Anna Clements, directora de SOS Galgos: “Cada final de temporada, los cazadores llaman a las protectoras para deshacerse de sus galgos”
Caza
La directora explica que cada año se enfrentan a casos de abandono, sospechas de maltrato y denuncias vinculadas a perros de caza que quedan desprotegidos

Imagen de SOS Galgos.

En España, los galgos siguen siendo los grandes olvidados. Mientras la ley mira hacia otro lado, miles de perros son explotados, abandonados o sacrificados al final de cada temporada cinegética, víctimas de prácticas crueles que rara vez tienen consecuencias y que terminan llenando protectoras. El uso del galgo como herramienta desechable forma parte de una tradición que apenas se cuestiona. Malnutrición, entrenamientos extremos, falta de atención veterinaria y métodos de descarte continúan siendo una realidad silenciada, sostenida por la impunidad y por una legislación que excluye a estos animales de una protección efectiva.
Cuando dejan de servir, su destino suele ser el abandono o la muerte. Son las asociaciones y refugios, como la que fundó Anna Clements, directora de SOS Galgos, quienes recogen los perros de un sistema que falla: galgos rotos física y emocionalmente, marcados por el miedo y la desconfianza, que evidencian grietas de una tradición que opera al margen del bienestar animal y la responsabilidad social.
Son la raza más maltratada y menos protegida con la nueva ley
Decís que estáis sometidas a una presión constante por parte de cazadores para haceros cargo de sus perros. ¿Cómo se manifiesta esa presión en el día a día del refugio?
La situación se podría comparar con una puerta basculante: entran y salen perros a medida que algunos van encontrando salida. Intentamos que no nos afecte demasiado el chantaje emocional de los cazadores, porque llevamos muchos años en esto y, quieras o no, acabas desarrollando una especie de capa protectora. Entras casi en modo autopiloto, en un estado de supervivencia constante. Para sacar adelante a los supervivientes, tú también tienes que serlo. Hay un paralelismo muy claro con mi propia historia personal, porque yo soy superviviente de cáncer. Como superviviente, ayudo a otros supervivientes. Al final todo se reduce a salir adelante y a hacer con la vida lo mejor que se puede.
¿Qué ocurre con los galgos cuando dejan de ser “útiles” para la caza y no entran en los circuitos de rescate?
Muchos de estos cazadores tienen una falta de empatía profunda hacia la vida, hacia todos los seres vivos. Su afición es matar y utilizan a los galgos como herramientas. Es de las pocas actividades en las que no se utiliza un arma directa, sino que se utiliza al propio animal como arma. Cuidan mejor los objetos que a los seres vivos. El mensaje que se transmite es muy peligroso. Es una ironía, porque quien hace daño a un animal tiene luego más facilidad para hacer daño a una persona. No se caza por necesidad, no se caza para comer. Antiguamente, las familias dependían de la caza para sobrevivir, era una realidad completamente distinta. En los años cincuenta podía entenderse dentro de un contexto concreto, pero hoy en día ya saben que está mal visto y aun así se aferran a la tradición.

¿Qué opina de este tipo de tradiciones?
Las tradiciones forman parte de la cultura y de la identidad, sí, pero también deben evolucionar al mismo ritmo que lo hace la sociedad y la tecnología. La caza con galgos es una de ellas. En países como Inglaterra ya está prohibida, igual que lo estuvo la caza del zorro. Allí fue una actividad asociada a la aristocracia y a la familia real, y se prohibió. Aquí seguimos anclados en el pasado y va de la mano del mundo taurino. Hoy la caza ya no es necesaria. Se hace porque se quiere. Y cuando llega el final de temporada, aparecen excusas: que hay mixomatosis en las liebres, que los galgos ya no sirven, que están enfermos, que hay ingresos hospitalarios y no pueden cuidarlos. Resulta curioso que todo eso ocurra justo al final de la temporada de caza.
Las protectoras somos vistas como el vertedero de la sociedad. Es indignante, porque el dinero que nos mantiene es dinero público de gente honrada, de personas que quieren que las cosas cambien. Tenemos socios desde hace 25 años que siguen a nuestro lado, y es frustrante ver que desde la aprobación de la nueva ley de protección animal la situación ha ido a peor porque excluye precisamente a los animales más vulnerables: los de caza.
¿Por qué el final de la temporada de caza es siempre uno de los momentos más críticos para vosotros?
Porque ya no los necesitan para nada. No pueden cazar y no saben qué hacer con ellos. Hay una falta de empatía inmensa. Según los datos oficiales, hay unos 12.000 cazadores galgueros en España. No hay límite ni censo real del número de perros que tienen. Cada uno puede tener 10, 15 o 20 galgos. Si haces los números, el volumen es enorme. Además, desde febrero hasta octubre no se puede cazar con galgos, y durante esos meses no quieren alimentar a tantos perros. Por eso se deshacen de muchos, se quedan solo con los que usan para criar y el ciclo vuelve a empezar. El 80% de los campos en España están reservados para esta minoría, lo que afecta incluso al ocio de otras personas: pasear, ir en bicicleta o a la biodiversidad, como el lince ibérico, que se queda sin liebres.
Son seres vivos con rutinas y vínculos, y de repente les arrancan de todo lo que conocen. Llegan desequilibrados emocionalmente
¿En qué estado físico y emocional suelen llegar los galgos adultos que rescatáis?
Algunos llegan bien de peso, pero con una angustia terrible. Son seres vivos con rutinas y vínculos, y de repente les arrancan de todo lo que conocen. Llegan desequilibrados emocionalmente. Otros llegan con terror a las personas, completamente esqueléticos, con enfermedades transmitidas por mosquitos o garrapatas, con patas rotas. También hay casos muy extremos. Uno de ellos fue encontrado atado dentro de una bolsa, en un contenedor, en Extremadura. Era una galga adulta, buenísima, y la llamamos Camino por todo lo que había pasado. Hace muy poco también recibimos el aviso de un podenco que llevaba toda la noche en un pozo de dos metros, a la intemperie, con agua entrando. Llamamos a todas partes hasta que los bomberos llegaron a tiempo. Ese perro tenía chip y resultó que había sido robado dos años antes. Fue emocionante ver cómo reconocía a su dueño. Es una excepción, pero demuestra que también existen otros casos.
¿Cuáles son las secuelas emocionales más habituales que arrastran estos perros?
No queremos perjudicar sus posibilidades de adopción. Si insistimos demasiado en lo negativo, la gente piensa que no son adoptables, y no es cierto. Se recuperan muy bien. Son perros tranquilos, pasan muchas horas descansando. Por eso mucha gente adopta galgos en pisos. Necesitan momentos de carrera en espacios bien vallados, pero no son perros nerviosos ni que tiren de la correa. Son ideales para personas mayores y para familias con niños: pacientes, sensibles y muy familiares. Eso sí, requieren responsabilidad. No pueden ir sueltos en ciudad. Acompañamos mucho a las familias adoptantes para asegurar que el entorno es adecuado.
Desde vuestra experiencia, ¿qué es lo que más sorprende a las familias cuando conviven por primera vez con un galgo rescatado?
Que repiten. Cuando fallece uno, vuelven a adoptar otro. Nos emociona ver a las mismas personas décadas después, ahora con hijos mayores o incluso como voluntarios del refugio. No es solo dar una segunda oportunidad a un galgo, es generar bienestar para toda la familia.
¿Qué implica en la práctica que los galgos y otros perros de caza queden fuera de la ley de bienestar animal?
Es humillante. Ves situaciones de maltrato evidentes y no puedes hacer nada porque la propia policía te dice que la ley no los protege. Ver perros atados, pasando frío o calor, hambre o sed, sin poder intervenir, genera una rabia enorme en cualquier ciudadano que ama a los animales. Cada año rescatamos cientos de galgos. El año pasado fueron 193. Además, contamos con un refugio escuela donde recibimos colegios y realizamos talleres de tenencia responsable, empatía y compasión.

El 1 de febrero se celebran manifestaciones por el Día del Galgo. ¿Qué se reivindica?
Se protesta contra la exclusión de los animales de caza en la ley actual. La movilización está organizada por la Plataforma No a la Caza y cuenta con apoyo internacional. Asociaciones de Estados Unidos, Canadá, Francia e Inglaterra colaboran con nosotros, incluso llevando galgos en vuelos de regreso para su adopción en esos países. La colaboración internacional es clave. No se trata de dar perros a particulares lejanos, sino de trabajar con asociaciones responsables que puedan hacer seguimiento.
Las protectoras somos vistas como el vertedero de la sociedad. Es indignante, porque el dinero que nos mantiene es dinero público de gente honrada
¿Creéis que la imagen del galgo como perro “triste” o “frágil” simplifica su realidad?
Son muy expresivos y su mirada llega al corazón, pero también son increíblemente resistentes. Es una raza que apenas ha cambiado en 5.000 años y que enferma muy poco. Los galgos españoles son especialmente sanos y fuertes.
Para terminar, ¿cómo puede ayudar la gente?
No hay que tener miedo de pedir ayuda. Se puede colaborar haciéndose socio, aportando incluso un euro al mes. Con más apoyo podríamos rescatar más perros, mejorar instalaciones, poner calefacción en los cheniles y ampliar zonas valladas. Esto no es un problema de las protectoras: es un problema de toda la sociedad.

