Los lanzamientos espaciales están convirtiendo la atmósfera en un “crematorio”, alertan los científicos
Ciencia
Un grupo de astrónomas advierte sobre los riesgos de la acumulación de basura espacial y la falta de regulación global

El aumento de basura espacial obliga a replantear cómo utilizamos y protegemos la órbita terrestre

Al observar un satélite cruzar el cielo nocturno, es fácil centrarse en el logro tecnológico que representa. Sin embargo, detrás de esa imagen hay lanzamientos de cohetes, consumo de recursos y emisiones que generan un impacto ambiental. Lo que parece un avance científico sin consecuencias visibles puede tener efectos sobre la atmósfera y el clima. La creciente actividad espacial, advierten algunos científicos, obliga a analizar también su huella en la Tierra.
Según datos de Flight Atlas, la cantidad de satélites lanzados ha crecido de forma exponencial en los últimos años. Los últimos resultados, arrojados por estadísticas sobre satélites artificiales y basura espacial, demuestran que casi 15.000 satélites orbitan actualmente la Tierra, y que la mayoría pertenece a “megaconstelaciones” diseñadas para funcionar durante unos pocos años. Cuando uno de estos satélites deja de funcionar o debe ser reemplazado, es desorbitado intencionalmente hacia la atmósfera superior de la Tierra. Allí se queman o se fragmentan en piezas más pequeñas, con consecuencias sobre el clima y la atmósfera del planeta. En ese contexto, Laura Revell, Michele Bannister y Samantha Lawler, un trío de astrónomas y científicas atmosféricas, reflexiona en The Conversation sobre las graves consecuencias de poblar la órbita terrestre con decenas de miles de satélites desechables.

Los satélites planeados Starlink V3 tendrían un tamaño parecido al de un avión Boeing 737
Durante el mes pasado, SpaceX solicitó a la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos permiso para lanzar al espacio un millón más de satélites para centros de datos de IA. Uno de los problemas de estos satélites está relacionado con su volumen: “Los satélites mini Starlink V2 de SpaceX pesan aproximadamente 800 kilogramos, más o menos como un coche pequeño, y se espera que las versiones posteriores lleguen a unos 1.250 kg. Los satélites planeados V3 serían todavía más grandes, comparables en tamaño a un avión Boeing 737”, advierten sobre su tamaño. Las consecuencias de este lanzamiento podrían elevar la temperatura de la atmósfera superior y la pérdida de ozono mucho más allá de las estimaciones anteriores, y la quema constante de satélites muertos agravaría aún más estos impactos.
En 2023, mientras estudiaban aerosoles en la atmósfera superior, los científicos detectaron metales procedentes de naves espaciales que reingresaban al planeta. Más recientemente, se ha identificado litio proveniente de la reentrada descontrolada de un cohete Falcon 9. “Esto es solo una fracción de lo que vendrá si se concretan las megaconstelaciones planificadas, y SpaceX está lejos de ser el único actor. Otros operadores de todo el mundo ya han solicitado en conjunto más de un millón de satélites”, advierten los expertos. Si no se establecen límites claros y medidas de control, lo que hoy parece un avance tecnológico podría convertirse mañana en un desafío ambiental y científico que afecte a toda la humanidad.

Las consecuencias ambientales completas siguen sin resolverse porque los fabricantes de satélites son reacios a compartir de qué materiales están hechos sus aparatos: “Una gran fracción es aluminio, que se quema formando partículas de alúmina, pero la mezcla exacta de materiales y el tamaño de las partículas producidas sigue siendo incierto. Se sabe, sin embargo, que las partículas más pequeñas, más finas que un cabello humano, pueden permanecer suspendidas en la atmósfera durante años, contribuyendo a la destrucción de la capa de ozono y al cambio climático”, afirman. Si no se regula y controla esta actividad, podríamos estar alterando el cielo y la atmósfera de maneras que no podremos revertir.
Los restos de satélites y otros objetos que se acumulan en la órbita baja de la Tierra pueden causar problemas también para la industria espacial. En la opinión de los expertos, si estos fragmentos chocan entre sí, podrían empezar una reacción en cadena, donde cada choque genera más pedazos que a su vez chocan con otros. Esto llenaría la órbita de escombros giratorios y peligrosos, un fenómeno conocido como síndrome de Kessler, convirtiendo la órbita terrestre en un verdadero “campo minado” que dificultaría o incluso bloquearía los vuelos espaciales durante muchos años.
El grupo de astrónomas advierte que un aumento en las constelaciones de satélites podría dificultar aún más la observación del espacio profundo: “Para los científicos, observar la muerte de estrellas y buscar nuevos planetas se volvería mucho más difícil. La observación astronómica, el astroturismo y la astronomía cultural también se verían afectados a nivel mundial”, advierten.

Falta de regulación internacional
Otro de los factores más preocupantes es que ningún gobierno ni organismo internacional obliga a las empresas espaciales a controlar o limitar el impacto que sus lanzamientos de satélites tienen sobre la atmósfera terrestre: “Siguiendo supuestos similares a estudios previos, se estima que un millón de satélites podría generar un teragramo (mil millones de kg) de alúmina acumulada en la atmósfera superior, suficiente, junto con las emisiones de los lanzamientos, para alterar significativamente la química y el calentamiento atmosférico de formas dramáticas que aún no comprendemos”, comentan.
Con la expansión rápida planificada por SpaceX y otras compañías, cada vez es más necesaria una regulación global. Un primer paso sería definir una capacidad atmosférica segura para lanzamientos y reentradas de satélites: “Las evaluaciones ambientales deberían cubrir todo el ciclo de vida, incluyendo los efectos en la atmósfera, y considerar tanto la seguridad orbital como los impactos en la astronomía cultural y de investigación. Cualquiera que sea el resultado regulatorio, usar la atmósfera como crematorio de satélites a esta escala no puede ser la solución”, terminan diciendo.
Si no se actúa ahora, se podría perder no solo el cielo limpio que tanto se admira, sino también la oportunidad de explorar el espacio de manera segura y sostenible. Cada lanzamiento importa, y cada decisión marcará el futuro del cielo que quedará para las próximas generaciones.

