Testimonios

Inma Alonso, casa de acogida de urgencias: “Me dijeron que el animal que entra por mi puerta ya está muerto; mi tarea es intentar que viva”

Testimonio

Junto a su madre, Carmen Morera, ha acogido a unos 300 perros y gatos en cinco años: camadas de lactantes, enfermos y casos urgentes que no resistirían una protectora

Inma Alonso

Inma Alonso

Cedida

En casa de Inma Alonso, nunca se sabe cuántas patas habrá al final de la semana, pero sí se sabe algo seguro: siempre habrá sitio para una más. Convive con su madre, su marido y su hija a punto de independizarse, los animales llegan a veces de madrugada, envueltos en mantas, dentro de transportines o incluso en cajas improvisadas. Algunos se quedan unas horas; otros, semanas o meses. Muchos son demasiado pequeños, demasiado enfermos o demasiado frágiles para soportar la vida en una protectora. Para ellos, esta casa en las afueras de Granollers no es solo un techo: es el corazón y la empatía de dos mujeres que se niegan a mirar hacia otro lado.

Inma tiene 48 años y trabaja en una tienda, pero su verdadera jornada empieza cuando cruza la puerta de casa y se pone el “uniforme” de cuidadora a tiempo completo. Desde hace cinco años, forma equipo con su madre, Carmen Morera, como casa de acogida de urgencias para la Protectora de Granollers. Entre las dos calculan que por su casa han pasado ya unos 300 perros y gatos: camadas de lactantes que piden biberón cada dos o tres horas, mamás embarazadas a punto de parir, animales ancianos, cachorros con patologías graves, gatitos prematuros, enfermos o maltratados que apenas recuerdan cómo confiar en las personas.

¿Cómo empieza todo esto?

Mi vida profesional no tiene nada que ver con lo que hago en mi tiempo libre, que es cuidar animales para la protectora. Empezamos hace cinco años, en plena pandemia. En abril de ese año murieron dos de mis perritas más viejitas, una con 13 años y otra con 14, con solo diez días de diferencia. Una estaba enferma y sabíamos que se iba a ir, pero de la otra no lo esperábamos. Fue un palo enorme. La casa se quedó con un vacío inmenso. En medio de ese duelo empecé a sentir la necesidad de hacer algo, de ayudar.

Inma Alonso junto a su madre Carmen Morera. 
Inma Alonso junto a su madre Carmen Morera. Cedida

¿Y qué hizo?

Veía por Instagram que se necesitaban casas de acogida y me animé a escribir a la Protectora de Granollers. Les mandé un mensaje sin tener ni idea de lo que implicaba ser casa de acogida. Me ofrecí para acoger cachorros. Al día siguiente me llamaron, me explicaron que ellos se hacían cargo de todos los gastos veterinarios y de mantenimiento, y que nosotros poníamos el techo y los cuidados. Desde esa llamada no hemos parado. 

¿Con cuántos animales convivís ahora mismo?

En casa, de la protectora, tenemos ahora seis animales. Además, una perrita epiléptica que rescaté por mi cuenta hace años. Y dos gatitos en acogida que esta semana ya se van adoptados. Los hemos podido sociabilizar y ahora tienen aproximadamente dos meses y medio. Afortunadamente, a estas alturas del año ya hemos pasado el boom de camadas de verano.

¿Qué significa exactamente ser casa de acogida de urgencias?

Que puede llegar una llamada a las once de la noche avisando de que han encontrado un perro o un gato tirado en cualquier parte, que el refugio está cerrado y que no hay tiempo ni opción de buscar otra casa de acogida. Nosotros recibimos a ese animal y lo tenemos en casa hasta que se encuentra otra acogida más estable. A veces es solo una noche; otras, dos o tres. Cuantos más días se queda, más difícil es despegarte de él. Pero nuestra función es hacer de puente: cubrir esas primeras horas en que no hay otra opción y hacer una primera valoración.

Con gatos adultos no solemos trabajar, me dan mucho respeto y además vivo al lado de una carretera y aunque el patio está vallado para perros, un gato podría escapar fácilmente

Inma Alonso

Casa de acogida de urgencias

Cuando hablas en plural, ¿a quién te refieres?

Sobre todo mi madre y yo, que somos las que estamos al pie del cañón. Si tengo que coger el coche de madrugada porque hay que llevar a un animal al veterinario, muchas veces me acompaña mi marido. Mi hija, por trabajo, no está tanto en casa, pero cuando coincide y necesito ayuda para medicar, también se implica. Aun así, las que llevamos la carga principal somos mi madre y yo: somos las que estamos en este “berenjenal”.

¿Qué tipo de animales acogéis normalmente?

Empezamos acogiendo solo cachorros de perro por un tema logístico: es más fácil la convivencia con un cachorro que con un adulto, sobre todo porque mis perros son territoriales. Aceptan mejor a un cachorro que a un perro adulto, con el que podría haber conflictos. Siempre respetamos cuarentenas y no mezclamos hasta que es seguro, pero aun así, con adultos hay más riesgo de rifirrafes. Con el tiempo también hemos acogido “abuelitos”, perros muy mayores, y mamás embarazadas que necesitaban un lugar tranquilo para parir.

Los gatos llegaron un poco de rebote. Yo nunca había tenido uno y no entendía su lenguaje como el del perro, me daban respeto. Empezar a acoger gatitos me ha servido de terapia: les he perdido el miedo. Hoy en día les doy el biberón, los estimulo, los medico, los sondamos si hace falta… hacemos todo lo necesario.

¿Tenéis una idea de cuántos animales han pasado por vuestra casa en estos cinco años?

Calculo que unos 300 entre perros y gatos. Es una barbaridad si lo piensas. Al principio, cuando todavía no éramos casa de urgencias, los teníamos hasta el final, hasta que cumplían unos dos meses y se podían dar en adopción. Después el ritmo cambió: cuando hay camadas de lactantes, en una semana pueden pasar varias por casa. Nosotras no nos las quedamos todas hasta la adopción; muchas las derivamos a otras casas de acogida cuando ya están algo más fuertes para poder seguir siendo casa de urgencia y poder descansar. He llegado a juntarme con nueve lactantes a la vez: cinco con tres días de vida y cuatro de una semana. Eso significa no dormir nada y, aun así, al día siguiente ir a trabajar.

¿También acogéis adultos en momentos de emergencia?

Con gatos adultos no solemos trabajar, me dan mucho respeto y además vivo al lado de una carretera y aunque el patio está vallado para perros, un gato podría escapar fácilmente. Con perros adultos sí, sobre todo si están enfermos o si no son muy grandes. Se nos da bastante bien ayudar a los que tienen miedo.

También creo que cada casa de acogida tiene sus virtudes. Hay quien se maneja muy bien con perros reactivos, quien es especialista en lactantes, quien es ideal para la transición de biberón a latita y pienso... Cada casa puede elegir qué tipo de animal puede atender mejor. No hace falta que todo el mundo haga lo más complicado.

Inma Alonso con unos cachorros. 
Inma Alonso con unos cachorros. Cedida

¿Cómo es el día a día en vuestra casa?

La primera responsabilidad es velar por el bienestar del animal. En nuestro caso, con tantos lactantes y cachorros pequeños, el día empieza muy pronto… si es que has dormido. Por la mañana toca alimentar, limpiar, cambiar mantas, desinfectar, medicar si es necesario, observar cómo están. Luego yo me voy a trabajar y es mi madre la que se queda supervisando.

Como trabajo en jornada partida, estoy por la mañana, al mediodía y por la noche. Cuando entro, después de cuatro o cinco horas fuera, enseguida detecto si hay algún pequeño cambio en un animal: cuando estás acostumbrada a verlos todo el tiempo, una mirada, una postura distinta o una falta de apetito te dan muchas pistas. Con lactantes, las noches son especialmente duras. Vivimos a base de café y té matcha, porque si no, no podríamos.

¿Cómo has aprendido todo lo que sabes ahora?

En parte, por las malas. Recuerdo que hace muchos años abandonaron unos cachorros en un saco en un polígono industrial. Estaban resfriados, no sabíamos cómo cuidarlos, cómo darles el biberón ni que había que estimularlos. Solo sobrevivió uno. Ahí aprendimos mucho. Mi primera acogida fue la de unos cachorros de dos meses y medio y resultó ser bastante fácil, y la tercera fue la de unos cachorros recién nacidos y resultó que toda la camada tenía megaesófago. Dos estuvieron a punto de morir y precisamente fueron los dos que acabamos adoptando. Incluso tuvimos que buscar una especie de “trona” para que comieran sentados.

También he ido aprendiendo gracias a la veterinaria de la protectora: pregunto todo lo que no sé, me explica procedimientos y, poco a poco, me atrevo con más cosas. Por ejemplo, he empezado a sondar hace apenas un año. Ella me enseñó cómo hacerlo. Pero siempre insisto en lo mismo: no hace falta llegar a ese nivel para ser útil. Mi consejo a las casas de acogida nuevas es que no empiecen por lo más difícil.

He llorado muchísimo. Recuerdo especialmente el año 2021, con un brote de panleucopenia durísimo. Teníamos diez gatitos y solo sobrevivió uno

Inma Alonso

Casa de acogida de urgencias

¿Qué ocurre a nivel emocional cuando acoges? ¿Cómo se gestiona el vínculo?

La parte emocional es enorme. Mucha gente, cuando sabe que eres casa de acogida, te dice: “Yo no podría, me los quedaría todos”. Y en parte es verdad: cuando un animal entra por la puerta, es como si fuera tuyo. Haces todo lo que esté en tu mano: vas al veterinario a la hora que haga falta, pasas noches sin dormir, sacrificas tu tiempo libre. Pero debes tener muy claro que es una acogida, que ese animal está de paso. Y eso no significa quererlo menos, al contrario: tienes que quererlo lo suficiente como para darlo todo por él y, a la vez, dejarlo ir cuando llega su familia. Cuando se van adoptados, la sensación es una mezcla de melancolía y vacío, pero también de éxito.

¿Y cuando no lo conseguís? ¿Cómo afrontas el fallecimiento?

He llorado muchísimo. Recuerdo especialmente el año 2021, con un brote de panleucopenia durísimo. Teníamos diez gatitos y solo sobrevivió uno. Estábamos tan rotas mi madre y yo que me planteé dejar de ser casa de acogida. La protectora me dijo algo que se me quedó grabado: “Ese animal que entra por tu puerta ya está muerto; ahora vamos a intentar que viva”. Es una manera dura de verlo, pero realista. No siempre lo vamos a conseguir, pero cuando lo logramos, todo el esfuerzo vale la pena. A veces también se trata de que tengan una muerte digna.

¿Hay algún caso que te haya marcado de forma especial?

Muchísimos, pero siempre nombro a Thelma. Era una perrita que llegó con su hermana y que se iba a ir adoptada con ella. Nos dimos cuenta de que hacía caca por la vagina. No tenía ano. La primera recomendación veterinaria fue la eutanasia, pero la Protectora de Granollers se negó. Se la operó tantas veces como fue necesario. Mientras estuvo en casa, pasó por cuatro operaciones. Después fue adoptada, pero la persona que la adoptó no la cuidó bien y la devolvió al refugio. Y menos mal, porque hubo que operarla dos o tres veces más y hoy vive con una familia maravillosa. He conocido a su familia, la he visitado, tengo fotos con ella. Es una perra buenísima, cariñosa, con unas ganas de vivir impresionantes.

Otro caso muy especial es Chulín, uno de mis perros adoptados. Llegó con nueve años, venía de un maltrato terrible, medio calvo, mordía a todo el mundo y nadie lo quería. Lo trabajó la protectora y poco a poco empezó a aceptar al ser humano. Cuando llegó a mi casa estuvimos un mes haciendo adaptación con mis perros. Era un abuelete que marcaba por todas partes, pensaba que me pasaría el día con la fregona detrás, pero al final se reguló, se castró, dejó de marcar. Hoy toma medicación para la tensión, como un abuelo, pero es muy feliz.

Además de todo esto, convives con fibromialgia. ¿Cómo influyen los animales en tu día a día con la enfermedad?

Me diagnosticaron fibromialgia en 2024, aunque yo ya sabía desde hacía tiempo que algo no iba bien. Tenía dolores constantes, me encontraba agotada. Cuando te dan un diagnóstico así, tienes dos opciones: sentarte en un rincón a llorar o decir “tiramos para adelante con lo que hay”. Yo he elegido lo segundo. Hay días muy difíciles, sobre todo al levantarse, cuando has pasado la noche sin dormir porque te duele todo. Entiendo que mucha gente caiga en depresión. Pero yo no me lo puedo permitir: si yo no me levanto, mis animales no salen a hacer pis, no toman sus medicaciones, los lactantes no reciben el biberón. Dependen de mí. En parte, ellos me levantan de la cama. Tengo muy claro que no puedo hacer la vida que hacía antes. Mi flotador es el humor. Además, sé que la fibromialgia “solo” es dolor; no me va a matar.

¿Cómo te ves dentro de cinco o diez años?

Igual. Seguiré siendo casa de acogida mientras mi madre pueda y quiera. El día que ella diga “basta”, bajaremos el ritmo o cambiaremos el tipo de acogidas. Quizá entonces nos centremos en animales en recuperación de operaciones, que solo necesiten estar tranquilos y medicados. Yo siempre digo que, cuando esté jubilada, haré lo que me dé la gana en cuanto a acogidas [ríe].

¿Qué puede ofrecer una casa de acogida que no puede ofrecer la protectora?

Muchísimas cosas. Primero, espacio: las protectoras están masificadas y el espacio físico es limitado. Gracias a las casas de acogida se pueden atender más animales. Segundo, atención individualizada. Un gatito lactante no puede quedarse solo desde mediodía hasta la mañana siguiente. Un animal muy enfermo necesita que estén por él. Muchas veces evitamos ingresos veterinarios que colapsan las clínicas. Y, además, en una casa el animal recibe cariño, palabras, presencia humana. 

Me diagnosticaron fibromialgia en 2024, aunque yo ya sabía desde hacía tiempo que algo no iba bien. Tenía dolores constantes, me encontraba agotada

Inma Alonso

Casa de acogida de urgencias

¿Ser casa de acogida es la única manera de ayudar a una protectora?

No, para nada. Hay mil formas de hacer voluntariado. Puedes apadrinar un animal, hacer manualidades y venderlas a beneficio de la protectora, difundir casos en redes, ir los fines de semana a pasear perros. Quizá tú solo puedes ir un sábado una hora; para ese perro que no ha salido en toda la semana, esa hora es lo mejor que le ha pasado en días. Si eres electricista, fontanero o tienes un oficio, también puedes ir a echar una mano cuando se estropea algo. Siempre digo que quien quiere ayudar, puede.

Fotografía de Inma Alonso. 
Fotografía de Inma Alonso. Cedida

¿Qué requisitos debería reunir alguien que quiera ser casa de acogida?

Lo primero es acercarse a la protectora más próxima, porque vas a tener que ir y venir muchas veces: veterinario, traslados, urgencias. Es importante tener vehículo propio. También es indispensable disponer de una habitación para los animales recién llegados, porque muchas veces no sabemos de dónde vienen, qué llevan encima, si están vacunados o no. Y luego, tiempo, ganas y dedicación. Hay personas que trabajan muchísimo y no podrían sostener acogidas largas, pero quizás tienen tres semanas de vacaciones: también pueden ser casa de acogida solo en ese periodo. 

¿Qué le dirías a alguien que se lo está planteando?

Que no lo dude y lo pruebe, pero empezando por algo sencillo, con un animal que no sea complicado, para que la experiencia sea positiva. Que se informe bien de lo que implica. Yo, por ejemplo, pensaba que tenía que correr con todos los gastos del animal, y cuando supe que la protectora lo cubría todo (mantas, cama, transportín, medicamentos, latas), me sorprendí.

A mí me dijeron una vez que las casas de acogida son oro, y ahora lo entiendo perfectamente. Hay muy pocas y son muy necesarias. Si yo hubiera sabido todo esto antes, habría empezado mucho antes. Solo por mi casa han pasado unos 300 animales; multiplícalo por todo lo que entra en la protectora y verás que es inviable sin casas de acogida. Para una protectora, una casa de acogida es una auténtica bomba de oxígeno.

Etiquetas