Opinión

El vínculo entre Gartner y Maalouf

La curva de Gartner se ha convertido, otra vez, en el espejo más preciso de la relación entre la humanidad y la inteligencia artificial, esta nueva tecnología que nos ha maravillado, haciendo un espeluznante viaje de euforia y desilusión (gestionada interesadamente por unos pocos) demasiado veloz y mediático. En apenas tres años, las promesas de revolución han chocado con costes, gobernanza y limitaciones en su adopción. Nunca una tecnología progresa en línea recta, sino en curva emocional: euforia, desencanto, estructuración y meseta de productividad. La IA generativa comprimió esas fases a velocidad de vértigo: del deslumbramiento mediático a la avalancha de proyectos piloto. No deberían reajustarse las expectativas, sino aflorar que las organizaciones son el freno a su implantación por las propias limitaciones humanas, craso error. Esto no es software, como explica Jensen Huang, es repensar metodologías y procesos.

 
 IStock

Durante la FIL oí a Amin Maalouf explicar ese conflicto de manera global: “Todo lo que pertenece a la ciencia y la técnica avanza sin pausa, mientras que lo que depende de nuestra evolución moral tropieza o incluso retrocede”. Su planteamiento no resultaba tecnofóbico, sino humanista: aceptaba que el progreso de la ciencia no tiene que detenerse, aunque exigía incrementar el compromiso ético y ciudadano para afrontar los retos actuales. En su intervención definió la lectura y la escritura como ámbitos en los que las comunidades logran asimilar dicha rapidez y reconstruir la trama simbólica que ningún aparato es capaz de crear. En ese punto convergen Gartner y Maa­louf: el gráfico evalúa previsiones, mas no principios; anticipa el momento en que un avance será útil, pero no aclara para quién ni con qué impacto en la sociedad. La IA perfecciona resoluciones y coordina estructuras difíciles, sin embargo, no reemplaza las facultades del ser humano para el análisis, el discernimiento, la compasión, el recuerdo histórico y la resolución de disputas que constituyen las bases de todo colectivo.

La IA perfecciona las determinaciones y administra esquemas intrincados, mas no reemplaza el talento analítico ni la sensibilidad de las personas.

El desafío no consiste en desconfiar de la IA, sino en impedir que nuestra existencia se vea confinada en un escenario de rendimiento moralmente pobre. En medio de la fascinación tecnológica y el temor catastrófico surge un terreno complejo, esencialmente humano, en el cual la sociología, la ética y la literatura tienen que funcionar como mecanismos de equilibrio frente a un progreso técnico incontenible. Dentro de un entorno progresivamente incierto, donde las convicciones se desvanecen y los fundamentos se quiebran, al tiempo que falsos políticos desgastan la credibilidad institucional, atravesamos periodos de incertidumbre.

La duda provoca temor y alejamiento, resulta necesario apelar a un universalismo actualizado que, mediante la integración de estas dos esferas, edifique el camino rumbo a un mundo mejor.