John Bragg (85) empezó en el campo y ahora es dueño de un imperio de más de 1.000 millones de dólares: “Decidí que nunca más volvería a estar a merced de los precios”
Emprendedores
La increíble historia de John Bragg, el magnate que empezó recogiendo frutos del bosque y construyó dos imperios, uno agrícola y otro de telecomunicaciones, gracias a una helada, unos aros de cebolla y una filosofía empresarial que desafía todas las reglas

John Bragg, emprendedor canadiense famoso por su imperio de arándanos y televisión por cable
Hay nombres que resuenan en el imaginario colectivo como sinónimos de éxito: Gates, Buffett, Turner. Y luego hay otros, como el de John Bragg, que permanecen en la sombra a pesar de haber construido fortunas comparables desde los cimientos más humildes. Su historia, diseccionada recientemente en el podcast My first million, es la de un multimillonario hecho a sí mismo, un granjero que transformó un pequeño cultivo familiar en el mayor productor de arándanos del mundo.
Sin embargo, su viaje no empezó con un plan de negocio ni con capital riesgo, sino con la sencilla epifanía de un adolescente en una granja canadiense. “Se dio cuenta de que podía pagarse la universidad si simplemente recogía arándanos cada año”, explican en el podcast. Lo que comenzó como un trabajo de verano para costear sus estudios se convirtió en la semilla de un imperio global.
Tras graduarse, Bragg desestimó una carrera como profesor y la opción de heredar el aserradero familiar para apostar por el fruto azul. Los primeros años fueron prometedores, pero se topó con la dura realidad del mercado agrícola: una sobreproducción masiva hundió los precios y lo dejó al borde de la quiebra. Fue una lección brutal que forjó su carácter y definió su estrategia para siempre.
John Bragg convirtió una planta de arándanos vacía y endeudada en una fábrica de supervivencia, demostrando que la flexibilidad puede ser más valiosa que cualquier plan perfecto.
Contra la rendición, tomó una decisión fundamental que cambiaría el rumbo de su vida y de toda una industria. Como se relata en el podcast, se juró a sí mismo: “Nunca más dejaré que esto me suceda, estar a merced de los precios”. Comprendió que para sobrevivir necesitaba controlar una parte mayor de la cadena de valor, un plan B que lo protegiera de la volatilidad del mercado.
Su solución fue construir una planta de envasado y congelación. Sin experiencia ni capital suficiente, convenció a otros agricultores locales, también golpeados por la crisis, para que invirtieran en el proyecto. Sin embargo, justo el año en que la fábrica estuvo lista, una helada devastadora aniquiló la cosecha. Con una planta vacía y deudas asfixiantes, el desastre parecía inevitable.
Fue entonces cuando su ingenio brilló con más fuerza. Desesperado, llamó a un conocido empresario, un tal McCain, y le hizo una propuesta insólita. “¿Qué es algo que necesitas fabricar, pero no quieres hacer? Dame lo último que querrías hacer, pero que deberías hacer. Y el tipo le dice: 'Aros de cebolla'”. Sin dudarlo, Bragg convirtió su fábrica de arándanos en una productora de aros de cebolla, una maniobra que le permitió sobrevivir y mantener a flote su sueño de verdad.
Esa capacidad de adaptación se convirtió en su seña de identidad. Con el tiempo, su empresa, Oxford Frozen Foods, llegó a controlar entre el 40% y el 50% del suministro mundial de arándanos. Pero su visión iba más allá de su propio éxito. Cuando su hermano inventó una cosechadora mecánica revolucionaria, Bragg no la guardó como un secreto industrial, sino que la compartió con otros agricultores.
Lo que es bueno para uno es bueno para todos. Si podemos aumentar nuestra producción y tener más arándanos, podemos crear productos más innovadores, y eso será bueno para todos.
Su filosofía, extraída de una conversación con el divulgador Shane Parrish, era expansiva y colaborativa: “Lo que es bueno para uno es bueno para todos. Si podemos aumentar nuestra producción y tener más arándanos, podemos crear productos más innovadores, y eso será bueno para todos”. No buscaba ser el pez más grande en un estanque pequeño; quería que el estanque creciera para todos.
Su audacia no se detuvo en la agricultura. En una época en la que la televisión por cable emergía, Bragg vio una oportunidad donde nadie más lo hacía. En su natal Nova Scotia, una remota provincia canadiense, se celebró una licitación para los derechos de explotación del cable. El desinterés era total, un reflejo de la escasa fe en el potencial de aquel mercado. “Se celebró una subasta para ver quién quería comprar los derechos de televisión por cable de Nova Scotia. No apareció nadie. Él fue el único que se presentó”, relatan en My first million.
Sin competidores, adquirió los derechos y, aplicando la misma tenacidad que en su negocio de arándanos, construyó la mayor empresa privada de telecomunicaciones de Canadá, centrándose en la infraestructura —la fibra óptica— mientras otros perseguían el glamur del contenido.

Esta doble faceta de magnate agrícola y de las telecomunicaciones se sustentó en una estrategia de adquisiciones que rompía con la sabiduría convencional popularizada por inversores como Warren Buffett. Mientras que la máxima es “hacer dinero en la compra”, Bragg adoptó el enfoque contrario. Su táctica era sobrepagar intencionadamente por activos estratégicos, una decisión que, aunque arriesgada, le construyó una reputación formidable y le aseguró piezas clave para sus imperios.
“Sobrepagaré siempre que sea algo que solo esté disponible una vez. Conozco a muchas personas que intentaron regatear y luego pasaron el resto de su vida lamentando no haber conseguido ese activo clave”, confesó. Era una apuesta a largo plazo por el valor irrepetible de una oportunidad única.
La historia de John Bragg es un testimonio de resiliencia, visión y un pragmatismo a prueba de balas. Desde los campos de arándanos hasta las redes de fibra óptica, su carrera demuestra que el éxito no siempre sigue un camino recto ni obedece a las reglas establecidas.
A sus más de ochenta años, con una fortuna estimada en más de mil millones de dólares, su filosofía se puede resumir en una frase lapidaria que él mismo acuñó y que define a la perfección su espíritu indomable: “No tengo marcha atrás”. Una declaración que explica cómo un joven granjero, enfrentado a crisis que habrían aniquilado a cualquiera, logró no solo sobrevivir, sino conquistar dos mundos aparentemente inconexos.