“En la cabalgata de Reyes, cafeterías o fiestas, los perros son forzados a estar donde su instinto les pide huir”: cuando el ‘pet friendly’ ignora al animal
Humanización
Especialistas en etología y bienestar animal analizan si realmente estamos integrando a los perros en nuestro día a día o, por el contrario, los exponemos a experiencias incómodas que no respetan sus necesidades

Humanización en perros: ¿Amor o egoísmo?

En los últimos años ha proliferado una tendencia que celebra la presencia del perro en todos los ámbitos de la vida urbana: cafeterías donde “piden” su propio café o cóctel mientras les toman fotografías disfrazados. Centros comerciales que presumen de ser pet-friendly e incluso ferias y eventos de raza supuestamente diseñados para su disfrute. Este fenómeno, impulsado por el afecto, abre un debate central: ¿Hasta qué punto estamos confundiendo convivencia respetuosa con la proyección de necesidades humanas?
En esa misma lógica existen espacios y experiencias donde la humanización del perro o el animal se presenta como sinónimo de bienestar, cuando en realidad responde a dinámicas de ocio y consumo humanas. Cafeterías temáticas donde se “sirve” café o cócteles a los perros para fotografiarlos bebiendo de tazas, locales que fomentan posados constantes para redes sociales, o sesiones de yoga con perros pequeños o incluso con cabras. Pero también brunchs con música elevada, fiestas de cumpleaños para perros con decoración, velas y sesiones de fotos, o eventos donde se les disfraza y se les mantiene inmóviles durante largos periodos son ejemplos cada vez más normalizados. En estos casos, el perro no participa por elección ni porque la experiencia esté adaptada a sus necesidades, sino porque forma parte del plan humano.
Si los tratamos como humanos, corremos el riesgo de ignorar necesidades únicas e importantes para ese individuo
La antrozoologa y etóloga Paula Calvo distingue entre espacios pet-friendly auténticos y espacios meramente “pet accepted”. En los primeros, se contemplan las necesidades sensoriales y emocionales del perro; en los segundos, se los admite, pero el entorno está pensado para humanos y no son realmente amigables para el perro. Centros comerciales con ruidos intensos, suelos resbaladizos y alta densidad sensorial ejemplifican lo que Calvo denomina antropomorfismo negativo: asumir que, porque a nosotros nos resulta agradable o conveniente, también lo es para ellos. Y esta postura está ligada al utilitarismo, el animal se adapta a nuestro plan, no nosotros a sus necesidades.
Además en estos espacios entra el conflicto del consentimiento animal, los perros se ven obligados a interactuar o permanecer cerca de extraños, otros perros o estímulos constantes, sin poder retirarse si se sienten incómodos. La falta de vías de escape y la sobreestimulación pueden generar estrés, ansiedad o conductas problemáticas, incluso en perros socializados. La intención humana es el disfrute, pero la vivencia del perro, es otra, por ello la clave no está en: “mi perro va conmigo a todos sitios porque puede” sino en evaluar sus necesidades y su consentimiento.
La Bióloga especializada en Etología y Bienestar animal, Verónica Ventura, advierte que experiencias que en la mente del tutor son positivas, o simplemente lo hace porque lo vio en las redes y le pareció una idea genial replicarlo, para el perro son una “aversión absoluta”, pueden convertirse en “el infierno en la tierra” y así terminar afectando y sensibilizando al animal.

En las redes sociales, los animales aparecen en situaciones cada vez más preocupantes. Se viralizan imágenes de perros, gatos y otras especies vestidos con ropa humana o adoptando posturas propias de personas, como sentarse a la mesa o incluso usar tacones y medias de red, productos que se venden abiertamente en una de las mayores plataformas de comercio electrónico del mundo. En muchos casos, estos animales muestran señales claras de miedo o incomodidad, intentando pedir espacio, pero las personas graban estos momentos entre risas. Los videos acumulan millones de “likes”, contribuyendo a normalizar conductas que generan estrés y malestar en los animales.
A esto se le suma la reciente escandalosa escena viral del estreno de Zootopia 2 en China —con perros disfrazados, cargados en brazos como muñecos y sentados en las butacas del cine— evidencia un fenómeno que va más allá de la simple “humanización en exceso”. Se trata de un caso claro de antropocentrismo, donde el deseo humano y el egoísmo, tal como subrayó Calvo, priman sobre las necesidades y el bienestar del animal. En este contexto, el perro deja de ser un individuo con agencia para convertirse en un objeto funcional, una forma explícita de cosificación.
Incluirlos en nuestros rituales es beneficioso para el vínculo y afianza el concepto de familia multiespecie
En definitiva, ser realmente pet friendly implica respetar las necesidades, el bienestar y el consentimiento del animal, y no solo adaptarlos a nuestros gustos o planes. La exposición de perros y otros animales a situaciones de estrés o cosificación, tanto en espacios públicos como en redes sociales, evidencia la importancia de observar sus señales y priorizar su experiencia sobre nuestro entretenimiento. Como ha señalado la filósofa Lori Gruen, ser visto como algo distinto a lo que uno es, o ser objeto de risa, le roba a uno la dignidad; esta reflexión nos recuerda que los animales también merecen ser tratados con respeto y consideración, reconociendo su agencia y su valor intrínseco. Solo así podemos construir interacciones auténticamente positivas, donde en este caso el animal de compañía deje de ser un objeto para convertirse en un miembro respetado y valorado de la familia.
¿Hacerlos parte de nuestros rituales tiene su aspecto negativo?
Calvo ofrece una mirada matizada. Estos rituales, donde las personas compran un regalo, calendarios de adviento o un pastel, no comprometen el bienestar del animal; al contrario, suelen fortalecer el vínculo y permiten una interacción positiva al compartir momentos cargados de significado para nosotros, y son una experiencia gratificante para el perro. El perro quizá no sabe que es Navidad o su cumpleaños, pero ese día es parte de nuestro ritual y recibe un regalo especial. Esto hace que se afiance su posición como miembro de la familia.
Sin embargo, no todos los rituales humanos resultan beneficiosos. Fiestas como Halloween, la noche de San Juan o celebraciones populares incluyen a menudo a los perros sin evaluar su bienestar ni su consentimiento. Petardos, ruidos fuertes, multitudes, disfraces y corridas provocan que muchos animales se muestran claramente estresados y asustados. Situaciones similares ocurren en las cabalgatas de Reyes, niños corriendo y caramelos lanzados, donde los perros son cargados en brazos entre aglomeraciones, cuando su reacción natural sería huir. En estos casos, la intención humana prima sobre la experiencia del animal, ignorando sus señales de estrés y limitando su capacidad de decisión.
En conclusión, incluir a los perros en nuestros rituales puede ser una oportunidad para fortalecer el vínculo y generar experiencias positivas, siempre que se respeten sus necesidades y se tenga en cuenta su bienestar. Sin embargo, cuando la intención humana eclipsa la experiencia del animal, como ocurre en celebraciones ruidosas o masivas, los perros se ven sometidos a situaciones estresantes que pueden afectar su seguridad física y su salud emocional.
Antropomorfismo vs antropocentrismo
Humanización y antropomorfismo son prácticamente sinónimos, aunque su significado real no siempre se comprende. Ventura aporta claridad: muchas personas consideran el antropomorfismo un término negativo, pero, tal como explica, “antropomorfismo no quiere decir tratar a los animales como si fueran humanos, sino que, por definición, significa atribuir a otros animales características humanas, como por ejemplo las emociones”.
Calvo señala que el verdadero riesgo radica en el antropocentrismo, una doctrinafilosófica que coloca al ser humano y sus intereses en el centro del universo. Bajo esta mirada, el resto de los seres vivos queda subordinado a las necesidades y deseos humanos, lo que, según Calvo, constituye una forma de egoísmo que impacta directamente en el bienestar animal. En la misma línea, Ventura advierte: “Es un error tratar a los demás animales como si fueran humanos. No porque sean menos, sino porque, al pertenecer a otra especie con su propia historia evolutiva, poseen características y requerimientos diferentes”.
Muchas personas van al centro comercial con su perro y lo toman como paseo del día y en eso no hay calidad
En una entrevista para, The New York Times (2024) James Serpell, profesor emérito de ética y bienestar animal en la Universidad de Pensilvania, lo resume así: “El problema es que los perros y los gatos no son niños y los dueños se han vuelto cada vez más protectores y restrictivos. Por ende, los animales no son capaces de expresar su propia naturaleza”. Serpell sintetiza en pocas palabras la paradoja del perro moderno: “Los dueños no quieren que los perros se comporten como perros”.
El antropomorfismo puede generar problemas cuando tratamos al perro como si fuera una persona y le impedimos comportarse de forma natural. Por ejemplo, no dejarlo olfatear orina o heces porque a la persona le da asco, o regañarlo por gruñir porque se cree que es “maleducado”. Estos son casos en los que nuestras ideas humanas interfieren con sus necesidades reales. Sin embargo, el antropomorfismo también tiene un lado positivo: puedem ayudarnos a ser más empáticos con sus emociones, a reconocer su valor afectivo dentro de la familia e incluso a dirigirles palabras cariñosas que fortalecen el vínculo. En definitiva, el antropomorfismo es una herramienta válida y necesaria para acercarnos emocionalmente a los animales. Esa conexión aumenta nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de cuidado y nuestro compromiso con su bienestar, tal y como explica Calvo. Pero, como toda herramienta, requiere límites y discernimiento.

En cambio, el antropocentrismo sí supone un riesgo directo para el animal, porque al objetualizarlo lo limitamos: le quitamos agencia, restringimos su expresión natural y deterioramos o incluso anulamos su calidad de vida. En ese punto, la relación deja de ser un vínculo y se convierte en una estructura profundamente desigual. Para ambas especialistas, esta problemática solo puede abordarse mediante información rigurosa y educación en las familias multiespecie. Cuidar a los animales implica comprenderlos, y para ello es fundamental aprender sobre su lenguaje, sus necesidades y su mundo interno.
La individualidad en el bienestar
Ventura enfatiza que “es difícil generalizar el bienestar” para comprender verdaderamente a un perro es necesario ver qué necesita y cómo podemos ofrecerle esas condiciones de forma adecuada. El bienestar no es lineal ni uniforme, es profundamente individual y contextual. Esta mirada está en sintonía con lo que advierte James Serpell (2019), quien en un estudio de la universidad de Cambridge señala que los sesgos subjetivos en la percepción de la calidad de vida de un animal —especialmente de los animales de compañía— pueden distorsionar nuestra interpretación.
En otras palabras, aunque un perro manifieste dolor o malestar, nuestra lectura puede estar teñida por expectativas, proyecciones o desconocimiento, dificultando reconocer si realmente está bien. Según la mirada de Verónica garantizar el bienestar de un perro implica comprenderlo desde su propio mundo, su umwelt—su mundo sensorial, cognitivo y emocional—, y respetar sus necesidades físicas, cognitivas y emocionales.
Estas se dividen en necesidades naturales, comportamientos propios de la especie como olfatear, explorar, correr, cavar y controlar su espacio; y necesidades generales, que incluyen alimentación adecuada, descanso, salud integral, seguridad y socialización positiva. Cubrir ambas es fundamental: las necesidades generales aseguran salud y equilibrio, mientras que las naturales permiten que el perro exprese plenamente su naturaleza y perciba su entorno de manera significativa.
Un perro con bienestar integral puede moverse libremente, interactuar, tomar decisiones sobre su entorno y vivir experiencias enriquecedoras, desarrollándose física, emocional y cognitivamente. La ciencia nos recuerda que es necesario integrar lo humano y lo animal sin que una dimensión anule a la otra; observarlos con objetividad, reconocer quiénes son y qué requieren, y acompañarlos sin imponer, convivir sin desnaturalizar.

