Invierno, la época que promueve la vida interior
Bienestar
Pasado el bullicio navideño, la estación invernal nos trae la oportunidad de integrar, asentarnos e interiorizar

Los meses de enero a marzo son buenos momentos para recogerse, meditar y planear todo aquello que vamos a querer traer a nuestra vida

La naturaleza es sabia. Si seguimos su curso, la vida fluye de una forma más apacible. Al igual que nuestro reloj biológico o ciclo circadiano se adapta a las horas de luz y oscuridad, las estaciones marcan una cadencia determinada.
Al arrancar el año queremos llenarnos de proyectos y nuevas ideas, pero si atendemos al mensaje de la naturaleza, veremos que ella todavía reposa y espera hasta la primavera, para sembrar nuevas semillas.
Calidez interior
El invierno es una invitación para estar con nosotros mismos, parar y contemplar. Es época de conectar con nuestras emociones más profundas y con esa saludable sensación de deseada solitud. Así podemos llegar a conectar con la persona que verdaderamente somos, esa que, a veces, debido a las prisas, el estrés y la rutina, se nos escapa.
Los meses de enero a marzo son buenos momentos para recogerse, meditar y planear todo aquello que vamos a querer traer a nuestra vida. La cuestión es no tener prisa, no precipitarse y dar tiempo a la sabia pausa invernal.
Durante la estación fría es bueno hallar espacios de pausa para recargarse
El paisaje del invierno es nieve o agua detenida y helada. Tierra baldía que descansa y aguarda. Periodo para incubar y preguntarse qué lección aprendimos del ciclo que cumplimos al acabar el año. Los días son cortos e invitan a leer y a recogerse. A comer caliente, sopas y alimentos de cocción larga.
Durante la estación fría es bueno hallar espacios de pausa para recargarse. Tiempo de silencio y escuchar lo que la vida nos dice. Es probable que debamos abandonar cosas, malos hábitos, costumbres rutinarias o incluso personas que no nos aportan nada. Esto es algo que podremos detectar sólo si damos espacio para esa pausa que nos pide el invierno.

No importan tanto las causas y los motivos sino asumir lo que es, donde estamos y quienes somos. Este es el beneficio emocional y psicológico de atender a la pausa invernal. Obviamente, no podemos dejar de trabajar, pero sí es posible generar una rutina más reposada al llegar a casa o durante el fin de semana.
Mitológicamente el inverno ofrece la imagen de la bella Perséfone raptada por el Hades que la lleva al inframundo. Esto provoca la gélida tristeza de su madre Deméter, la diosa de la agricultura, cuya pena asola los campos. No será hasta la primavera, cuando la joven regrese, que todo vuelva a florecer y renacer.
El invierno es momento de reconfortarse, abrigándonos a la vera del fuego, comprendiendo que la vida son ciclos, pausas, acciones y decisiones que tomar de forma reposada, tranquila y natural.
Prácticas para la integración invernal
1-Meditar

Si la meditación nos sana y equilibra, volviéndonos menos reactivos y más conscientes, en invierno sus beneficios se amplifican. Una vez más recordamos que meditar no debe ser una exigencia, sino una práctica para estar con uno mismo, en silencio, sin hacer nada más que sentarse a no hacer nada. Contemplar, escuchar y aprender del silencio. Poco más. No hay que exigirse poner la mente en blanco. Sólo respirar lento y profundo, buscando un momento de pausa entre cada inhalación y exhalación.
2 – 'Shinrin-yoku'

Popular término japonés para designar los baños de bosque. Como una meditación, pero en movimiento. Andamos y nos adentramos en el bosque, en soledad y actitud contemplativa. Ahí en mitad del bosque entregamos nuestras dudas, liberamos nuestras ansiedades y escuchamos el latir de la naturaleza. Percibimos sin poner demasiado juicio y nos reconfortamos del abrazo simbólico de los árboles. El bosque nos relaja y atempera permitiendo ese proceso de integración invernal. No hay prisa, los sentidos se activan y aprendemos a valorar la belleza de la luz filtrándose entre las hojas de los árboles. El silencio habla y alma se templa.
3 – Encender un fuego

Cada vez tenemos menos chimeneas en nuestros hogares en la urbe, pero todavía quedan muchas en entornos rurales, segundas residencias o lugares a los que podamos acceder para encender un fuego de forma segura. El ritual de apilar leña en una construcción apilada sabiamente, para prender un fósforo y que éste arda sobre papel, cartón o leña pequeña para crear un fuego es uno de esos grandes placeres que el invierno nos ofrece. Una vez encendido, un fuego es un inmejorable espacio de contemplación y meditación. Como una tableta o televisión de los viejos tiempos sobre la que posar la mirada hasta perdernos en ella.
No es fácil encender un fuego, pero esa es la gracia. Se trata de un ritual para ponerse a prueba, templar los nervios, actuar con pausa, además de determinación y si es preciso, siempre hay apoyos artificiales que ayudan a prender.
