“Todos somos astronautas a bordo de una nave espacial llamada Tierra”: Buckminster Fuller, el arquitecto loco que construyó el futuro
Futurismo
El creador de la cúpula geodésica defendió que la humanidad debía pensar la Tierra como un sistema único y gestionar sus recursos con inteligencia colectiva
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Buckminster Fuller, arquitecto.

El siglo XX fue muchas cosas, pero sobre todo sirvió como campo de experimentación para un futuro que parecía inabarcable. Desde figuras como Walt Disney —que no solo transformó el entretenimiento, sino que también imaginó el siglo XXI con Tomorrowland— hasta escuelas como la Bauhaus, durante décadas se comenzó a construir una utopía que parecía que nos llegaría tarde o temprano.
Uno de los principales impulsores de esta utopía fue Buckminster Fuller, apodado como el “arquitecto loco” por sus invenciones que parecían de ciencia ficción pero que, sin embargo, funcionaban a la perfección. Formado en un entorno marcado por la revolución industrial tardía, la emergencia de la aeronáutica y la primera carrera espacial, Fuller entendió que el diseño debía responder a los retos globales más que a las necesidades de la vieja arquitectura monumental. Frente a un siglo seducido por la idea de dominar la naturaleza, él propuso aprender de sus principios estructurales para hacerlo.
Fuller alcanzó reconocimiento internacional con la cúpula geodésica, una estructura basada en la repetición de triángulos que distribuye las cargas con una eficiencia excepcional. Patentada en 1954, su geometría permitió construir recintos amplios, ligeros y de bajo consumo material. Para ello, se utilizaron en bases militares, pabellones científicos y proyectos de vivienda modular, convirtiéndose en uno de los experimentos más influyentes de la arquitectura del siglo XX.
Para Fuller, estas estructuras no eran solo una solución técnica, sino parte de una visión integrada de sostenibilidad que buscaba minimizar los recursos para maximizar el rendimiento. Al mismo tiempo desarrolló Spaceship Earth, una metáfora que pronto adoptó forma conceptual.

En Operating Manual for Spaceship Earth (1969) escribió: “Somos todos astronautas a bordo de una nave espacial llamada Tierra.” La frase sintetiza la hipótesis central de la obra, en la que el planeta funciona como un sistema cerrado con recursos limitados y, por tanto, la supervivencia depende de una gestión racional y cooperativa.
El impacto de Fuller fue especialmente visible a partir de los años setenta, cuando los debates sobre límites del crecimiento, eficiencia energética y gestión de materiales empezaron a ganar peso político. Además, sus ideas contribuyeron a la transición desde la arquitectura basada en la abundancia hacia modelos de diseño que priorizan la ligereza, la modularidad y la autosuficiencia. Existen conceptos habituales hoy en día —como la economía circular, el uso mínimo de recursos, o el análisis global de sistemas— que no tendrían sentido sin su influencia.
Eso sí; no todas sus propuestas lograron aterrizar con éxito. El coche Dymaxion, diseñado para maximizar aerodinámica y reducir consumo, terminó envuelto en polémica tras varios accidentes. Otros proyectos, como la vivienda Dymaxion House o los sistemas de construcción ultraligeros, no alcanzaron viabilidad industrial.
Críticos contemporáneos señalaron que Fuller subestimó los factores económicos, políticos y culturales que condicionan la adopción de nuevas infraestructuras. Pero lo que parece cierto es que era un adelantado a su tiempo; un genio que imaginó el futuro antes siquiera de que tuviera la capacidad de construirlo.


