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Hondarribia, el municipio medieval de Gipuzkoa orientado hacia Francia.

Escapada

En tiempos pasados funcionaba como el baluarte de protección para bloquear los avances adversarios hacia España y ahora se presenta como el grandioso portal de la costa vasca.

Coloridas fachadas de Hondarribia, una localidad medieval

Coloridas fachadas de Hondarribia, una localidad medieval

TONO BALAGUER

El Bidasoa recorre solamente unas pocas decenas de kilómetros, gran parte de los cuales fluyen como un modesto arroyo montañoso a través de tierras navarras. No obstante, en cuanto su corriente atraviesa el límite para penetrar en territorio guipuzcoano, se convierte en algo superior a un mero lecho fluvial. 

Adquiere una relevancia imprevista al actuar durante centurias como el límite divisorio entre España y Francia. Dicha situación se mantiene hasta que vierte sus aguas en el océano originando la bahía Txingudi. Una confluencia fluvial presenciada por Hendaya desde el margen galo y el inicio de la costa vasca en el extremo opuesto.

El océano vincula a Hendaya y Hondarribia.

Vista panorámica de Hendaya y la sierra de Larrún desde Hondarribia
Vista panorámica de Hendaya y la sierra de Larrún desde HondarribiaGetty Images/iStockphoto

Justo en ese lugar se sitúa la villa medieval de Hondarribia, constituida formalmente en el año 1203 durante la época de Alfonso VIII de Castilla. Pese a ello, de aquel poblado inicial no se conserva gran cosa actualmente, puesto que su ubicación en la frontera le ha otorgado un devenir histórico bastante convulso donde se han sucedido ruinas y restauraciones, especialmente en las murallas que han resistido tantos embates.

Por suerte, actualmente, el trato hispano-francés en este punto es sumamente amistoso. En realidad, Hendaya y Hondarribia se contemplan de manera permanente y el mar, en lugar de distanciarlas, funciona como nexo, sobre todo por la embarcación que transita de una ribera a otra frecuentemente cada jornada, cruzando el límite en escasos minutos y evitando un viaje mucho más prolongado por vía terrestre.

No obstante, la realidad fue distinta en el pasado, como demuestra la fisonomía amurallada de la Hondarribia histórica. Se antoja casi increíble que perduren esos sólidos muros de piedra tras los constantes asedios y ataques sufridos en este lugar desde el siglo XV hasta el definitivo de 1794, época en la que los revolucionarios franceses lo transformaron todo en escombros. 

Dichos muros y gran cantidad de sus inmuebles antiguos se rehabilitaron paulatinamente, aunque tras aquel asalto final no volvió a ostentar su carácter bélico. Por el contrario, actualmente es un sitio hospitalario para los que transitan por la autovía próxima, quienes navegan por el mar o los que descienden en el aeropuerto de San Sebastián, localizado a muy corta distancia del casco antiguo.

Plaza de Armas de Hondarribia
Plaza de Armas de HondarribiaTerceros

Independientemente de cómo se arribe, lo común es dejar el vehículo en los estacionamientos exteriores y disponerse a caminar por las vías empedradas de la zona histórica. Resulta preferible acceder a través de la puerta de Santa María, la cual enlaza de forma directa con la Kale Nagusia o calle Mayor. Aunque implica un trayecto en subida, el leve sacrificio compensa al contemplar la vista de majestuosas mansiones situadas a cada costado de la vía.

Ahí se distingue la arquitectura barroca de la casa consistorial, los entramados de madera de la casa Iriarte, el palacio Zuloaga reconvertido en biblioteca municipal o el tono azul vitrificado de la casa Ladrón de Guevara. Así como también atrae las miradas la elegante fachada de la casa Casadevante, ahora hotel Pampinot. 

Esta edificación albergó uno de los sucesos más trascendentales de la crónica regional. En este sitio se pactó el término del asedio de 1638, lo que dio inicio a la posterior paz de los Pirineos que puso punto final a centurias de conflictos entre los estados de ambos flancos de la montaña. Cabe señalar que aquel acuerdo se ratificó en la próxima isla de los Faisanes, en mitad del curso del Bidasoa. Un territorio que cuenta con una soberanía dual. Durante medio año es francés y el periodo restante es español.

En conclusión, recorrer la Kale Nagusia es una experiencia gratificante, sobre todo al divisar continuamente en la lejanía la iglesia de Santa María de la Asunción y del Manzano, una construcción situada entre el estilo gótico y el Renacimiento que posee una torre barroca muy distinguida. Sería el emblema más destacado de Hondarribia si a escasa distancia no se encontrara la tradicional plaza de Armas, que cuenta con la histórica fortificación de Carlos I en uno de sus flancos. Sin duda, aquel soberano que buscaba hacer del enclave la defensa principal del reino nunca supuso que su baluarte acabaría transformado en un parador donde se alojan viajeros de diversos rincones del globo.

Puerto de pescadores de Hondarribia
Puerto de pescadores de HondarribiaGetty Images

A través de ciertos dormitorios del parador de Hondarribia y desde la zona trasera de la plaza resulta evidente el motivo por el cual se edificó en este sitio el fuerte. Se sitúa en la cima del núcleo urbano y domina con la mirada el estuario, los puertos de Hondarribia y de Hendaya, además de una vasta extensión del golfo de Bizkaia. Por lo tanto, resulta imprescindible admirar el paisaje, para después simplemente iniciar la bajada por las callejuelas hasta alcanzar el nivel del mar.

Si el ascenso resultó cautivador, el descenso no se queda atrás. No obstante, el trayecto transcurre por callejones angostos, tales como el de San Nikolas, donde abundan puntos de gran atractivo. Un ejemplo es hallar la vieja residencia de los Eguiluz, famosa principalmente porque en 1502 hospedó a Juana la Loca y Felipe el Hermoso durante su viaje para establecerse en la corte de Toledo. Asimismo, conviene visitar la plaza de Gipuzkoa, que posee una magia singular a pesar de ser más reciente de lo que aparenta.

Así pues, de forma casi imperceptible, empieza a aparecer una estética más actual y vibrante, característica del distrito de la Marina que se extiende sobre la llanura al borde de la bahía. Después de todo, Hondarribia ha sido históricamente una villa pesquera y esta zona representa su núcleo más arraigado, con viviendas típicas ornamentadas con los restos de pintura de las embarcaciones, lo que explica esa variedad de frentes blancos, rojos o azules donde abundan los amplios ventanales con vistas al mar.

Ciertamente, si el casco histórico de Hondarribia justifica una caminata pausada por vías repletas de construcciones que relatan grandes sucesos del pasado, resulta igualmente imprescindible recorrer la Marina. Esto no es únicamente para contemplar su diseño tradicional y llamativo, o encaminarse a las dársenas portuarias e incluso al arenal situado algo más lejos. Se trata asimismo de constatar que la antigua zona pesquera constituye el corazón de la vida social del municipio. En este lugar se ubican los comercios de mayor tradición junto a los bares y locales de restauración que ofrecen la excelencia culinaria vasca. Por lo tanto, tras la caminata, conviene disfrutar de una consumición en esos veladores desde los cuales se observa a muy poca distancia la nación colindante. 

Una recomendación

Subir al monte Jaizkibel

Detrás de Hondarribia se alza el monte Jaizkibel alcanzando los 545 metros. Aunque parezca una altitud modesta, al situarse tan cerca del nivel del mar del Cantábrico, destaca como una de las cumbres litorales de mayor altura en el norte español. Por ello, funciona como un observatorio excepcional accesible a pie o mediante vehículo. Quienes optan por ir andando siguen los pasos de los peregrinos jacobeos que prefieren el trayecto costero. No obstante, buena parte de los visitantes asciende en automóvil para conocer el santuario de Guadalupe o explorar los diversos yacimientos megalíticos repartidos por el área. Sin embargo, al llegar a la cima, lo que más asombra es el paisaje que rodea Hondarribia y el modo en que la vista se extiende por muchísimos kilómetros a lo largo de la costa vasco-francesa.