Javier Bernal, 54 años: “Estuve cuatro años casi sin salir; me diagnosticaron fibromialgia y apenas caminaba, hasta que llegó mi perro Jack”
Testimonios
Prejubilado y volcado en su refugio El legado de Jack, Javier Bernal defiende que la ayuda nunca es unidireccional: siempre regresa, aunque lo haga con cuatro patas y mirada roja

Javier Bernal.

En Buenavista, a unos minutos de Salamanca, Javier Bernal (54) vive en un lugar pequeño donde las historias suelen quedarse en voz baja. La suya, sin embargo, empezó en un supermercado, con un hombre casi ciego llorando porque le habían quemado lo poco que tenía, y siguió con un perro rojo, un setter irlandés llamado Jack, que le obligó a levantarse del sofá cuando ni siquiera sabía que llevaba años apagándose. Hoy, prejubilado, secretario de la protectora ‘Adopta Una Vida’ y al frente de su refugio El legado de Jack, Javier habla de un hilo invisible que une la ayuda a los demás con la propia supervivencia: un pollo asado, un post en Facebook, un termo de café, y la correa que lo devolvió a la calle.
¿A qué se dedica hoy?
Estoy prejubilado. Tengo una pequeña pensión y me dedico a esto. Además, mi hijo lleva conmigo muchos años en todo lo que hacemos.
Yo no sabía que estaba deprimido: solo sabía que no quería ver a nadie… hasta que Jack me obligó a salir
Usted dice que su historia “es de película”. ¿Por qué?
Porque es una cadena de cosas que, si me lo cuentan, tampoco me lo creo. Pero pasó. Y todo es verdad.
¿Dónde empieza esa cadena?
Empieza con un hombre al que veíamos mi hijo y yo en la puerta de un supermercado pequeño, en Salamanca. Se llamaba Antonio. Pedía, estaba en la calle y casi no veía. Nosotros hablábamos con él todos los días.
¿Qué ocurrió con Antonio?
Un día lo encontramos llorando. Le habían prendido fuego a un caseto abandonado donde se refugiaba, por la carretera de Valladolid. Le quemaron la ropa, las mantas, los cartones, todo. Casi lo queman vivo.
¿Qué hizo usted?
Volvimos a casa y mi hijo me dijo: “Papá, ¿por qué no lo invitamos a comer?”. Era domingo, nosotros hacíamos pollo asado. Le dije que fuera a decírselo y aparecieron los dos en casa. Comimos, le lavamos la ropa, le dejamos ducharse, afeitarse. Y le dijimos que podía venir cuando quisiera.

En esa escena ya aparece su hijo como motor.
Totalmente. Mi hijo es clave. Él vio a Antonio como una persona, no como “el señor que está ahí”.
Usted venía de años muy duros. ¿Qué le pasaba entonces?
Yo había tenido cáncer. Vivíamos en Alicante, me separé y me vine a Salamanca en 2010 porque soy salmantino. En 2012 rehíce mi vida y encontré un buen trabajo en una residencia universitaria. Y en 2014, en una revisión, me volvió a dar cáncer.
¿Y ahí se rompe todo?
Ahí empieza una caída que yo ni identifiqué como depresión. Mi hijo se vino a vivir conmigo, tenía diez u once años. Yo estaba contento, pero no quería ver a nadie. Dejé el trabajo. Nos fuimos a un piso pequeño. Y estuve años sin salir.
¿Sin salir cuánto es?
Cuatro años prácticamente. Cada vez caminaba menos, todo me dolía. Al final me diagnosticaron fibromialgia. Llegó un punto en que para ir al supermercado de abajo tardaba muchísimo y tenía que pararme varias veces.
Con esa situación, ¿cómo sostiene la ayuda a Antonio?
No sé ni cómo. Pero sucedió. Antonio empezó a venir a casa algunos días. Yo no tenía casi nada, estaba fatal económicamente, y aun así pensé: “Si pido ayuda, quizá salga”. Y se lo dije a él: “¿Me dejas pedir ayuda para ti?”.
¿Y Antonio aceptó?
Sí. Y entonces puse un post en Facebook contando su caso.
¿Qué respuesta recibió?
Una locura. Cientos de personas. La gente venía cada día: comida, ropa, algo de dinero, un móvil con saldo. Yo tuve que dejar una habitación llena de maletas y bolsas solo para ropa de Antonio. Fue una Navidad que me marcó.
¿Qué cambió en la vida de Antonio?
Conseguimos que contactara con su familia, que tenía una hija y un hermano en Béjar. Y logramos que lo operaran en la Seguridad Social: eran cataratas. Empezó a ver bien. Fue… impresionante. Y dejó el alcohol. Hoy vive en Béjar con su familia. Seguimos en contacto, nos felicitamos, nos llamamos.
Usted cuenta que, desde entonces, iba todos los días con un termo a tomar un café con él. ¿Por qué?
Porque ya no era solo llevarle algo. Era estar. Y, sin darme cuenta, eso también me hacía caminar un poco más.
Y aquí es donde entran los perros. ¿Cómo aparece el primero?
Una chica que se llama Ana vio el post y me dijo: “Javi, pregúntale a Antonio qué necesita de verdad”. Antonio me dijo que necesitaba ropa interior, que eso nadie lo da. Y esa misma noche Ana vino con bolsas de ropa interior nueva, calcetines, de todo.
El primer mandamiento es estabilizar al perro: que sienta que, por fin, está a salvo
¿Qué tiene que ver Ana con Jack?
A los pocos días yo vi en internet un perro en una protectora que necesitaba salir. Lo vi y pensé: “Qué bonito”. Y Ana me dijo: “Yo conozco a las chicas de esa protectora. Vete a pasear al perro, te hace falta, tú no puedes andar. Ellas te ayudan”. Me animó.
¿Y usted fue?
Fui a pasearlo. Y ese mismo día me lo llevé a casa. Se llamaba Jack.
Describa a Jack.
Un setter irlandés rojo, precioso. Tenía cruce con algo, no sabíamos con qué, pero era un espectáculo. Era de esos perros que te miran y te ordenan vivir.
¿Qué significó Jack en su cuerpo, en su cabeza?
Jack me sacó a la calle. Empecé a salir todos los días. Yo no conocía a nadie en Salamanca. A nadie. Con Jack empecé a ir a parques, a pipicanes, a recorrer la ciudad. Y empecé a encontrarme mejor. Yo tomaba catorce pastillas al día y las fui dejando.

¿Solo por caminar?
Por caminar y por lo que te da un perro. La rutina, la obligación bonita, el vínculo. Me devolvió el mundo. De repente estaba comiendo en casa con gente, haciendo amigos. Gente de perros. Vida normal, otra vez.
¿Cuándo pasa de “me salva mi perro” a “yo rescato”?
Poco a poco. La gente me empezó a decir: “Javi, ¿me cuidarías el perro cuando me voy?”. Yo decía que sí. Y a través de ahí me acerqué a la protectora Adopta Una Vida.
¿Cómo entra en Adopta Una Vida?
Conocí a Susana Gómez. Empecé a ayudarles: recoger perros, acoger cuando no había sitio, echar una mano donde hiciera falta. Y hoy soy secretario de la protectora.
Usted resume su historia así: “Yo salvé a Antonio y Jack me salvó a mí”.
Sí. Y además hay un puente: Antonio me lleva hasta Jack. Yo siempre lo digo: Antonio nos llegó hasta Jack. Y Jack fue el cambio.
Dicho de otra manera: usted salva a Antonio, Antonio le abre la puerta a Jack, y Jack le devuelve a usted la vida.
Exacto. Así es.
¿Jack sigue con usted?
No. Murió hace menos de dos años. Y fue duro. Pero dejó un legado.
Ese legado es el refugio. ¿Cómo se llama?
El legado de Jack.
¿Qué es hoy El legado de Jack?
Mi refugio, mi sitio. Y un trabajo de lunes a domingo. Llevo años sin librar un día. Y soy feliz. Rescatamos perros, también gatitos. Tengo animales en casa, y cada día es un compromiso.
En un momento usted se ve con siete perros y cuatro gatos. ¿Ahí decide irse al campo?
Sí. Dijimos: “Vámonos al campo”. Y nos vinimos. Empezamos desde cero. En 2019, y luego llegó la pandemia. Fue una locura. Yo pensaba: “¿Qué hemos hecho?”.
¿Qué era lo más difícil al principio?
La logística de vivir en un pueblo: el coche, la gasolina, moverte para todo. Y mi hijo estudiando. No era fácil, pero seguimos.
Este año dice que han dado en adopción decenas de perros. ¿Cómo se consigue eso desde un lugar tan pequeño?
Con trabajo diario y con difusión. Las redes sociales ayudan muchísimo. La difusión es una parte enorme. Si no te ven, no adoptan.

Usted habla del “refugio ideal” y de un terreno de seis hectáreas. ¿Qué sueña construir ahí?
Un sitio donde cada perro esté bien de verdad: espacios individuales, seguridad, limpieza, rutinas, y tiempo de calidad. Un refugio pensado para estabilizar al perro, que es lo primero: que se calme, que confíe, que se sienta a salvo.
Póngame una imagen concreta de ese refugio ideal.
Cada perro con su espacio amplio y su cama, y una salida exterior a su jardincito. Y luego zonas valladas grandes para que salgan todos los días. Yo ahora ya hago algo parecido: tres horas por la mañana y tres por la tarde. Que corran, que huelan, que vivan.
Usted lo definió con “mandamientos”. ¿Cuáles son?
Individualidad, jardines, seguridad, alimentación, agua siempre disponible, paseos, limpieza, temperatura adecuada en invierno y en verano, y difusión. Y presencia: estar allí. Vivir allí para poder atenderlos.
—Ha mencionado que la gente joven viene más a ayudar. ¿De verdad nota un cambio generacional?
Muchísimo. El cambio es brutal. Hay jóvenes que te vienen un domingo, que es su día libre, y se llevan un perro a pasear, ayudan, se implican de verdad.
El cambio es brutal. Hay jóvenes que te vienen un domingo, que es su día libre, y se llevan un perro a pasear
¿Qué le da más esperanza y qué le preocupa más?
Me da esperanza esa sensibilidad creciente. Me preocupa lo mal que llegan muchos perros. Los primeros días a veces vienen rotos. Pero también es verdad que, con tiempo y estabilidad, mejoran. Y ver eso compensa todo.
En su historia hay dos curaciones: Antonio recupera la vista y usted recupera el cuerpo. ¿Se lo recuerda a menudo?
Sí. Yo ahora camino. He llegado a caminar veinte kilómetros al día. Y Antonio ve. Los dos estamos bien, y seguimos en contacto. A veces lo digo y me emociono, porque podría haber sido de otra manera.
¿Qué le dice a su hijo cuando miran atrás?
Se lo digo tal cual: “Hijo, ¿te imaginas dónde estaría yo si no pasa esto?”. Y él lo sabe. Lo hablamos de verdad. Jack nos cambió la vida.
Si tuviera que resumir su felicidad de hoy en una frase.
Soy una persona súper feliz y agradecida. No necesito nada. Solo seguir aquí, con ellos.


