Viajes
Alberto Piernas

Alberto Piernas

Lugares que no aparecen en los mapas

Serendipias

En una libreta antigua he hallado un plano de la niñez: se veía el portón azul de un remoto obrador de barro, un asno y un ferrocarril que me conducía a la distancia. No figuraban apelativos de urbes, ni tampoco océanos o límites geográficos.

Es posible que haya dos clases de cartografía: la físico-política, ese cúmulo de archipiélagos, penínsulas y múltiples parajes que anhelamos retratar. Planos que se originaron con propósitos de expansión y, ocasionalmente, de sometimiento, pero siempre apuntando a un horizonte que por centurias se dilataba, exponiendo muchísima información novedosa para documentar. En ocasiones, de manera exacta; en otras, integrando componentes reales con sirenas amazónicas, al igual que hacían los relatores iniciales al arribar a zonas tan dispares que escaseaba el vocabulario para definirlas.

Se encuentra asimismo el registro cartográfico de nuestra simbología sentimental: aquella guía que no se mencionaba en sociales o geografía.

Sin embargo, también hallamos la representación de nuestra simbología sentimental interna: aquel trazado orientado al interior que jamás mencionaron en sociales o geografía. Una ruta a la que no solemos dedicar cuidado, a pesar de las marcas o memorias que despiertan. Tal vez se trate de los mismos elementos capaces de volver a unirnos en este crispado mundo actual.

Es posible referirse a esos objetos de viaje que superan a las prendas con el lugar estampado, los llaveros o los imanes de recuerdo. Se trata más bien de los pétalos restantes de un tributo, una tarjeta enviada desde Bangkok, o algún pensamiento redactado por un extraño en la servilleta de un local de comida.

Casa de pescadores en Negombo
Casa de pescadores en NegomboAlberto Piernas

Al evocar tu infancia, es probable que rememores aquellas vías estivales con gente disfrutando del aire nocturno y el océano relatando leyendas que entraban por los ventanales. El encanto de lo habitual mediante las labores tradicionales de nuestra localidad, la fragancia de los ejemplares en aquel comercio de barrio o la razón por la cual cada balcón de esta vía luce mosaicos coloridos al alzar la mirada.

Esa zona de lavado convertida ahora en surtidor, el sitio de aquel beso inicial o el dique donde disfrutaste la primera caña junto a tus colegas de estudios. Podría referirme a la vieja hacienda en la que viniste al mundo, hoy transformada en una taberna de ruta hacia Granada. El pinar donde solíamos instalar las tumbonas los fines de semana, la entrada de una choza en Xàbia  donde reside un hombre de mar con vivencias desconocidas para todos los que aguardan fila para colgar su fotografía en la red.

Aquella taberna de Kochi en la que terminábamos cada jornada, el santuario de Colombo en el que buscamos cobijo del aguacero, la planta de India que una persona cubrió con un sari, el pequeño local de té azul, la terraza elevada donde todavía habitan mariposas.

Esa pensión de ínfima categoría con un rótulo verde a punto de fundirse, el sitio preciso donde se hallaban los botes coloridos de Negombo aquella jornada de noviembre, o el follaje de platanera en Ubud bajo el cual nació un poema.

Todas esas localizaciones tangibles aunque ocultas, que jamás figurarán en los añejos mapas que guardo en cajones. Aquellas que consolidan nuestra esencia y, en cierta medida, nos permitieron ocupar mejor el planeta.

Tal como afirmaba Herman Melville en Moby Dick al aludir a la isla imaginaria de Rokovoko, sitio de procedencia de un compañero del personaje principal: “No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca”. 

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