
Disfrutar la belleza sin registrarla
Serendipias
Marzo representa una de esas épocas donde el esplendor resulta más perceptible. Tal vez se deba a que lo que requiere de un extenso periodo invernal para florecer obtiene una apariencia fascinante, prácticamente curativa.
Se percibe en la atmósfera desde hace algunas jornadas: después de diversos meses de precipitaciones y ráfagas fuertes, han arribado a Levante las jornadas iniciales de altas temperaturas y, rumbo al centro deportivo, cada alborada observo a la idéntica señora de ropaje azulado recostada encima de la mesa de una taberna, debajo de la buganvilla, gesticulando una sonrisa mientras la luz solar la baña. Existe una esencia en ella de Albert Camus y “ese verano invencible” que habita en el interior de todos nosotros conforme se aproxima la primavera.
Hallamos lo bello al dejar de persegu
También este mismo mes, los japoneses se reúnen en parques y bosques para sucumbir a la belleza del hanami, o la contemplación de los cerezos que se despliegan como nubes blancas y rosas por todo Japón. Es la sensibilidad que caracteriza al Mono no aware (物の哀れ?), o la empatía hacia las cosas y la sensibilidad de lo efímero, lo que no perdura.
Pero más allá de estos dos ejemplos, alrededor del mundo explota una canción de belleza a cada segundo: una ballena trata de alcanzar la luna en una playa desierta de Sri Lanka, o un glaciar susurra en Argentina sin saber cuándo se derrumbará.

Pero también alguien toma un vuelo desde Suecia, entristecido porque no vio la aurora boreal; y el sol se eleva sobre los templos de Angkor Wat, en Camboya, a las 5.55 h frente a un ejército de turistas y smartphones.
En el mundo actual, la belleza se convierte a veces en un reclamo que nos dispersa, como cromos y postales a coleccionar por todo el globo, cámara en mano y sin prestar atención, para compartirlo en redes lo más rápido posible.
O ese alguien, a quien conoces en un viaje, y frunce el ceño cuando le dices que prefieres quedarte en el hotel escribiendo en lugar de hacer el “tour de los lugares bonitos”. Solo entonces, puede que descubras luciérnagas en el jardín como recompensa a ese “sacrificio”. Al necesario ritual de quedarse quieto esperando que lo bello te encuentre.
Muchos siglos antes de la tecnología y lo inmediato, en la antigua Alejandría, Epicuro ya recomendaba el “vive oculto” (lathe biōsas), sosteniendo que alejarse de la ambición pública y las multitudes era esencial para encontrar la paz. Y en 2012, el blogger Anil Dash definió “la alegría de perderse cosas” (JOMO) al desconectarse por un mes tras el nacimiento de su hijo. Posiblemente apartarnos del algoritmo no dista tanto de evitar el antiguo ágora.
Y cómo sugiere cierta filosofía japonesa, quizás demostremos más empatía cuando dejamos a las cosas hermosas alcanzarnos en lugar de perseguirlas. Apreciarlas desde el momento presente mientras el resto del planeta florece en silencio.
Debido a que el hallazgo inesperado de lo hermoso tal vez nunca constituyó un punto de llegada, ni hay un modo de alcanzarlo. Representa la flor al margen del sendero. Y para ciertos sujetos, como aquella dama de atuendo azul en el mirador de mi aldea, cualquier alborada bajo un destello de claridad.

