
Cosas remotas
Nadar de espalda
Estoy leyendo Moby Dick y percibo algo impenetrable en la voz del narrador, Ismael, por mucho que él se empeñe en explicarse. Aunque los clásicos parezcan obras accesibles por su permanencia a lo largo del tiempo, si seguimos leyéndolas es porque nadie acaba de descifrarlas del todo, y en eso consiste su seducción. Las capas de significado y de sentimiento siguen apareciendo con cada lectura, en cada nueva sociedad. Tanto en los libros como en la vida, solo se vuelve allí donde todavía tenemos algo que aprender.
En las primeras páginas, el narrador confiesa sus intenciones de irse a alta mar. Quiere abandonar la tierra firme y entregarse a la aventura, a la maravilla y al peligro. Al enigma. Escribe: “Para otros hombres, quizá, nada de eso habría sido un incentivo. Pero yo me siento atormentado por un inagotable deseo de cosas remotas. Me gusta navegar por mares prohibidos y acercarme a costas bárbaras. Sin ignorar el bien, percibo enseguida el horror, y hasta puedo vivir en buenos términos con él —siempre que el horror me lo permita—, porque me parece correcto mantenerme en términos amistosos con los demás habitantes del lugar donde vivo”.

El sentido de esta frase varía ligeramente según la traducción, y también según el alma de cada lector. Pero hay dos aspectos clave que reaparecen en las frases y el pensamiento de Melville. El primero es ese “inagotable deseo de cosas remotas”: en inglés, lo remote no es solo lo que está alejado en un sentido espacial, sino también lo que está lejos de nuestra comprensión, lo que alcanzamos a vislumbrar solo a medias. Los adjetivos preferidos de Melville son variaciones de lo inabarcable, lo elusivo, lo difuso.
El segundo elemento está relacionado con este instinto hacia lo incomprensible: el interés de Melville por todo lo que cuestione la propia forma de vivir. El “acercarse a costas bárbaras” tras navegar por mares prohibidos, el trabar amistad con aquellos que son distintos, pero entre quienes, inevitable y tal vez afortunadamente, debemos vivir. Esta idea de la convivencia con lo radicalmente opuesto, la atracción genuina por lo que nos parece antónimo a quienes somos, es uno de los múltiples corazones que late en la obra de Melville. Porque también él es remoto, y muestra más corazones cuanto más una se adentra en su mar.