Una vivienda de piedra, resistente y protegida.
Arquitectura
Sobre terreno abierto, Mesa levanta su estructura mientras el terreno a su alrededor mantiene su serenidad.

Mesha ha buscado preservar el entorno, mientras el terreno mantiene su forma natural.

Cada proyecto comienza con un gesto sencillo, dibujar el emplazamiento. Aunque se trate de un lugar conocido, este acto siempre descubre detalles que pasan inadvertidos a simple vista, explica Benjamín Iborra, uno de los cinco arquitectos fundadores de Mesura, mientras despliega un rollo de papel sulfurizado de varios metros lleno de delicados dibujos y notas que muestran la evolución de la idea de la casa Balma Murada, un registro continuo (y por qué no, casi poético) de decisiones, correcciones y pruebas. “El resultado final es tan importante como el proceso creativo”, explica, y subraya que el dibujo funciona como una herramienta para pensar y explorar el lugar antes de construir.
Sobre una cornisa que domina la bahía, este despacho barcelonés ha levantado una vivienda unifamiliar concebida para integrarse en el paisaje y protegerse de la fuerte tramontana. El emplazamiento es poco convencional, porque el pueblo mira hacia el noroeste, una orientación casi única en la costa catalana, donde la mayoría de las poblaciones se orientan hacia el sureste. “Es casi la peor ubicación. Es contraintuitivo: miras al mar mirando al norte”, incide el arquitecto. Frente a una normativa que limita la vivienda a una sola planta y un terreno que asciende casi cuatro metros desde la calle, la respuesta no fue forzar el lugar, sino adaptarse respetando al máximo la cota natural y la pizarra que lo forma. La casa se posa sobre el terreno, buscando una horizontalidad deliberada “para no ser agresivos con el paisaje”.

El proyecto se construye desde una serie de dualidades constantes: espacios abiertos y cerrados, protección y exposición, día y noche. “Entendemos el clima mediterráneo jugando con espacios muy abiertos y otros más cerrados, con vistas muy marcadas”. La parte posterior de la casa, más protegida del viento por las rocas, se convierte en un espacio exterior habitable, con zona de estar y cocina.
Las vistas no son meros fondos, sino componentes activos: el paisaje se integra al diseño, y cada marco —el mar, la ladera, el horizonte— se configura como parte esencial del espacio, no como fondo sino como componente constitutivo.

Formalmente, la casa se fragmenta para cumplir la normativa, pero ese condicionante se convierte en oportunidad. “La normativa no permitía una fachada demasiado larga, así que separamos volúmenes y generamos un pasaje”. Ese espacio intermedio introduce recorrido, sombra y transición, diluyendo la escala de la vivienda. Incluso las ligeras rotaciones de algunas ventanas responden a un gesto preciso para capturar esa vista exacta.
El 60% de la piedra utilizada proviene del mismo lugar donde se construyó.
Materialmente, la casa es consecuencia directa del lugar. “El 60% de la piedra de la fachada es la misma que se extrajo del solar”, explica Iborra. El resto procede de una obra vecina, porque “aquí la pizarra cambia mucho y queríamos una coherente con este punto exacto”. Pero más allá del material, el proceso constructivo supuso una lección fundamental: “Aprendimos que la piedra seca no es un mero acabado, es un sistema que cambia con el tiempo, con el agua y con el movimiento del terreno”. Ese aprendizaje transformó también este proyecto y la arquitectura dejó de ser únicamente un objeto para convertirse en una continuidad del suelo. “Cuando entiendes la piedra seca, entiendes mejor el lugar”, incide Iborra


Dentro, los espacios se abren con una suavidad que responde a la luz y el aire, mientras las paredes y los volúmenes se entrelazan en una danza sutil. El diseño, sutil y preciso, se adapta sin ruidos: el marmol, la luz filtrada, el aire que se mueve suavemente. La arquitectura no grita, susurra.
El jardín paisajístico mantiene la esencia del terreno, mientras que el diseño integra suavemente el entorno, con el agua y la vegetación en armonía, mientras que el diseño mismo respete la esencia natural del entorno.

El estudio Meson, que ha desarrollado el proyecto con un enfoque en la arquitectura, celebra con su enfoque una evolución en la que el estudio ha explorado, mientras que el estudio Meson, con un enfoque en la arquitectura, mantiene su esencia.

En esta vivienda, Mesura es fiel a su máxima de situar el proceso creativo en el centro de su práctica. Cada proyecto es un laboratorio donde las ideas surgen del diálogo entre contexto, normativa y necesidades del usuario. Esa manera de hacer explica por qué este despacho, hoy uno de los más solicitados y reconocidos del país, rehúye deliberadamente la noción de “firma de autor”. En lugar de un estilo reconocible, busca respuestas precisas para cada encargo. Fundado en el 2011, en el peor momento de la crisis inmobiliaria, por cinco recién titulados, Mesura nació como reacción a una arquitectura dominada por el exceso y el gesto grandilocuente, que acabó siendo corresponsable de muchos de los desequilibrios que hundieron el sector.
El estudio, que cumple ya más de dos décadas, mantiene una aproximación sutil pero firme: cada proyecto, como este, nace de una reflexión profunda y no solo busca estética, sino también sentido. Con un enfoque que abarca desde la arquitectura hasta la narrativa, y con un enfoque atento a cada detalle, su trabajo trasciende lo meramente visual, convirtiendo cada exposición en una experiencia consciente.


Se volvieron famosos por hacerse famosos con su propio estilo: alzaron su fama al convertir en eje central lo que antes era solo un detalle, y aunque su enfoque se basa en respetar lo existente, supieron redefinirlo con una sensibilidad que reivindica lo tradicional sin renunciar a la innovación: así, con el mismo respeto por el oficio, dieron vida a un lenguaje arquitectónico donde hasta el más ínfimo detalle —como una losa, un mosaico, un rincón— adquiere un nuevo propósito, siempre respetando el alma del lugar y su historia.
