Entrevistas

Rosa García, rescatadora de animales: “Cuando cierro un corral, a los dos días vuelve a estar lleno, es como vaciar el mar con vasos de agua”

Héroes anónimos

La llaman cuando aparece un perro y ella acude sin pensárselo dos veces: “He perdido amigos, viajes y descanso; pero si paro, sé lo que pasa”

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Rosa García acoge varios tipos de animales en sus instalaciones.

Rosa García acoge varios tipos de animales en sus instalaciones.

Cedida

“El desgaste es la ansiedad de saber que nunca haces lo suficiente: siempre queda alguien atrás”. Esta es la sensación constante de Rosa García, que mueve unas 200 vidas de animales cada año, y también ha visto morir demasiadas. No presume de nada: habla de ansiedad, de deudas veterinarias, de amistades perdidas y de un cansancio que no se arregla con dormir. 

En Peñaranda de Bracamonte, un pueblo de Salamanca donde todos se conocen y las urgencias no entienden de festivos, Rosa  vive con el teléfono siempre a mano y el calendario roto. Lleva quince años sacando animales de la carretera, del campo, de la perrera y de manos que ya no los quieren; a veces con una jaula trampa prestada, otras con una cadena cortada y la culpa clavada en el pecho. 

¿Cuándo empieza su vínculo con los animales?

Desde niña. Me gustaban muchísimo, pero mis padres nunca quisieron tener perro. Para compensar, entraban en casa animales “menos duraderos”: conejos, pollos, patos… Incluso criamos un cordero que se quedó sin madre.

¿Recuerda su primer perro de verdad, el que fue suyo?

Sí. Una perrita, Luna. Estaba casada, mi entonces marido tenía una fábrica de calzado, y un vecino tenía una hembra que criaba cuando tocaba. Me quedé una cachorra de esa camada; en principio iba a ser para mi hermana, pero la tuve en casa, me enamoré y se quedó conmigo.

Rosa García, en su refugio para animales.
Rosa García, en su refugio para animales.Cedida

Usted lleva unos quince años en rescate y hay quien dice que es de las personas que más animales mueve en Salamanca. ¿Cuántos son, en números?

En un año, 200 animales. Depende de cómo venga la temporada y de lo que pueda asumir.

Cuando habla de “ser operativa”, ¿qué significa exactamente?

Que estoy a pie de calle. Yo empiezo donde empieza el problema: desde que el animal sale de la calle, del campo, del galguero o de la perrera, hasta que encuentra un hogar. Aunque en los últimos años eso ha cambiado.

¿En qué sentido?

Que ya no doy adopciones directas como Rosa. Siempre me apoyo en protectoras.

¿Por qué toma esa decisión?

No por un problema legal. Nunca me han devuelto un animal. Pero tengo un desgaste psicológico y emocional muy grande. Para dar una adopción tiene que hacer cuestionario, filtrar, decidir, asumir una responsabilidad enorme… y ahora mismo no me veo con capacidad para tomar esas decisiones. Me costaría muchísimo. Prefiero delegarlo en protectoras o en gente con estructura.

Rosa García, en uno de sus corrales.
Rosa García, en uno de sus corrales.Cedida

¿En qué momento se “engancha” al rescate? ¿Cuál fue el primer caso que le hizo decir: aquí no puedo mirar a otro lado?

Yo era ajena a todo esto. Sabía que existían perreras, pero no imaginaba según qué cosas. Incluso compré un perro pequeño porque viajaba mucho por trabajo; no concebía que en una perrera pudiera haber perros pequeños. Con las redes empecé a ver otro mundo. Y el primer rescate fue un mastín abandonado, atado a un poste de la luz en mitad del campo. Mi hermana lo vio, me avisó: “Hay un perro ahí para que se muera”. Tenía chip, era de un pastor, y estaba en una situación lamentable. Yo hacía todos los días 20 kilómetros de ida y 20 de vuelta para ir a darle de comer en la hora de comer. Hasta que un día me cansé. Corté la cadena y me lo traje. Ahí empecé a conocer protectoras y a entender que ayudar era posible.

Mi primer rescate fue un mastín abandonado, atado a un poste de la luz en mitad del campo

Rosa García

Rescatadora de animales

Después de ese mastín, ¿cómo pasa de casos puntuales a montar una red propia?

Porque me daba cuenta de que había animales que podían esperar y otros que, si no los recogías en ese momento, ya era tarde. Me alquilé un corral en Peñaranda, al principio iba a hacerlo con unas amigas, pero se echaron para atrás. Y luego mi tío, que era de Salmoral, murió; era pastor y tenía corrales, una casa vieja, varias instalaciones. Hablé con mis tíos, los compré y todo empezó a crecer. Tener un sitio donde meter un animal cambia todo: ya no dependes de que alguien te haga un hueco de urgencia, ni de llevártelo a casa.

Ahora mismo, ¿con qué infraestructura cuenta?

Tengo cinco corrales. Están en un pueblo cercano a Peñaranda.

¿Cuál ha sido su pico máximo de perros?

He llegado a tener 35 perros, pero hace tiempo.

¿Por qué ya no?

Porque por querer ayudar, cometí errores. Metí demasiados perros en un corral y me mataron a uno. Eso también me marcó muchísimo. Desde entonces procuro no meter más de dos o tres en cada corral, salvo que sean familia o camadas que han convivido siempre. Cuando no estoy, los perros están solos, y no puedo prever cómo reaccionan: una comida, un trozo de pan, una tensión, y se ceba todo sobre el más débil.

Rosa García con uno de los perros que ha rescatado.
Rosa García con uno de los perros que ha rescatado.Cedida

Hablemos de una intervención concreta que no olvide. Una de esas que se quedan para siempre.

Una vez me avisó una protectora de Salamanca para ir a recoger una galga. Quedé en el Tormes con el supuesto dueño… y cuando llegué había escolta policial. Pararon un coche, sacaron a la galga… era un esqueleto. Todo el cuerpo lleno de heridas, el rabo partido, el estado era terrible. Firmé la documentación delante de la policía, por la peligrosidad del individuo que la traía. Sacar a esa perra adelante fue durísimo. Al final salió, viajó con una asociación y se dio en adopción.

Usted habla de golpes emocionales como de una lista que se va acumulando. ¿Cuál fue el punto de ruptura?

El parvovirus. Nos juntamos con dos camadas, veinte cachorros en total, y entró el parvo. Murieron la mayoría. Sobrevivieron cuatro o cinco. Aquello fue un destrozo económico y emocional del que todavía no me he repuesto. Desde entonces estoy en tratamiento psicológico.

¿Qué es lo que más le pesa, en el día a día: el sufrimiento de los animales, o todo lo que lo rodea?

Los animales… aprendes a gestionarlo. Al principio lo pasaba mal cuando se iban en adopción, porque les coges cariño. Pero luego entiendes que tus corrales son un sitio de paso y que van a un sitio mejor. El desgaste grande es otro.

¿Cuál?

La ansiedad de que, por mucho que hagas, nunca es suficiente. Siempre hay animales que se quedan atrás. Puedo recoger cuarenta, puedo salvar 150 galgos al año, y aun así sé que mueren muchos más. Todo el mundo te avisa, te llama, te escribe. Quieres abarcar, te sobrecargas y acabas cometiendo errores. Y eso no se detiene nunca.

Por mucho que hagas, nunca es suficiente. Siempre hay animales que se quedan atrás

Rosa García

Rescatadora de animales

Además está la parte económica. ¿Cómo se sostiene algo así sin una estructura grande detrás?

Mal. Con sacrificio personal, económico y, sobre todo, emocional. Yo rescato animales abandonados que vagan, que son difíciles de coger y que nadie coge. A veces lo consigo sola; otras tengo que pedir jaulas trampa o ayuda. Luego, si tengo sitio, saco de perreras. Y también recojo “descartes” de particulares: galgueros, cazadores, pastores con border collie… camadas o perros que ya no les sirven. Te llaman para que te los lleves. Y muchas veces llegan caquécticos, con cortes, con sarna, amputados... Llega de todo.

¿De qué trabaja usted para poder sostenerlo?

Soy responsable de un centro de trabajo. Tengo un sueldo decente, aunque antes fue mejor. La empresa fue bajando y yo también dejé de asumir responsabilidades por los animales, y eso me hizo perder poder adquisitivo. Yo viajaba muchísimo; lo tuve que dejar porque si no, no podía atender.

Al final la gente se cansa de ayudarte, porque esto es esclavo y no lo aguanta cualquiera

Rosa García

Rescatadora de animales

¿Y el coste personal fuera del dinero?

Me ha afectado en todo. Ya no tengo amigos. Los he perdido porque nunca puedo hacer nada. Quedas y te llaman: “Hay un perro cruzándose la carretera”, y te vas. No me puedo ir un fin de semana sin organizar quién atiende a los míos; y al final la gente se cansa de ayudarte, porque esto es esclavo y no lo aguanta cualquiera. Mis amistades hoy son casi todas de este mundo, pero cada una está en su lucha y tampoco pueden sostenerte. Al final cuento con lo que puedo hacer yo y mi pareja, que me ayuda.

Con ese nivel de desgaste, ¿se plantea dejarlo?

Llevo muchos años queriendo salir, pero lo veo imposible. Esto es una rueda: dices “se acabó”, y siempre hay animales que lo necesitan. Si yo me priorizo y digo “no recojo más”, sé que para algunos eso significa la muerte. Y entonces sigues, sigues, sigues. Pero emocionalmente te quedas fatal.

¿Cómo se ve esa rueda en lo concreto, en sus instalaciones?

Se va uno y digo: “Qué bien, este corral queda limpio, lo cierro”. No pasan dos días y ya está lleno. Es infinito. Es como querer vaciar el mar con vasos de agua.

Usted ha estado también en coordinación con autoridades. ¿Cómo ha sido?

Poca. Durante mucho tiempo, cuando aparecía un perro abandonado en Peñaranda, me llamaban a mí. Yo iba a la comisaría, recogía al perro y me lo llevaba. Ellos se implicaban en llamarme, pero no en mucho más. Con el chip, si lo tenía, se localizaba al propietario; si no, acababa conmigo. Eso estuvo pasando hasta hace un par de años; ahora ya no me llaman como antes.

En su zona, el tema galgo es una herida abierta. ¿Ha perdido la esperanza?

Sí. No tengo esperanza. Veo el relevo generacional: gente muy joven, incluso mujeres, y el ciclo se reproduce. La temporada se abre y a mitad de noviembre ya estás recogiendo abandonados. Te llevas uno y cogen cinco. Y a veces pienso que lo estoy poniendo demasiado fácil: te dan el perro y se quedan tan anchos.

Si tuviera que resumir su vida de rescate en una frase, ¿cuál sería?

Que por mucho que corras, siempre llegas tarde a alguien. Y aun así, si no corres, llegas tarde a todos.