Jaume Fatjó, veterinario y etólogo: “Uno de cada cinco perros tiene algún problema relacionado con la separación a lo largo de la vida”
Bienestar de los animales
El experto en medicina del comportamiento nos explica qué hay detrás de algunas conductas de nuestros perros y gatos

Jaume Fatjó, veterinario Etologo, director de la Cátedra Fundación Affinity Animales y Salud del departamento de psiquiatría de la UAB

Los gatos y los perros ocupan un lugar central en muchos hogares. Forman parte de nuestra familia, compartimos espacios, les damos todo nuestro amor y los cuidamos de la mejor manera posible. Pero convivir con ellos no siempre implica comprenderlos. ¿Qué nos quieren decir con ciertos comportamientos? ¿Cómo los afecta la soledad, los cambios de rutina o el estrés del día a día? Para responder a estas preguntas, conversamos con Jaume Fatjó, veterinario y especialista en medicina del comportamiento, una disciplina que durante años se conoció como etología.
Formado en los Estados Unidos, el experto defiende una mirada que va más allá de corregir conductas: “Es ocuparse no solo del comportamiento de los animales, sino también de su calidad de vida”. Esta visión lo ha acompañado a lo largo de décadas de investigación y práctica clínica. Durante quince años combinó actividad veterinaria, docencia e investigación en la Facultad de Veterinaria de Barcelona, hasta que en 2009 dio un giro significativo trasladando parte de la investigación a la Facultad de Medicina, concretamente al Departamento de Psiquiatría.
De aquí nace la Cátedra Fundación Affinity – Animales y Salud de la UAB. “Nos dedicamos a estudiar el vínculo que se establece entre las personas y los animales”, comenta Fatjó. Esta aproximación explica por qué a menudo se compara la medicina del comportamiento con la psicología humana. “Nosotros nos preocupamos de mejorar el comportamiento y de ayudar el paciente a estar mejor emocionalmente”, apunta. Eso sí, con una diferencia clave: “La herramienta principal del psicólogo o del psiquiatra es la palabra, que es justo la que nosotros no tenemos”. Por eso, hay que aprender a leer a los animales de otro modo, observando cómo se mueven, qué señales emiten y cómo responden al entorno.
Después de varias décadas tratando animales de compañía, Fatjó ha detectado un cambio en la manera de entender los problemas de conducta: “Cuando empecé, intentábamos que una conducta que no era apropiada desapareciera. No te digo que todavía no sea el punto de partida, pero ahora tenemos una imagen mucho más global de lo que pasa”, afirma. El objetivo ya no es eliminar un síntoma, sino entender todo lo que lo rodea. “No nos tenemos que fijar solo en ese comportamiento en particular, sino que nos tenemos que preguntar si este perro o gato está adaptado al entorno, es decir, si están en armonía con el lugar donde viven. Y, en caso de que no, identificar cuáles son los factores que se lo impiden”, dice.
Los factores que influyen a los animales
El comportamiento animal no se puede resumir en un solo elemento, sino que es el resultado de una combinación de factores. “Es multifactorial”, confirma el veterinario. El primer paso es analizar el contexto, sea cual sea la conducta y la situación en que se ha dado: “Qué características tiene el entorno en el cual se encuentra en aquel momento el perro o el gato que expliquen su respuesta”.
A partir de aquí, entra en juego la personalidad. “No todos los perros y gatos responden del mismo modo a una misma situación”, manifiesta el etólogo, señalando que hay animales más tímidos que reaccionan con prudencia y otros más impulsivos que no se frenan. Esta personalidad tiene una base genética, pero el experto recomienda evitar las simplificaciones habituales. “Siempre tenemos la tendencia a decir que la genética es la raza y no es lo mismo. Sí que hay diferencias de comportamiento por razas. Si tú coges todos los borders collies, verás que hay una tendencia que es la excitabilidad”, explica antes de añadir: “Ahora, dicho esto, cuando tú haces un análisis, también ves que dentro de la misma raza hay mucha variabilidad. La raza te explica tendencias y diferencias que tú percibes, pero no determina cómo son”.

Pensamientos muy arraigados en el imaginario colectivo que no son ciertos: “Es una idea totalmente errónea que se ha perpetuado durante mucho tiempo. Esto que decían de ‘coge un labrador porque es un animal muy bueno con los niños y muy fiel'. Después no tiene por qué corresponder con la realidad”.
La importancia de las primeras etapas
Sumado a la genética, hay un momento clave en la construcción de la personalidad de un gato o un perro. “El elemento que define la personalidad es la experiencia y el ambiente durante las primeras fases de vida, igual que una persona”, narra Jaume. En los animales, este periodo es breve pero intenso: “Todo es mucho más acelerado. En la vida de una persona pueden ser cinco, diez o quince años y en un perro, dependiendo de la raza, estamos hablando de siete meses”.
De aquí que las primeras doce semanas sean determinantes. “En la escala del perro o del gato, les marca muchísimo. Es cuando se abren al mundo y, básicamente, lo que ellos ven y con lo que conviven durante esas semanas es lo que, para ellos, se convierte en su mundo”, asegura. Además, no solo las experiencias negativas dejan huella: “Si un perro tiene miedo de la gente, acostumbramos a pensar que es por una experiencia negativa. No digo que no pueda pasar, pero en la mayoría de los casos, el miedo viene de no haber tenido contacto con personas cuando era muy pequeño”.
Lo que ellos ven durante esas semanas es lo que para ellos se convierte en su mundo
Estas tendencias adoptadas en los primeros meses “son muy resistentes al cambio, se podría decir que es una tendencia que acompañará a este animal durante mucho tiempo, seguramente toda la vida”. Esto no quiere decir que no pueda sanar o cambiar: “Puedes hacer muchas cosas para compensarlo y para lograr que el perro o el gato salga adelante. No lo convertirás en el animal más sociable del mundo, pero sí conseguirás que tenga una vida normal, adaptado al entorno en el que se encuentra”.
Los efectos de dejar a los animales solos en casa
En el contexto actual, una de las situaciones que más preocupa es la soledad. Dejar a los animales solos en casa mientras las personas trabajan es habitual, pero no siempre es inocuo. “Es un problema, sobre todo en el caso del perro. No tenemos datos epidemiológicos absolutos, pero sí hay estudios que señalan que uno de cada cinco perros tiene algún problema relacionado con la separación a lo largo de la vida, lo cual ya te dice qué dimensión del problema tenemos”. De hecho, comenta que “junto con la agresividad, es el problema número uno” que se encuentran los veterinarios que trabajan el comportamiento.
“Vienen personas que no pueden dejar al perro solo en casa. Lo que vemos es que el perro, cuando se queda solo, tiene una incapacidad para tolerar la separación de la familia, y esto lo manifiesta con conductas de destrozos. No lo hace para castigar a nadie, sino que es pura explosión emocional”, relata el profesional. “El motor principal de todo esto puede ser la angustia, pero también, a veces, es la frustración porque no entienden por qué no pueden estar con la familia, no han aprendido a gestionarlo convenientemente”, continúa.
En los gatos, la relación con la soledad es diferente. “Ellos tienen un vínculo social. Su ancestro salvaje es un animal solitario, pero el gato doméstico sí tiene una tendencia gregaria. La prueba la tienes en la calle, cuando ves una colonia de gatos. Lo que pasa es que no es el mismo grado que en un perro”, matiza.
Señales de alarma y conductas naturales
Entender a los animales también implica distinguir entre comportamientos problemáticos y conductas naturales. “Cuando un gato se sube a un lugar de golpe, es su conducta normal. A ellos les gusta estar en lugares elevados. No lo hacen porque sí. También, cuando tiran cosas de encima de la mesa o de una estantería, lo que nos dice es que este gato necesita más estimulación y está buscando oportunidades para jugar”, expresa el experto.
Las señales de alerta aparecen cuando los animales dejan de hacer aquello que es propio de su especie o de sus rutinas. “Hay una serie de indicadores, que tampoco quiere decir que, si los ves, el animal sufra, pero pueden ayudar a detectar cosas. Por ejemplo, los gatos, cuando no se encuentran bien o no se sienten cómodos, exploran menos el territorio, se pueden volver más ariscos o asustadizos, dejan de comer, no se limpian el pelaje o bien se lo arrancan, marcan el territorio con orina... También se ven cambios en el lenguaje corporal y en las vocalizaciones”, enumera Fatjó.
En los perros, se detecta porque “se vuelven más agitados, lloran y gimen, están muy temblorosos, mantienen la cola baja y las orejas atrás... Son indicadores de un estado emocional, en este caso, compatible con el miedo. También hay conductas repetitivas, que son básicamente como una compulsión”, revela el veterinario.
Todo esto hace evidente que convivir con animales implica mucho más que compartir un espacio. Exige observación, empatía y la voluntad de entender un lenguaje que no es verbal, pero sí profundamente expresivo. Detrás de cada conducta hay una emoción y una historia. Reconocerlas no solo mejora su calidad de vida, sino también nuestra manera de relacionarnos con ellos.