Entrevistas

Nei Fuentes, educadora canina: “Hay perros que viven en estrés sostenido y pasan desapercibidos porque no ladran ni generan conflictos”

Entrevista

La experta explica que cuando no hay coherencia entre lo que decimos, hacemos y sentimos, el mensaje se vuelve confuso y genera inseguridad en el perro, que no desobedece, sino que no sabe a qué atender

Nei Fuentes, educadora canina

Nei Fuentes, educadora canina

Cedida

Gruñir, ladrar y destrozar un objeto son comportamientos de un perro que preocupan y ponen en alerta a su tutor. Sin embargo, detrás de esa conducta, “el perro está intentando regular o comunicar algo que no puede gestionar de otra manera”, explica Nei Fuentes, educadora y divulgadora canina. Esta barcelonesa de 34 años, que acompaña a familias con perros con miedos o dificultades de conducta y colabora en el programa BDN360, de Televisió de Badalona, asegura que “más que corregir la agresividad, lo que necesitamos es entender qué está sosteniendo esa respuesta”. 

Un acompañamiento desde la calma es clave para que haya cambios significativos en el perro, y aquí, los dueños juegan un papel fundamental. Profundizamos en esta cuestión con Nei.

¿Cuáles son los comportamientos de un perro que más preocupan a su tutor?

Las familias suelen acudir a consulta cuando la dificultad del perro les afecta directamente. No porque antes no hubiera señales, sino porque muchas habían pasado desapercibidas o se habían malinterpretado. Falta mucha alfabetización en comunicación canina. Hay dificultades muy silenciosas, que se normalizan con facilidad: perros que evitan, se quedan congelados, jadean sin necesidad real de regular la temperatura, están en hipervigilancia constante o viven en un estado de estrés sostenido que se confunde con mucha energía o necesidad de actividad. Son perros que no molestan, y por eso su malestar suele pasar por debajo del radar, aunque no lo estén pasando bien. En cambio, lo que realmente hace saltar las alarmas son las conductas más visibles.

Nei Fuentes, educadora canina
Nei Fuentes, educadora caninaCedida

Háblame de ellas.

Me refiero a la reactividad hacia otros perros o personas, las fobias, los gruñidos, los marcajes excesivos o las interacciones invasivas con otros perros. Generan mucha preocupación, porque afectan a la vida diaria, a los paseos y a la relación con el entorno. Hay un punto especialmente delicado, que se produce cuando el perro se queda solo, y afecta muchísimo a las familias. No solo por el sufrimiento del perro, sino porque condiciona horarios, rutinas, trabajo y vida social. Ahí suele aparecer culpa, angustia y la sensación de no saber qué hacer. Al final, no es que el perro se porte mal, es que hay un desajuste entre lo que necesita, lo que siente y lo que el entorno le está pidiendo. Si aprendemos a leer esas señales antes de que se vuelvan explosivas, abordaremos la situación de forma más amable y efectiva.

¿Son los mismos comportamientos cuando es cachorro que cuando es adulto?

No. En los cachorros, muchas conductas que son señales de malestar o de dificultad se interpretan como algo normal de la etapa. El tutor piensa que su perro es inquieto y que muerde porque es cachorro, e incluso su comportamiento resulta gracioso o inofensivo. El problema es que ese perrito es el mismo individuo cuando crece. Si esas conductas no se reconducen a tiempo, cuando el perro gana tamaño, fuerza y peso, empiezan a vivirse como incómodas o problemáticas. No porque el perro haya empeorado, sino porque el impacto es distinto, y ya no sabemos cómo gestionarlo. Con la llegada de la adolescencia, entre los 8 meses y el año y medio, ese equilibrio frágil suele romperse. 

El perro tiene más fuerza y autonomía y más necesidades propias, pero su sistema de autorregulación todavía está inmaduro. En esta etapa aparecen con más claridad la reactividad, los miedos intensos, los conflictos en los paseos, los problemas de convivencia o la dificultad para quedarse solo. En los perros adultos, lo que preocupa es que la convivencia se vuelva difícil: paseos muy tensos, problemas con otros perros, ansiedad, bloqueos o fobias. En la adolescencia, aumenta la tasa de abandono, porque muchas familias sienten que ya lo han intentado todo. Por eso, es esencial entender el desarrollo del perro desde el inicio. Buscar acompañamiento profesional es invertir en bienestar a largo plazo, tanto para el perro como para la familia.

Al final, no es que el perro se porte mal, es que hay un desajuste entre lo que necesita, lo que siente y lo que el entorno le está pidiendo

Nei Fuentes

Educadora canina

¿Un comportamiento agresivo puede corregirse?

Lo primero es revisar qué entendemos por agresivo. Muchos de los comportamientos que las personas etiquetan así no son agresión para el perro, sino comunicación. El perro no está atacando, sino intentando decir algo que no está siendo escuchado. Un ejemplo claro es el gruñido. A muchas personas les asusta, pero, en realidad, el gruñido es una señal comunicativa de advertencia. Cuando castigamos o inhibimos el gruñido, no estamos educando, sino silenciando la comunicación. El perro aprende que avisar es peligroso y que expresar incomodidad tiene consecuencias negativas. ¿Qué pasa entonces? Que deja de hacerlo y, cuando ya no puede comunicar de forma gradual, la siguiente señal suele ser marcar o morder. Por eso, más que corregir la agresividad, necesitamos entender qué está sosteniendo esa respuesta. En la mayoría de casos hay miedo, inseguridad, experiencias previas difíciles...

¿Se puede trabajar?

Sí, pero no desde el castigo ni la imposición, sino desde la comprensión, el respeto a las señales del perro, la modificación del entorno y un acompañamiento profesional adecuado. El objetivo no es que el perro deje de comunicar, sino que no necesite llegar a ese punto para sentirse seguro.

¿Qué papel juegan los dueños en el comportamiento de sus perros?

Su papel es fundamental, pero no en el sentido de causar los problemas, sino en cómo los interpretan, los sostienen y los acompañan. El comportamiento de un perro no ocurre en el vacío: siempre se da en un contexto relacional y ambiental. Los perros viven leyendo constantemente a las personas con las que conviven. No solo lo que decimos, sino cómo nos movemos y respiramos, qué postura corporal adoptamos y qué emoción sostenemos en el cuerpo. Cuando no hay coherencia entre lo que decimos, lo que hacemos y lo que sentimos, el mensaje se vuelve poco fiable. Y un mensaje contradictorio o impredecible genera inseguridad. En muchos casos, el perro no desobedece: simplemente no sabe a qué atender, porque la información que recibe es confusa.

La formación es clave. Aprender comunicación canina, entender el desarrollo emocional y saber qué necesita un perro en cada etapa nos permite acompañar mejor y prevenir muchas dificultades

Nei Fuentes

Educadora canina

Si un perro ladra o destroza un objeto, ¿cómo podemos entender esa actitud problemática? 

Cuando un perro ladra de forma insistente o destroza objetos, lo que vemos es el síntoma, no lo que lo está provocando. Casi nunca es porque sí, o por fastidiar. Son conductas que cumplen una función: el perro está intentando regular o comunicar algo que no puede gestionar de otra manera. El ladrido puede tener muchos significados: alerta, miedo, frustración, necesidad de distancia, aburrimiento, sobreexcitación o incluso una forma de descargar tensión. Un perro que ladra solo en casa no está portándose mal, sino expresando ansiedad o dificultad para tolerar la separación. Lo mismo ocurre con la destrucción. Destrozar objetos suele ser una estrategia de regulación emocional. Morder, romper o rasgar libera tensión. En muchos casos, está relacionado con ansiedad por separación, falta de descanso real, estrés acumulado o necesidades no cubiertas. Cuando castigamos estas conductas sin entenderlas, añadimos más estrés al sistema. Entender estas conductas como señales, y no como desafíos, nos permite intervenir de verdad: ajustando rutinas, cubriendo necesidades, acompañando emocionalmente y, si hace falta, pidiendo ayuda profesional.

Siempre se ha dicho que hay razas más peligrosas que otras. ¿Hasta qué punto influye la raza en el comportamiento de un perro?

La idea de que existen razas peligrosas es una simplificación muy cómoda, pero profundamente errónea. Ayuda a tranquilizarnos como sociedad, pero no explica ni previene los problemas reales de convivencia con los perros. Para mí, aquellos perros denominados como PPP, siempre serán perros potencialmente preciosos. La raza influye, sí, pero no en el sentido en que suele creerse. Influye en tendencias funcionales, no en la peligrosidad. 

Es decir, la selección genética ha potenciado ciertas habilidades según el trabajo que el perro debía llevar a cabo: olfato, resistencia, capacidad de persecución, sensibilidad al movimiento, vigilancia, tolerancia al estrés, necesidad de actividad… Eso no convierte a un perro en agresivo, lo que hace es marcar qué tipo de necesidades tiene y cómo se relaciona con el entorno. El problema aparece cuando esas necesidades no se entienden o no se cubren. Un perro seleccionado para trabajar con ganado, para proteger territorio o para tomar decisiones autónomas va a sufrir mucho en un entorno urbano, si se le exige una vida pasiva, con poco movimiento y mucha presión social, y ese malestar puede acabar expresándose en reactividad, ladridos, gruñidos o respuestas defensivas.

Por tanto, la raza no condiciona la peligrosidad.

No. Además, centrarnos en la raza invisibiliza factores muchísimo más determinantes, como el origen del perro, cómo fue criado, si hubo separación precoz, estrés materno, privación sensorial, qué experiencias ha tenido, cómo se le ha educado y, sobre todo, cómo se interpretan y respetan sus señales. Dos perros de la misma raza pueden ser emocionalmente opuestos, si sus historias de desarrollo son distintas. Reducir todo a la raza es injusto y peligroso, porque nos da una falsa sensación de control. La seguridad no está en estigmatizar razas, sino en entender individuos, acompañar bien su desarrollo y asumir nuestra responsabilidad como humanos.

Nei Fuentes.
Nei Fuentes.Cedida

Por último, ¿qué mensaje enviarías a quienes conviven con perros para que entendieran su comportamiento?

Les diría algo muy sencillo, pero que lo cambia todo: vuestro perro no hace nada porque sí. Todo comportamiento tiene un sentido, una función y una emoción detrás. Cuando un perro ladra, destroza o se bloquea, no está intentando fastidiar ni desobedecer: está intentando adaptarse al mundo con las herramientas que tiene en ese momento. Entender a un perro no va de exigir más control, sino de mirar más profundo y preguntarnos qué necesita, qué le está resultando difícil, qué no está pudiendo gestionar. Para ello, la formación es clave. Aprender comunicación canina, entender el desarrollo emocional y saber qué necesita un perro en cada etapa nos permite acompañar mejor y prevenir muchas dificultades antes de que escalen. Buscar acompañamiento profesional desde el inicio es una forma de cuidado, de prevención y de respeto. Al final, educar no es controlar, sino comprender para poder acompañar mejor.