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Rino Barillari, el retratista de la ‘dolce vita’: 165 visitas a urgencias, 11 costillas rotas y 82 cámaras inutilizadas.

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Por sesenta años ha registrado las indiscreciones de las estrellas, desde Sonia Romanoff hasta Gerard Depardieu. Con ochenta años de edad, evoca la época de la ‘dolce vita’, Fellini y la Roma más pícara.

La actriz Sonia Romanoff le lanzó un helado tras sorprenderla con un amante en enero de 1966 

La artista Sonia Romanoff le lanzó un helado tras hallarla junto a un amante en el transcurso de enero de 1966. 

Rino Barillari

El 'monarca' de los paparazzi, tal como lo definía el propio Fellini. Rino Barillari (Limbadi, 8 de febrero de 1945) se marchó a Roma con tan solo catorce años, pese a la negativa de su padre y, al igual que muchos jóvenes del sur, en busca de algo de sustento para sobrevivir.

No obstante, al igual que cualquier proyecto importante, todo se inicia desde la base. En el caso de Barillari, sus orígenes fueron como asistente de los scattini, aquellos profesionales que captaban imágenes de enamorados frente a la Fontana di Trevi. Su labor consistía en despejar el área de visitantes. Eventualmente, llegó el momento en que él mismo tomó el mando del objetivo, reunió su capital inicial y adquirió su equipo personal. “Me compré con ahorros una Comet Bencini”, añora. Portando esa Comet Bencini sobre su pecho, Rino inició sus andanzas por Roma cual rastreador de prodigios. El resplandor de Via Veneto representaba su selva mágica, mientras que las celebridades fílmicas eran sus objetivos más difíciles de alcanzar. Los sucesos posteriores forman parte del legado de l a dolce vita y del historial clínico del propio reportero gráfico.

Con el arribo del 'Paparazzo' se originó la controversia.

Su captura inicial que le reportó beneficios reales data de 1958: John Wayne, formidable y ensimismado, en la plaza de España. “Entonces, tuve mucha suerte y gané mucho dinero por aquella fotografía. Entre 125.000 y 150.000 liras”, expone. “Vendí los negativos a la Associated Press, que los distribuía por Italia, por el extranjero y por los diarios. Por eso siempre aumentaba el precio y con eso pude comer, comprar dulces, invertir en máquinas fotográficas”, evoca. Esa toma constituyó un hallazgo: asimiló, con un simple brillo de magnesio, el encanto y la influencia latente que podía albergar una labor como la de paparazzo.

Barillari aprendió su oficio estudiando a los maestros: Giacomo Alexis, Marcello Geppetti y, primordialmente, Tazio Secchiaroli -quien motivó a Fellini para idear al reconocido personaje de paparazzo en Ladolce vita-. “Ellos me enseñaron el ‘primero dispara y luego pregunta’. Más tarde, de Secchiaroli aprendí también el valor de la imagen inmóvil: una sonrisa, un cambio de vestuario, situar a la persona en un lugar donde se vea una plaza o una fuente. De Marcello Geppetti, que trabajaba para un periódico, entendí qué cosas eran realmente importantes: no se trataba de la cantidad de disparos, sino de las fotos que lograbas. Lo más hermoso de su trabajo fue el beso entre Liz Taylor y Richard Burton, que para mí fue el momento más significativo de la dolce vita. Y Giacomo Alexis era un gran reportero, especializado en princesas y condesas, pero también dominaba la crónica bizantina; de él aprendí a ser rápido y a estar presente en todos los hechos”, menciona.

La actriz Irina Demick paseaba por las calles de Roma con un guepardo, con su chófer Nick 
La actriz Irina Demick recorría las calles de Roma al lado de un guepardo, escoltada por su conductor Nick. Rino Barillari

Aquella dolce vita, comenta Barillari, “era color, una ciudad donde se cantaba por las calles. Veías a la gente conversando de acera a acera, al vendedor de cigarrillos de contrabando, a la mujer que cocinaba, más adelante al que ofrecía hielo a gritos. La ropa colgaba fuera, secándose, y quienes no tenían baño en casa -la mayoría- debían subir a la terraza para usar el baño común del edificio. Nadie tenía ducha en los apartamentos: había lugares a los que ibas, te duchabas, te cambiabas y salías. No había refrigeradores y muy pocos tenían televisión. En fin, fue un momento difícil, pero feliz”, rememora. Un tiempo en el que, incluso, al alzar la vista del empedrado italiano, era posible observar a Irina Demick caminando con un guepardo y a su esposo sobre un caballo, sujetando armas de juguete.

En ese mismo periodo, su trayectoria profesional se impulsó al retratar a la intérprete británica Sonia Romanoff junto a un acompañante distinto. Esa misma jornada matutina, ella había contraído matrimonio con un anciano de un asilo para conseguir la ciudadanía italiana y, al anochecer, ya se encontraba con otro sujeto. Al ser sorprendida, ella le lanzó un helado al rostro, aunque la imagen terminó volviéndose célebre. Resultó ser la captura menos agraciada de todas y, no obstante, la que más difusión tuvo en toda la dolce vita. “Sí, desafortunadamente. Ella lo hizo para hacerse más importante, para abrir las portadas de los periódicos. Pero yo en aquel tiempo no entendía esas cosas. Sin embargo, esa foto ya demuestra un momento particular de los años sesenta en la Via Veneto y de la dolce vita de Fellini. Recuerdo que fue Giacomo Alexis quien me hizo esa fotografía, él estaba en todo y yo con él”, admite.

“El secreto estaba en el disparo”, afirma Barillari, “tú disparas y ves si el personaje reacciona. Si reacciona, significa que hay algo que no quiere mostrar, significa que es importante”. De esta manera alcanzó la fama, tomando imágenes que mostraban la realidad, frecuentemente molesta. “Infidelidades, escándalos públicos. Mira, ten en cuenta que en Italia no existía el divorcio: si fotografiabas a un personaje traicionando a su esposa, casi podía haber incluso un arresto, y si ibas por la calle y te besabas con un chico, te ponían una multa. Era un momento delicadísimo en un país profundamente católico. Tampoco podía tomar fotografías en la playa en las que se vieran los pechos de mujeres bañándose”, cuenta.

Igualmente, se refiere al trasfondo de las capturas que mostraban esos escándalos; a menudo, las propias figuras públicas eran las principales interesadas en su propagación. “Por ejemplo, ves a Liz Taylor sentada y piensas: 'Esa foto se vende'. Pero si Liz Taylor en ese momento coge un vaso y se lo lanza al fotógrafo, esa foto da la vuelta al mundo. Eran ellas mismas las que querían esa imagen para acabar en todos los periódicos. Yo lo entendí ‘a posteriori’”, manifiesta.

Uno abre fuego y si el individuo se inmuta, quiere decir que oculta algún secreto, lo que demuestra que el asunto es trascendental.

Rino Barillari

No obstante, al igual que él, bastantes personas percibieron en este oficio un medio de sustento y, con el fin de obtener una fotografía, acosaban —e incluso asediaban— a los famosos. “Yo siempre he pensado que si es un amigo, lo ayudo, lo hacemos juntos y el servicio se divide”, enfatiza. Sin embargo, dicha postura no resultaba común para todos y esa rivalidad implacable, en la cual cada captura lograba alcanzar un valor inmenso, impulsó a ciertos individuos a sobrepasar las barreras de la consideración y la cautela.

Uno de los incidentes más memorables -y con mayor repercusión- de aquel hostigamiento tuvo lugar cuando varios reporteros gráficos rastrearon hasta su hogar a la actriz Anita Ekberg, la recordada Sylvia Rank en La dolce vita. Resultó que Ekberg estaba ensayando tiro con arco para su futuro trabajo en Los Mongoles, una producción épica sobre el asalto mongol a Polonia en la época de Gengis Kan y su vástago Ogatai, de manera que empleaba el arco con gran habilidad.

El fotógrafo con Audrey Hepburn en Roma, en 1959
El fotógrafo con Audrey Hepburn en Roma, en 1959Rino Barillari

Cansada del hostigamiento, abandonó su hogar indignada y lanzó un dardo hacia el reportero Felice Quinto, impactándole en la zona del antebrazo izquierdo; se dice que a otro fotógrafo le dio dos impactos por la espalda. Fue una fortuna que no fallecieran. No obstante, el mismo Barillari aclara el relato: “Te digo una cosa: eso no pasó de verdad. Fue en la presentación de la película y ella tenía que presentarse con ese arco y esas flechas. Ella era una mujer bellísima, correcta, que se prestaba a todo. Los fotógrafos exageraron muchísimo y la prensa también”. “Tú me lo preguntas y yo te lo respondo; después tú, como periodista, puedes decir lo que quieras”, agrega.

Sin embargo, el vínculo entre los paparazzi y los famosos no siempre resultó tan problemático. Ciertos profesionales llegaron a forjar una conexión particular con algunas figuras -como Tazio Secchiaroli con Sophia Loren o Elio Sorci con Claudia Cardinale-. Las artistas más perspicaces comprendieron que un trato cordial lograba que los reporteros tuvieran compasión de ellas o, frecuentemente, que se acordaran tomas donde lucieran mejor. “Mi querida Loren… Me he encontrado varias veces en situaciones en las que ella me enviaba champán, u Omar Sharif, que cuando me veía me abrazaba. Pero ten en cuenta algo: si eres amigo… por desgracia, a veces me ocurre como a Marcello Geppetti; con los años te vuelves más torpe para hacer fotos. Y si eres amigo del personaje, no puedes hacer lo que harías con los demás”, admite.

Persiguiendo a Sinatra

Un suceso polémico en 1964 lo impulsó hacia el prestigio global: el altercado en Via Veneto con Peter O’Toole

No obstante, un incidente ocurrido en 1964 fue lo que le otorgó fama a nivel mundial: el altercado en Via Veneto junto a Peter O’Toole. “Él estaba en Roma filmando The Bible: In the Beginning, producida por Dino De Laurentiis. Una noche, un amigo me dijo que Peter estaba borracho y acompañado de Barbara Steele. Tomé la cámara, me escondí y disparé la foto… y él me rompió la oreja. Me llevó al hospital. Yo era menor de edad, llamaron a mi padre y se enfadó conmigo”, rememora.

Rino no sospechaba que aquel ataque inicial resultara ser un golpe de fortuna, una prueba de su “culo”, según se comenta en Italia, de su buena estrella. Peter O'Toole le compensó con un millón de liras, una suma considerable que significó para Rino la absolución de su padre por haber huido hacia Roma y la total certeza de que una toma precisa podía costar una millonada… al igual que un golpe. “Tiempo después, él vino a Roma con su esposa. Yo le compré un mazo de flores porque, en Via Condotti, había una florista que vendía flores, y al Café Greco”, reconoce.

Brigitte Bardot junto con su pareja del momento, Gunter Sachs
Brigitte Bardot junto con su pareja del momento, Gunter SachsRino Barillari

Una de esas citas míticas ocurrió con Frank Sinatra. El intérprete, poseedor de un carácter explosivo, detestaba que los objetivos lo captaran desprevenido. Cierta velada, ante el Café de París en Via Veneto, Rino trató de aproximarse con el fin de retratarlo abandonando el establecimiento. Sinatra, tras percatarse de su presencia, se enfureció: le propinó un empujón, arrojó el flash contra el pavimento y le lanzó improperios entre risas, al tiempo que sus gorilas lo escoltaban. Barillari no se dejó intimidar: preparó nuevamente su equipo y capturó otra instantánea. La consecuencia fue una fotografía memorable de la expresión colérica del artista. Sobre su figura ha comentado el experto en arte Achille Bonito Oliva: “Dios perdona, Barillari, no”.

Hasta logró introducirse en la finca de los Castelli Romani, en las proximidades de la urbe, donde Brigitte Bardot había pretendido quitarse la vida. Al enterarse, se desplazó velozmente al sitio, pudo acceder al inmueble y capturar varias imágenes, pero Gunter Sachs, su esposo, lo descubrió. Descendió apresuradamente y lo persiguió, gritando en lengua francesa: “¡Te mataré, te mataré!”. “Pude hacer algunas fotos en el interior, pero él me persiguió, me alcanzó y me quitó la cámara; después quemó el carrete”, admite.

Resulta fundamental ser el primero en arribar ya que, al adelantarse, existen capturas que más tarde el personaje prohibirá.

A partir de ese momento, la oscuridad nocturna se convirtió en su despacho. Se asentó en el núcleo de la Roma alegre y de vida nocturna, en la Piazza Navona. En su hogar permanecen preparadas las cámaras, cajetillas de tabaco y una serie de corbatas con el nudo hecho por si debe partir apresuradamente. “Sé que es de locos, pero está todo preparado. Son cosas que te pueden hacer perder tiempo. No puedes salir y ponerte a hacer los nudos de la corbata, porque siempre pasan esos 30-40 segundos. A veces, incluso, salgo en pijama”, admite. “Es importante llegar el primero porque, si llegas primero, hay fotografías que después el personaje no permitirá. Hoy, incluso, es más importante ser el primero, sobre todo cuando todos están con el teléfono. Basta con una fotografía en el teléfono de alguien y el proceso ha empezado… y no por ti”, narra.

Esa misma actitud fue la que impulsó al retratista, entre el aroma de los cafés y el estruendo de los scooters, a capturar el entorno de las celebridades y los hitos relevantes de la era de esplendor de Cinecittá: Liz Taylor, Brigitte Bardot, las revueltas de 1968, el homicidio de Pasolini, el rapto de Getty, el ataque contra el papa Juan Pablo II y los tiempos de violencia de las Brigadas Rojas. “Llegué a estar amenazado y pasé dos años con escolta policial. Así es la vida. No es que yo haga fotos a una actricilla… la verdad es que muchas veces cubro temas de terrorismo o crónicas de sucesos, y simplemente tengo que hacerlo”, sostiene.

Durante seis décadas de labor profesional experimentó 165 pasos por urgencias, 11 fracturas costales, un apuñalamiento y la pérdida de 82 cámaras. “Y algunas más”, narra. Actualmente posee la distinción de Comendador de la Orden de la República Italiana y ejerce como profesor honorario en la Universidad Internacional de Xi’an.

Choque con Depardieu

Su enfrentamiento más reciente —prácticamente un recordatorio de sus inicios— tuvo lugar igualmente en Via Veneto. El 22 de mayo de 2024, Rino Barillari trató de capturar imágenes del intérprete Gérard Depardieu dentro del establecimiento Harry’s Bar. De acuerdo con el relato de Barillari, el artista respondió lanzándole cubitos de hielo y dándole “tres puñetazos en el rostro”. Debido a esto, el reportero gráfico acabó en el centro médico presentando una lesión cerca del ojo y varios traumatismos.

Durante este octubre, el reportero gráfico compareció tras la investigación por una supuesta agresión física contra la pareja de Depardieu, Magda Vavrusova, motivada por un altercado en dicho escenario. La futura audiencia incluirá testimonios de quienes presenciaron el evento, tales como un redactor que almorzaba en una mesa próxima o el carabinero que actuó posteriormente. No obstante, las afirmaciones del dueño del establecimiento y de otros observadores ratificaron el testimonio del comunicador Gianni Riotta: “Estaba tomando un café cuando vi a Gérard Depardieu atacar repentinamente a Barillari”. Y como bien se dice, al buen entendedor pocas palabras le bastan. “A mi no me importa nada, le retiro la denuncia porque tengo los testimonios y lo tengo todo. Solo pido que a cambio se disculpe con los italianos porque dijo que ‘éramos gente de mierda’. No me importó que me diera golpes, pero él no puede decir eso”, manifiesta.

Marina Ripa Di Meana con su amiga Daniela, en Via Veneto en 1969
Marina Ripa Di Meana con su amiga Daniela, en Via Veneto en 1969Rino Barillari

Ni el célebre golpe de Buzz Aldrin -aquel astronauta que protegía su intimidad lunar-, ni el colérico Mickey Rourke -acosado por los destellos en un club nocturno popular-, ni el líquido gélido de la cubitera arrojado por el estilista de Claudia Schiffer en el local Dal Bolognese, ni los 82 equipos fotográficos inutilizados, ni las 11 costillas fracturadas, ni tan solo un fémur destrozado por un individuo violento que agredía a su pareja en la Piazza Navona han conseguido mermar su entusiasmo.

De esta manera se consolida una carrera de más de 400.000 instantáneas, que han captado a Sylvester Stallone, Marcello Mastroianni, Sharon Stone, e incluso al papa Juan Pablo II practicando petanca, entre bastantes otros. Sus tomas no solo reflejaron la sofisticación: también sacaron a la luz infidelidades, como la de la mujer del cocinero Anthony Bourdain, quien se quitó la vida poco después de que se difundieran las fotos comprometedoras. Únicamente Rino lograba retratar a todas estas figuras y salir sin un rasguño.

Ni las 82 cámaras fotográficas inutilizadas, ni las 11 costillas fracturadas, ni siquiera un fémur vuelto añicos han conseguido mermar su motivación.

“Podrán criticarme”, dice, “pero ese era mi trabajo. Era la verdad. Y donde no hay verdad, no hay historia. Hoy todos buscan las fotos de los años sesenta, esas que no querían que tomara. Han entendido que la historia es importante. Sin historia, hoy no habría nada que contar”.

“Fellini me decía: ‘Rino, no hagas fotografías en automático; debes pensar la foto tal como la ves y visualizarla ya en el periódico y en el tiempo. Se hacen con la cabeza; ahí es donde te conviertes en grande’”, concluye.

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