Hace casi cuatro años nos sorprendimos al ver cómo la guerra volvía a Europa. Miles de ucranianos se refugiaban en nuestros países huyendo de la invasión rusa. De hecho, unos 300.000 residen hoy en España. Aquellas imágenes de familias que buscaban seguridad fuera de su patria provocaron una oleada de solidaridad entre muchos europeos. Como suele ocurrir cuando se desata un conflicto bélico, agresores y agredidos creen que todo acabará en unos pocos meses… En realidad, la guerra había empezado ocho años antes, con la anexión de Crimea y los enfrentamientos de la Maidán entre prooccidentales y el régimen de Víktor Yanukóvich, el presidente títere de Moscú. Entonces Europa actuó como si no fuera con ella, pero todo ha cambiado desde entonces. La guerra en Ucrania fue desde el principio más que una contienda regional. Poco a poco, los europeos comprobaron que se trataba de defender un orden internacional basado en reglas, que por primera vez EE.UU. Se aliaba con Rusia para saltárselo. Cuatro años después de desatarse las hostilidades se entreabre la posibilidad de una paz que podría cuajar en el 2026 y que también tendrá consecuencias para Europa.
Zelenski y Trump en Florida.
Trump quiere zanjar este enojoso frente para concentrar su atención en la rivalidad con China y ha obligado a la UE a asumir más responsabilidades en costear su propia defensa. Mientras, en Ucrania hemos visto el fin de la guerra como la conocíamos en el siglo XX, dando paso a un salto tecnológico que obliga a los países europeos a invertir a ritmo acelerado en nuevas formas de combatir, tanto sobre el terreno como en el ámbito de la llamada guerra híbrida. Si la conflagración ha cambiado muchas cosas, también lo hará la paz, dependiendo de la forma que adopte finalmente. Zelenski aceptaría la renuncia a la adhesión a la OTAN y se abre a ceder territorios, mientras reclama garantías de seguridad pactadas con EE.UU., el Reino Unido y Francia, la adhesión a la UE y un ejército de 800.000 efectivos que, en la práctica, se convertiría en el bastión defensivo de Europa, erigido como factor de disuasión ante una posible agresión rusa. Una paz que no será ni justa ni duradera para un conflicto que seguirá latente y del que Europa no debería desentenderse en adelante, como hizo en el pasado.