Adela Cabré en su nuevo nido vacío: “Mi casa no es un escaparate, es un lugar para ser feliz”
El universo de
La interiorista abre al mundo por primer vez su casa en el Maresme, un refugio funcional transformado tras la emancipación de sus hijos donde el diseño huye de la ostentación

La interiorista Adela Cabré, con una carrera de más de tres décadas, comparte uno de sus lemas: “Vive desde el corazón”

Recibe descalza y sonriente. Adela Cabré, interiorista, referente en el ámbito residencial desde hace más de tres décadas, abre su refugio en el Maresme, y lo hace sin ánimo de exhibirse: “Mi casa no es un escaparate. No pongo nada por marca ni tendencia, solo lo que nos representa”, afirma. Durante años se negó a mostrar su hogar en medios. Ahora que lo ha reformado tras la emancipación de sus hijos, se ha decidido. “No quiero influenciar a nadie. Si lo enseño, es porque creo que puede ayudar a entender una forma de vivir. No de decorar ni marcar tendencia, de vivir”, explica.
Lleva 35 años en esta vivienda. Aquí crecieron sus tres hijos y, recientemente, la ha transformado para abrir paso a nuevas necesidades: visitas de nietos, celebraciones familiares, y sobre todo, para seguir habitándola entera. “Las casas deben estar al servicio de quienes las viven, no al revés”, sentencia. Una de las primeras decisiones ha sido eliminar un pequeño escalón entre salón y comedor. “En los ochenta, tener un salón a dos niveles era casi obligatorio”, ríe. Pero ese desnivel se volvió un estorbo. Cuando las comidas pasaron de cuatro a diez comensales, entendió que lo que necesitaban era fluidez. Eliminarlo abrió posibilidades: el suelo se niveló, el sofá se subió a ruedas, hay espacio para desplegar la mesa... Nada es rígido y la casa se mueve con ellos.

La vivienda se organiza en tres plantas, tantas como las bibliotecas que han formado ella y su marido, médico que hoy estudia Historia y escribe una novela. En la segunda planta, por un lado, volúmenes de historia, medicina y novelas. Del otro, revistas y libros de diseño. La planta superior ahora es un refugio multifuncional con una tercera biblioteca consagrada al arte y los viajes, zona de juegos para los nietos, despacho y sala de estar. “No quería que la tele fuera el centro de la casa, así que la subimos aquí. Así también habitamos esta planta”, explica, junto a una mesa regulable en altura pensada para las acuarelas, los juegos y las meriendas de los nietos. Y, aunque no le gusta mostrar fotos en la casa, aquí ha hecho una excepción: una pared reúne retratos familiares dispuestos con mimo. “Esta es nuestra sala más privada. Aquí está nuestra historia. Nadie más necesita verla”, explica la interiorista.
Cabreé confiesa que hay una dimensión casi pedagógica en su trabajo. “Mucha gente no sabe vivir la casa. La ve como un lugar que hay que llenar de objetos, de marcas. Yo quiero ayudarles a descubrir cómo vivirla bien”. Esa vocación, que roza lo terapéutico, tiene raíces en su primera profesión: fue comadrona antes que interiorista. De hecho, asistió personalmente al nacimiento de sus cinco nietos. “No son dos mundos tan distintos”, reflexiona. “Antes acompañaba a las madres a traer vida. Ahora acompaño a las personas a que vivan bien en sus casas”.
Mientras hablamos suena Ludovico Einaudi al piano —“me pone la piel de gallina”, confiesa—. “No sé por qué, pero su música me conmueve cada vez que la escucho”. También le gustan Keith Jarrett o Yiruma, pero Einaudi es su debilidad. Ella misma fantaseó con tocar el piano una vez jubilada, “Pero me conozco. Me obsesionaría, no me bastaría con tocar un par de canciones, querría hacerlo bien, y no quiero añadirme otra obligación”.


Como la música, también la colección de arte que habita este hogar responde a la brújula de la emoción. “Nunca he comprado porque el artista fuera conocido. Si no me emociona, no entra en casa”, afirma la interiorista. Así que las obras de Jaume Plensa, de Miguel Macaya, de Jordi Alcaraz, de Jorge Castillo, de Teresa Estapé o de Javier Jansana llegaron antes que sus nombres y conviven con esculturas africanas testimonio de sus viajes.
Si se le pregunta por alguna constante en sus trabajos, Cabré no duda reconocer que, aunque intenta evitarlo, el mobiliario a medida se ha convertido en una de sus señas de identidad:“Siempre acabo diseñando desde la necesidad del espacio, y ahí se hacen imprescindibles las piezas a medida”. Y cada rincón de su casa responde a esta lógica funcional donde nada sobra y todo encaja. Un armario puede parecer una pared, una guía oculta permite abrir una puerta sin alterar la continuidad del plano, y una alacena de apenas quince centímetros de profundidad alberga la cristalería.

Muy personal
Un aroma
Té blanco
Una marca
Me gustan los muebles de la marca japonesa Time Style, bajo el paraguas Boffi|DePadova. Fusionan la precisión japonesa y la elegancia italiana
Para leer
“El arte de simplificar la vida”, de Dominique Loreau
“El zen del té”, de Nicolas Chauvat
“Biografía de la luz”, de Pablo d'Ors
Un diseñador
Vincent Van Duysen
Un lema
“Vive desde el corazón”

Para saber si un proyecto le ha salido redondo, “lo visualizo con los ojos cerrados -revela-. Cuando consigo recorrer la casa mentalmente, habitación por habitación, es cuando sé que está acabada”. Este ejercicio se ha convertido en un ritual compartido dentro de su estudio. Antes de dar por cerrado un interiorismo, pide al equipo “entrar por la puerta” con los ojos de la imaginación y recorrer cada estancia. Cuando algo no encaja, se detiene. Pasea, escucha música, nada, toma una infusión. Y espera a que la inspiración llegue, porque “un proyecto creativo no puede forzarse. Tiene que salir solo”.
Hoy, buena parte del estudio lo lleva su hijo, Albert Serrano Cabré, que trabaja con ella desde hace más de una década. Arquitecto de formación, aporta una mirada técnica y actual que complementa la experiencia y sensibilidad de su madre. “Tenemos una forma muy parecida de ver la casa, y eso nos une mucho. Lo que más me sorprende de él es que sea tan perfeccionista y a la vez tan rápido, porque yo doy muchas vueltas para llegar a la perfección”. Ella, explica, le ha transmitido “el amor por el detalle, por lo bien hecho, por esa idea de que no hay que hacer casas para la foto, sino casas para vivir” y que él le ha aportado frescura. Aunque ella asegura estar “medio retirada”, lo cierto es que sigue implicada en cada proyecto. “Me sigue entusiasmando todo. Y mientras disfrute como disfruto ahora, seguiré”.

Para Adela Cabré, vivir bien no tiene que ver con el lujo entendido como ostentación, sino con la armonía y la coherencia. Su casa es un manifiesto vital silencioso. No hay etiquetas, no hay imposiciones, no hay escenografía. Solo verdad, memoria y amor. “He vivido en esta casa con muy poco, y la atmósfera era la misma. La belleza sin alma no me interesa. Las flores, la luz, el olor, esas son las cosas que de verdad importan. Una casa tiene que poder evolucionar con las estaciones, los estados de ánimo y los ciclos vitales, tiene que respirar”.
