Testimonios

Los equinos permiten que infantes con el amor propio afectado vuelvan a encontrar su identidad y valor personal, asegura la psicóloga deportiva Andrea Pérez-Rosales.

Testimonio

Andrea brinda apoyo a menores que enfrentan temores, hostigamiento, falta de confianza personal o las exigencias de madurar en un ambiente regido por lo digital y la imagen externa, utilizando para tal fin terapias mediadas por equinos.

Andrea Pérez-Rosales

Andrea Pérez-Rosales

Cedida

En una propiedad próxima a Sitges, varios equinos de avanzada edad, “rotos” o apartados del ámbito competitivo, se han transformado en un recurso imprevisto: un apoyo terapéutico para menores y jóvenes. Liderando el proyecto se encuentra Andrea Pérez-Rosales, de 36 años, una psicóloga deportiva que creció rodeada de mascotas rescatadas y que actualmente se dedica a ofrecer una nueva oportunidad a caballos que ya no se perciben como productivos. Mediante estos animales, Andrea asiste a chicos que enfrentan temores, acoso escolar, baja seguridad en sí mismos o la mera exigencia de madurar en un entorno dominado por la tecnología y la imagen. Ella explica la forma en que los caballos muestran realidades que los mayores solemos ignorar, los mitos del cine y el motivo por el cual un ejemplar de 32 años que sufrió carencias alimenticias ahora “baila” junto a niñas de corta edad como si hubiera vuelto a nacer.

¿Desde cuándo los animales forman parte de su vida cotidiana?

Me crié en una vivienda donde siempre convivían canes y felinos, pero no comprados ni de raza, sino rescatados de la vía pública. Mis progenitores poseen una suerte de instinto: detectan a un animal en malas condiciones y lo socorren. De niña era muy habitual que apareciera un gato que parecía oscuro por la suciedad y, al bañarlo, resultaba ser de color blanco. O un perro desnutrido y temeroso que nadie buscaba y se quedaba con nosotros “temporalmente”, y en ocasiones duraba mucho tiempo. También comprobábamos siempre el microchip, dábamos aviso a la policía e intentábamos localizar a sus dueños. Y cuando no se encontraba a nadie, se gestionaba una adopción consciente. Hemos llegado a convivir con seis o siete gatos y cuatro perros simultáneamente. Para mí esa noción de rescatar, proteger y buscar nuevas oportunidades es algo cotidiano, no una situación excepcional.

Andrea Pérez-Rosales
Andrea Pérez-RosalesCedida

¿De qué manera se refleja actualmente esa costumbre de auxilio doméstico en su labor con los caballos?

De manera muy franca. Tal como mis padres rescataban perros y gatos, yo me ocupo de caballos que ya no “sirven” para sus anteriores dueños por ser ancianos, estar retirados, padecer achaques físicos constantes o tener trasfondos emocionales complejos. Hay poseedores que no logran sostener sus gastos, que dejaron la práctica hípica o que simplemente los apartan a un terreno sin la asistencia requerida. No se deja a un caballo tirado en la calle como a un perro, pero se le puede desamparar en vida: se le abandona en un campo con pasto, sin nutrición adecuada, servicios veterinarios ni mantenimiento de cascos, con la esperanza de que “ya tirará” porque un vecino le proporcione algo de beber y comer. Yo tomo esa circunstancia y la mudo en una realidad diferente.

Ahora mismo, ¿de cuántos caballos se está encargando?

Pongamos que son poco más de 10. Todos cuentan con trayectorias verdaderamente fuertes: unos llegan del deporte de élite, otros de tratos bastante severos, y algunos con patologías que necesitan fármacos y supervisión continua. Mi función es descifrar su carga física y psicológica, ofreciéndoles un entorno donde habiten con respeto… y al mismo tiempo participen en las actividades con menores.

Los pequeños comprenden que Rayo es un equino que requiere mayor afecto, limpiezas constantes, raciones extra de zanahoria y una dedicación superior.

Andrea Pérez-Rosales

Psicóloga deportiva

Antes de abordar el tema de los caballos, dediquemos un instante a los perros. ¿Con cuántos convive en la actualidad?

Actualmente comparto mi vida con una perra llamada Mora, la cual ya cuenta con 16 años. Por mi hogar han pasado bastantes canes, aunque han ido cumpliendo años y falleciendo, como resulta natural. Mis progenitores han sufrido hace poco la pérdida de tres perras en un lapso de año y medio, aproximadamente, debido a que tenían edades parecidas. Si en una manada fallece un integrante, los demás lo perciben profundamente; se ponen tristes, alteran sus hábitos y disminuye su vitalidad. En ocasiones no se trata únicamente del estado físico, sino también del golpe anímico. Respecto a Mora, nos hallamos en una etapa de constantes atenciones para honrar su ancianidad.

Hablemos sobre sus equinos. ¿Sería posible que me relatara el origen de varios para comprender su procedencia? Iniciemos con Pepito.

Pepito es un ejemplar de salto para torneos “de toda la vida”. Ha destacado como un animal de gran nivel, poseyendo una trayectoria atlética extensa. Se une a mi cuidado a los 26 años, con dolencias físicas y habiendo superado su etapa competitiva. Posee una gran fortaleza y vitalidad, por lo que no conviene mantenerlo encerrado en un establo sin actividad alguna. Este aspecto resulta fundamental: si a un equino acostumbrado al ejercicio constante se le retira bruscamente el entrenamiento, su ánimo decae. No se trata únicamente de su estado muscular, sino también de su bienestar psicológico. Con Pepito realizamos una labor ligera pero continua: caminatas, tareas de poco esfuerzo y hábitos que consideran su longevidad y problemas de reuma. No padece un desgarro ligamentoso severo ni roturas óseas, aunque su organismo refleja el paso del tiempo. 

¿Hasta qué edad puede vivir un caballo bien cuidado?

Su longevidad puede alcanzar los 35 o 40 años. Es una cifra que suele impactar a bastantes personas, pero resulta verídica. El inconveniente es que, tras cumplir los 20, si se ignoran sus exigencias básicas, surgen diversos contratiempos: patologías digestivas, de articulaciones o incluso psicológicas. El caballo precisa de ejercicio constante, un reposo óptimo, nutrición correcta y un clima emocional sereno. Además, hay un aspecto fundamental que suele ignorarse: el caballo es incapaz de vomitar. Carece de dicho proceso biológico. Si padece una indigestión, únicamente existen dos salidas: o la materia fermenta en su interior amenazando su vida, o se debe actuar introduciendo una sonda nasal para evacuar el estómago. Por tal motivo, supervisar lo que ingiere no es algo secundario, sino un factor determinante para su subsistencia.

Usted cuenta además con Rayo, a quien describe como un ejemplo de depresión. ¿Qué fue lo que le pasó?

Actualmente, Rayo cuenta con 24 años de edad. Es conocido que por un periodo prolongado perteneció a “el caballo de una niña”, manteniendo una conexión estrecha con ella. No obstante, en cierto punto esa joven se aleja de su existencia. Se desconocen los motivos precisos: un traslado, dificultades financieras, desinterés… La realidad es que Rayo arriba sumido en lo que se definiría como una depresión profunda. A nivel corporal no presentaba heridas graves, aunque se mostraba desanimado. Un ejemplar que rechaza el alimento, que no gana peso, que permanece inmóvil y cuyo físico se debilita gradualmente, no se encuentra sano. Carece de energía para desplazarse pese a no tener fracturas. El problema radica en su estado anímico: melancolía, ruptura del lazo afectivo, ausencia de incentivos. La labor con Rayo se centra en la motivación: ofrecerle razones para activarse, socializar y convivir con otros equinos y seres humanos. En el presente colabora con menores bajo una normativa estricta: los pequeños comprenden que es un animal que requiere mayores caricias, aseo constante, premios y dedicación. Se trata de un equino que demanda un trato sutil.

Y luego está Rocky.

Rocky representa una de esas historias que, al detallarse mediante cifras, resultarían increíbles. Cuenta con 32 años. Lo rescaté bajo la convicción de que llegaba a mi hogar para fallecer dignamente, a decir verdad. Al conocerlo inicialmente, su condición física era pésima. Había pasado por encima de tres años careciendo de forraje, grano o pasto adecuado. Subsistía fundamentalmente a base de pan, pan y todavía más pan proporcionado por su propietario. Un equino no posee una naturaleza apta para ingerir pan como sustento base, ni para subsistir sin fibra vegetal.

El resultado resultó devastador: Rocky adquirió el hábito de ingerir sus propios excrementos. Representa una señal evidente de inanición severa y de un aparato digestivo por completo alterado. El consumo reiterado de desechos arruina la microbiota, genera cuadros diarreicos, inestabilidad y una desnutrición persistente. Al momento de su ingreso alcanzaba unos 300 kilos; actualmente se sitúa cerca de los 800. Ha recobrado su masa corporal, sus músculos y, primordialmente, el entusiasmo por la vida.

La mayor virtud de Rocky reside en que, pese a lo que se esperaba, su mayor vitalidad surge al interactuar con infantes. Disfruta enormemente cuando un pequeño lo monta y le solicita tareas simples. A su lado se percibe cómo la conexión y el ejercicio correcto le han restituido cierta lozanía anímica. Se encuentra robusto, vigoroso y alegre. Resulta llamativo que otros ejemplares de menor edad, tales como Rayo, en ocasiones se muestren más agotados.

Andrea Pérez-Rosales
Andrea Pérez-RosalesCedida

Asimismo, me comentaba sobre Chocolate, un ejemplar perjudicado por un trato deficiente. ¿Qué ocurrió en ese caso?

Chocolate cuenta con 16 años, aunque yo suelo comentar que posee “16 años muy malos”. Su dueño lo adquirió con escasos conocimientos y acudió a un comercio solicitando “un bocado” con el fin de cabalgar. Ninguna persona le aclaró la distinción entre una embocadura simple y un bocado de palanca que incrementa la fuerza sobre la mandíbula del ejemplar. Le proporcionaron uno de esos modelos que detienen bruscamente y causan malestar. El equino, como era de esperar, no se desplazaba con entusiasmo: sentía dolor bucal y caminaba rígido. Debido a “no corría”, el poseedor comenzó a emplear la fusta desde atrás para obligarlo a caminar.

Si sufres molestias bucales mientras te obligan a correr a golpes, tu organismo se contrae totalmente. Tal situación afectó a Chocolate: desarrolló sus músculos de forma incorrecta, con el lomo arqueado hacia abajo, aparentando estar quebrado al medio. Alcanzó un estado donde el sufrimiento físico casi le impedía desplazarse. Al recibirlo, no se trataba de un ejemplar de edad avanzada, sino de un animal entrenado de manera deficiente. Nos ha tocado deshacer esa coraza de rigidez gradualmente mediante desplazamientos ligeros, labores de seguridad y rutinas que restauran un tejido muscular saludable. Posee gran fortaleza y aptitud para realizar galopes intensos, no obstante, si carece del entrenamiento correcto, se “consume” nuevamente; su estructura física colapsa.

El equino actúa como un reflejo y un dinamizador en ese desarrollo. No evalúa a los menores ni los clasifica. Responde

Andrea Pérez-Rosales

Psicóloga deportiva

Hábleme de Jungla, la yegua con problemas de tiroides.

Jungla es una yegua de 16 años que se incorporó debido a “no funcionaba”. Es un escenario que ocurre a menudo: “no funciona”, “no rinde”, “no se porta bien”. En el fondo, su dolencia radicaba en un trastorno de tiroides. Hay jornadas donde se percibe animada, con vitalidad y disposición para el ejercicio, frente a otras donde se nota visiblemente desganada, indispuesta y débil. Al asimilar esto, dejas de definir al ejemplar como “vago” o “problemático” y comienzas a amoldar las tareas a su bienestar. En los días óptimos, se realizan rutinas estándar; en los complicados, se actúa con consideración: menor presión, mayor reposo y vigilancia constante. Junto a ella se descubre, y se inculca a la vez a los menores, que cada día es distinto y que considerar la situación del prójimo es vital.

Además se encuentra Sueño, quien no proviene de una salvación impactante, aunque desempeña una función fundamental en su propiedad.

Sueño representa una situación bastante diferente. No se trata de un ejemplar salvado de un contexto crítico, sino de un animal que pertenecía a un colega y que llegó a mis instalaciones en calidad de préstamo. Mis estudiantes quedaron cautivadas por él, de forma literal. Alcanzamos un momento en el que resultaba imposible alejarlas de Sueño, pues el lazo afectivo era sumamente fuerte. Finalmente, fue necesario adquirirlo. Cuenta con cerca de 23 años y es un ejemplar extraordinario. Al describirlo como asombroso no me refiero a su apariencia, sino a su nobleza. Se entrega por completo. Al montarlo, él muestra deseos de trotar, galopar y realizar saltos. No vacila, se brinda voluntariamente y se desplaza con ímpetu. Tal disposición atrae enormemente a los pequeños, ya que perciben que el equino contesta a su vitalidad con gran fervor.

Usted recalca constantemente que el perro es un cazador y el caballo es un animal de presa. ¿De qué manera influye esta distinción en el modo de interactuar con ambos?

Todo se transforma por completo. El perro representa un cazador que, mediante el proceso de domesticación y la vida compartida, se acostumbró a residir junto a las personas. Su impulso cinegético permanece presente, aunque se encuentra redirigido. El caballo constituye un animal herbívoro, una criatura de presa. Dentro del entorno natural resulta perseguido por carnívoros de gran tamaño, y el humano ha figurado entre estos atacantes por centurias. El caballo se halla diseñado biológicamente para escapar, mantenerse alerta y percibir cualquier amenaza.

Los seres humanos también funcionamos como depredadores. Nuestra estructura física, gestos y visión pueden proyectar una sensación de peligro involuntariamente. Por tal motivo, al tratar con un caballo es fundamental proveerle sus requerimientos naturales básicos: espacio para desplazarse, contacto social con su especie, acceso a pasto y agua pura. Una vez garantizado esto, el intercambio comunicativo se establece partiendo de la libertad.

Hablemos ahora de su desempeño como psicóloga deportiva. ¿De qué forma transcurren los encuentros con los niños y los caballos?

La esencia de esta labor es el descubrimiento personal. Al tratar con un caballo que se inquieta con rapidez, el menor no debe distraerse con sus propios asuntos; requiere permanecer muy concentrado en lo que ocurre cerca. Así logra estar en el ahora, interpretar el contexto y adelantarse a los sucesos. Si interactúa con un ejemplar sumamente sosegado, el niño puede advertir que él mismo se muestra demasiado apático, relajado o falto de empuje, y que requiere activarse para lograr una respuesta del animal. El caballo es sincero: reacciona según lo que percibe de ti.

Durante las jornadas, cabalgar representa únicamente una fracción. Existen menores que acuden, practican un tiempo, después bañan al equino, asean sus pezuñas y lo conducen al prado. En distintas situaciones, tras la fase de equitación continuamos la labor caminando, escoltando al animal y conversando sobre asuntos que, en apariencia, son ajenos a la actividad física, aunque están vinculados a su existencia: la escuela, las amistades, el hogar, los temores. Procuro concluir cada proceso sin estar pendiente de la hora.

Andrea Pérez-Rosales
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¿Cuáles evoluciones significativas ha observado durante este periodo debido a la labor desempeñada con caballos?

Es factible agruparlo en tres ejes fundamentales. En primer lugar, una maduración individual clarísima: infantes que evolucionan desde un autoconcepto muy lastimado hasta descubrir su esencia y mérito, por encima de calificaciones, likes o estética. Seguidamente, la adquisición de virtudes interpersonales: respeto, empatía, deber y la protección de otros seres vivos. Y para terminar, un punto que juzgo esencial: captar lo intangible. Admitir que el vivir no se limita a lo que se observa o se palpa. También abarca afectos, percepciones y flujos energéticos que se notan y se administran.

¿Podría proporcionar alguna muestra de esa discrepancia entre la percepción colectiva y la perspectiva del caballo?

Resulta habitual observar a una joven que, dentro del contexto social de hoy, posee cada elemento necesario para “ganar”: de gran belleza, mirada azulada, cabello rubio, poseedora de un equino reciente costeado por sus progenitores y vestida con calzado reluciente… Tanto en la escuela como en las plataformas digitales logra triunfar. Al montar al animal, este se detiene, no reacciona y se paraliza. En ese instante surge un factor que ni la riqueza ni la apariencia logran adquirir.

Paralelamente, arriba una pequeña que en su contexto social sería blanco de burlas: despeinada, introvertida, incapaz de dar los buenos días, con la vista protegida por su gorra. Al montar, el caballo, literalmente, danza con ella. Se desplaza de forma ágil, fluida y en sintonía. El resto de los menores la contemplan y se interrogan: “¿Qué hace? ¿Qué tiene?”. Es entonces cuando el caballo nos empuja a observar la autenticidad interna y no únicamente el exterior. El animal muestra certezas que a las personas se nos pasan por alto o evitamos reconocer.

A lo largo de esta relación, ¿cuál es el rol preciso de los caballos: se consideran terapeutas, funcionan como herramientas o actúan como compañeros?

Considero a los equinos como aliados y, simultáneamente, mentores de cuatro patas. No reemplazan la labor psicológica; la potencian. Mi tarea es guiar, no dar instrucciones. Como psicóloga deportiva, mi objetivo no es dictar qué hacer, sino facilitar que cada uno lo descubra. El animal funciona como un reflejo y un catalizador en este camino. No emite juicios ni pone etiquetas. Responde. Y en esa respuesta se encuentra una gran cantidad de conocimiento.

Desde mi perspectiva, los caballos representan aliados y, simultáneamente, mentores con cuatro patas.

Andrea Pérez-Rosales

Psicóloga deportiva

Al analizar la cinematografía y las cintas de equinos, ¿qué elemento piensa que se ha deformado en mayor medida?

Diversos elementos. Por ejemplo, la clásica secuencia de las películas de vaqueros: el equino se empina sobre sus extremidades traseras, emite un relincho potente y simultáneamente intenta protegerse. Verdaderamente, si un caballo relincha está buscando comunicarse con alguien: con un compañero, con su grupo o con la persona con la que posee un vínculo. Se trata de un aviso, no de un alarido de pánico. Y al alzarse sobre sus patas traseras, lo realiza como una maniobra defensiva. Un mito adicional consiste en el ruido emitido durante situaciones de dolor. Un ejemplar que está por fallecer, o que recibe un impacto violento, habitualmente permanece en silencio. No emite quejidos ni gritos. Se percibe a través del aliento, en su expresión ocular y en rasgos sutiles, pero nunca mediante un estruendo vocal. Asimismo, se emplean excesivamente representaciones de estos animales con el cuello erguido y las fauces abiertas. Tal postura, frecuentemente, refleja un estado de estrés y falta de estabilidad.

En esta conexión entre equinos y seres humanos, ¿cuáles considera usted los cinco términos fundamentales que logran definirla?

Mencionaría: autonomía, entendimiento, consideración, estima y cercanía. Si estos cinco elementos existen, lo demás se edifica. Un caballo que se percibe libre, comprendido, valorado, admirado y apoyado, reacciona. Y al reaccionar así, el vínculo creado con un niño sobre su lomo puede resultar en una experiencia que transforme la existencia de ese pequeño.

Después de todo lo que ha visto, ¿qué le sigue sorprendiendo de los caballos?

Su facultad para mostrar nuestra esencia sin emplear término alguno. Continúa asombrándome el modo en que un equino de 32 años, tras sufrir carencias y desamparo, logra revivir llevando a una pequeña de 8 años sobre su lomo y desplazándose como si fuera una década más joven. Y todavía me maravilla que, en una sociedad llena de filtros, likes y fachadas, un ser incapaz de vomitar o de simular, ajeno a marcas o posiciones sociales, resulte ser el reflejo más sincero que jamás haya visto. Los caballos ignoran tu currículum o tu Instagram. Perciben tu verdadera identidad.

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