
El baile
La reflexión intimista y socializada, profunda o superficial, sobre el tiempo es inevitable con el transitar de un año al otro. Una barandilla con la que ganar seguridad en el caminar por la inmaterialidad del paso de los días. Un tajo en una línea infinita para abrazar la falsa ilusión de que es el reloj el que ha inventado el tiempo.
Días de buenos propósitos. Cada uno los suyos. Perder peso, aprender idiomas, dejar de fumar, visitar más a menudo el gimnasio, pasar más tiempo con la familia y amigos, dar importancia a las pequeñas cosas o dejar de procrastinar. Un catálogo que tiende al infinito y que bebe de la culpa y la necesidad de redención que esta lleva pareja. Desde esta óptica, la aguja del reloj marcando el final de un año y el inicio de otro no es más que una ceremonia religiosa a la que Dios no está invitado. Una comunión ruidosa de uvas oficiada por presentadores de televisión a través de la cual pretendemos conjurarnos para ser mejores y más afortunados en los días venideros.

Este enfoque netamente transformador del futuro es más común entre las generaciones que tienen su cuenta corriente de tiempo a rebosar. Con el paso de los años llega, si no la sabiduría, sí al menos el realismo que impone la experiencia tantas veces vivida. Y sobre todo la asunción del tiempo como un bien del que se disfruta a crédito y sin saber en qué fecha va
a cerrarse el grifo que lo abastece.
Mutan entonces los deseos de Año Nuevo, que tienden al conservacionismo más que al perfeccionamiento o a la transformación radical. A partir de un cierto punto, se ha ido tomando conciencia real, no teórica, de lo que significa la finitud de lo físico. Por eso, en el atardecer de las vidas y respecto a uno mismo, basta la mayor de las veces con desear que las cosas sigan como están. Las peticiones y deseos más ambiciosos se formulan igualmente, pero los beneficiarios son terceros, particularmente hijos y nietos, o cualquiera que cumpla con el encargo involuntario de trascenderlo a uno mismo.
En el atardecer de las vidas y respecto a uno mismo, basta a menudo con desear que las cosas sigan como está
Operan diferencias similares también en el plano colectivo. Cada generación celebra cosas distintas la noche del treinta y uno de diciembre. Los mayores gozan de haberse alzado vencedores ante el tiempo un año más, aunque acumulen cada vez más cicatrices. Por el contrario, los jóvenes, que dan por hecha esta victoria como la cosa más natural del mundo, festejan únicamente lo que está por venir. Naturalmente existen también las generaciones de tránsito, con un pie en ambos lados, puesto que el proceso de mutación es lento, gradual e imperceptible, sin culminar nunca del todo.
Contra lo que pueda parecer, ambas formas de afrontar un año nuevo nada tienen que ver con el optimismo o el pesimismo. Son sencillamente la plasmación natural del lugar en el que cada individuo y cada grupo se encuentra en su periplo vital. Así ha sido siempre. El joven que adopta un aire viejuno, o el viejo que se baña en piscinas de hielo para aferrarse a una juventud imposible, habitan, tras su máscara los mismos miedos y las mismas esperanzas que sus respectivos coetáneos, aunque los pierda la pose estética y finjan pertenecer a un grupo que no puede ser el suyo por más que lo pretendan. En realidad cada uno está, dejando a un lado los imponderables de la salud mental, donde debe.
La pista de baile, real o simbólica, que da inicio al nuevo año ofrece una panorámica multigeneracional sin parangón. Un espectáculo maravilloso de todos los estadios de lo humano. Unos ven desde su atalaya lo que son y han sido; los otros, desde el ascenso, lo que son y serán. Y aunque la música que suene en sus cabezas no sea la misma, sí lo es la necesidad de hacer frente a la incertidumbre que siempre viaja sentada a nuestro lado. Niños, jóvenes, adultos, maduros, mayores, prestos a renovar los votos del gigantesco desafío diario que es la vida. Como una caravana de peregrinos o una expedición de exploradores que camina hacia un terreno ignoto y conocido a la vez.
En eso, no más pero tampoco menos, consiste el ritual del año nuevo al que este artículo llega con dos días de retraso. Feliz desafío, lector. Sea cual sea la banda sonora que a usted le toque bailar.
