritmo vital deja de ser sostenible. Entender el dolor desde esta mirada global es, según la fisioterapeuta, el primer paso para empezar a sanar de verdad. Una conciencia que cada vez es más presente entre los pacientes: “Ahora las personas son más conscientes de que hay un problema emocional de fondo, que no están bien ni psíquica ni físicamente. Antes la gente decía ‘me duele la espalda’ y ahora no, ahora dicen ‘me hace daño la espalda y me siento muy ansiosa, angustiada...”, explica.

Este cambio de mirada se hizo especialmente evidente a partir del confinamiento por la COVID-19. “Han visto que la pandemia los llevó a estar desconectados socialmente, pero nos hizo conectar con esta parte que no teníamos tiempo de sentir”, señala Campos. A pesar de reconocer que fue una etapa muy dura en muchos sentidos, destaca que “mucha gente pudo estar parada un tiempo y reconectar con su cuerpo”.
Esta pausa forzada tuvo efectos sorprendentes en algunos casos. “A mí me pasó una cosa muy interesante. Yo trabajo con suelo pélvico y tenía muchas mujeres que no se quedaban embarazadas. Pues, en pandemia, se quedaron embarazadas y me decían: ‘Es que realmente hemos tenido tiempo para estar juntos y reconectar', relata.
El impacto del dolor emocional
Su experiencia profesional lo ha llevado a una conclusión clara: las emociones tienen un impacto directo en el cuerpo. “Pienso que, hoy día, si no estás bien emocionalmente, es difícil que estés bien físicamente. Y viceversa”, afirma antes de ir más allá: “El pensamiento... Pensamos siempre. Cuando nos levantamos por la mañana, ya estamos pensando. Por eso hay tanta gente que duerme mal, porque cuando se levanta por la noche está pensando y no consigue desconectar”.

A modo de ejemplo, Cassiana apunta que “el pensamiento, tanto si es de estrés como de ‘tengo que hacer esto o aquello’, te hace respirar de manera más corta, de una forma que nosotros llamamos estresada,” la cual “ya te lleva a unos cambios corporales bastante importantes y eso te lleva al malestar físico”.
Por este motivo, a su consulta, el cuerpo y la mente tienen el mismo peso. “Si ahora te trato y no te pregunto cómo estás tú a escala emocional, para mí, no estoy haciendo un buen trabajo”, asegura con rotundidad. Sin entrar en la vida personal de los pacientes, considera imprescindible preguntar “como te encuentras emocionalmente”. Sin esta información, la profesional ve complicado poder ofrecer un tratamiento efectivo: “Es difícil que una persona pueda mejorar en una sesión de fisioterapia si no consigue conectar, si emocionalmente no está bien”.
Los jóvenes, un perfil clave
Entre los diferentes perfiles que pasan por su consulta, Cassiana identifica claramente a los jóvenes como los más concienciados con la relación entre dolor físico y emocional. “Los jóvenes están muy conectados con la salud emocional y mental, ahora verbalizan muchísimo más lo que sienten. ‘Tengo ansiedad, tengo angustia, estoy triste...’. Antes también nos oíamos. Existía, pero nosotros no verbalizábamos lo que oíamos. Ahora está más normalizado exteriorizar que te sientes mal” expresa.

Esta apertura se refleja también en la normalización de la terapia psicológica: “Los jóvenes quieren estar mejor. El otro día hablaba con una amiga cuyo hijo estaba en una cena con amigos de primaria y todos ellos iban a terapia. Todos se miraron y se dijeron: ‘Qué suerte que tenemos’. No ‘qué mal estamos’, sino ‘qué suerte tenemos’. Entonces, pienso que los jóvenes... Me duele que digan que los jóvenes están muy desconectados, que están muy mal... Yo no lo veo así en absoluto. Ellos han entendido que quieren estar bien de verdad, no quieren ir tirando de ibuprofenos y paracetamol. Ellos quieren estar bien de verdad”.
Movimiento físico y psíquico
No existe una fórmula única para curar el dolor que nace de la emoción, pero sí actitudes que pueden marcar la diferencia. “Estar en movimiento, ya sea físico, psíquico y social. El movimiento de cambiar de trabajo, de hacer un curso, de tener curiosidad por hacer algo, de conocer gente nueva, hacer una actividad física...”, enumera. El contrario, advierte, es quedarse atrapado en la inercia: “Tenemos una leve tendencia a eso. Por ejemplo, Netflix. Te ves un capítulo, dos, tres, cuatro, debe. Estamos sentados y desconectados. Hay que salir de la zona de confort”, añade.
Desde su experiencia, la conclusión es clara: “Para mí, los pacientes que mejor viven son los que están felices con su vida social, familiar, comen bien y hacen actividad física”. Es desde esta visión integral y profundamente humana de la fisioterapia que Cassiana Campos acompaña a sus pacientes, entendiendo el dolor emocional no solo como un síntoma, sino como una señal que el cuerpo envía cuando el ritmo vital y el estado emocional dejan de encontrar equilibrio.