Las Claves
- José Zorrilla sirvió como poeta cortesano de Maximiliano I en México y recibió apoyo económico para saldar sus deudas personales.
- Maximiliano I
Mediante Íntima Atlántida, la semblanza de Rosa Chacel redactada por Anna Caballé, descubrí que José Zorrilla, oriundo de Valladolid al igual que la propia Chacel y familiar distante suyo, sirvió como uno de los poetas cortesanos del fugaz emperador mexicano Maximiliano de Habsburgo-Lorena, denominado Maximiliano I. Con el propósito de conocer más detalles, revisé la obra autobiográfica Recuerdos del tiempo viejo, donde, para mi pesar, el responsable de Don Juan Tenorio mantuvo un silencio total acerca de sus vivencias en el continente americano, donde había residido más de diez años.
Desde luego, el hecho de haberse entregado, como él hizo, a la trata de esclavos no es una cuestión que se quiera ir difundiendo. ¿Quién se animaría a redactar memorias para confesar su nexo con una tarea tan despreciable, que en la situación de Zorrilla, encima, concluyó en un fracaso absoluto por la fiebre amarilla? De lo que el autor no debería sentir pena es de su trato con el emperador mexicano, quien parece haber sido un sujeto refinado y atento que disfrutaba de sus creaciones y que, al poco tiempo de arribar al territorio, mostró ganas de verle. Sin embargo, tampoco redactó nada acerca de aquello.
El tramo final de su permanencia en América transcurrió para Zorrilla amparado por el desinteresado apoyo de Maximiliano I, quien le otorgó el cargo de responsable del todavía inexistente Teatro Nacional y, usando como excusa la solicitud de un nuevo escrito, le facilitó fondos anticipadamente con el fin de que liquidara los importantes débitos que lo acosaban tiempo atrás. Exento finalmente del hostigamiento de quienes le reclamaban pagos, logró Zorrilla partir rumbo a España, lugar en el que residía en el momento en que el noble Maximiliano falleció ante el pelotón de ejecución.
Existe una obra literaria pendiente de ser redactada: el auge y el ocaso de Maximiliano I observados desde la perspectiva de su allegado José Zorrilla. La existencia en aquel imaginario entorno palaciego europeo trasladado a Ciudad de México, su brillo superficial y ficticio, la vana determinación del monarca, quien para ganarse el afecto de los mexicanos asimiló con rapidez la lengua y adoptó el traje de charro… Según se cuenta, Maximiliano alcanzó tal nivel de comunión con el porvenir de su nación adoptiva que sus expresiones finales frente a los ejecutores resultaron ser: “¡Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México! ¡Que mi sangre selle las desgracias a mi nueva patria! ¡Viva México! ¡Viva la independencia!”.
Maximiliano de México estuvo entre los primeros perjudicados por la doctrina Monroe, que actualmente es denominada Donroe.
La imagen de Maximiliano evoca a la de otro monarca con intenciones parecidas pero marcado por su papel de extranjero, nuestro Amadeo de Saboya, a excepción de que este decidió regresar a su patria en lugar de aguardar a ser ejecutado. Previamente, Maximiliano había iniciado un plan de cambios que abarcaba la libertad de creencias, el incremento del derecho al sufragio, la supresión de la labor infantil, el tope de las horas de trabajo, el avance en la calidad de vida de los indígenas, etcétera. Aquel espíritu renovador fue lo que le hizo extraviar la confianza de las clases conservadoras sin obtener la de los liberales: así se justifica su funesto desenlace.
Al clamar por la soberanía y la autonomía de México en sus proclamas finales, Maximiliano no aludía a España, cuya relevancia en México era mínima desde hacía cincuenta años, sino a la nación en ascenso, Estados Unidos, que le había despojado de más del cincuenta por ciento de su suelo en un conflicto cercano y que, tras finalizar su contienda interna, rechazó la permanencia de destacamentos de Francia en México. Empleó con ese fin la doctrina Monroe, la cual prohibía la injerencia de las potencias de Europa en el hemisferio occidental, y Francia, concretamente la Francia del Segundo Imperio, que había impulsado la llegada de Maximiliano a la corona imperial, lo dejó entonces desamparado ante su destino.
Es factible considerar a Maximiliano de México como uno de los primeros y más insignes perjudicados por esa doctrina Monroe que suponíamos vencida y que, denominada ahora Donroe, resurge hoy vinculada a Donald Trump. ¿Suponían que les narraba un relato “del tiempo viejo”? Se percibe que no. Aquel que elija redactar ese volumen sobre Zorrilla y Maximiliano estará recuperando una etapa del siglo XIX y, simultáneamente, un tramo de este siglo, el XXI. Eso es lo que ha logrado el incalificable Trump: que regresemos un siglo y medio al pasado.
