
No todo ha ido a peor
Hace bastantes años, cuando los libros de texto eran herramienta fundamental de los estudiantes, tanto de las asignaturas de la educación general básica como de las del bachillerato, se solían incluir en los manuales de literatura una serie de textos considerados imprescindibles. Se intentaba así que los alumnos no solo tuvieran que memorizar aquello de vida y obra de Zutano o Perengano, sino que se acercaran a sus escritos a través de una breve antología, escogida por el autor del manual.

Enseñé durante unos cursos de los remotos años setenta del siglo pasado en el instituto de Montcada i Reixac. En el seminario del instituto habían optado por un libro de texto de la editorial Vicens Vives, que en el apartado de autores medievales recogía el ejemplo número XXXV, “El mancebo que casó con mujer brava” de El conde Lucanor, de don Juan Manuel. Se trata de un cuento en el que un recién casado, sabedor de que su mujer es fuerte y brava, la amansa de manera definitiva, tras matar de modo violentísimo a un perro, a un gato y a un caballo que han desobedecido sus órdenes de traerle agua para lavarse las manos. Después de observar tales barbaridades, cuando de muy malos modos el tipo desalmado exige a su mujer que le traiga el aguamanos, esta no vacila ni un segundo. Sabe que, si quiere conservar la vida, tiene que obedecer rápido y sin rechistar. Así deberá seguir haciéndolo hasta la muerte.
En el libro de texto que manejaban mis estudiantes, no había ni una nota condenatoria de la conducta del mancebo. Eso trataba de hacerlo yo, tras contextualizar el ejemplo. No obstante, de no haberlo hecho, ni siquiera las alumnas lo hubieran considerado raro. En el bar que frecuentábamos, frente al instituto, la chica que servía los cafés aparecía llena de moratones día sí y día también. Al preguntarle qué le pasaba, me contestó que su marido era muy hombre y la quería mucho, muchísimo.
Valgan estos datos para aludir a una situación bastante corriente, heredada del patriarcado, que desde tiempos remotos fue impregnando la vida y las costumbres, no solo de Oriente –el comportamiento de los talibanes con respecto a las mujeres sería el ejemplo más extremo–, sino también de Occidente, aunque no nos guste aceptarlo.
Hoy ninguna mujer, me parece, se siente ya orgullosa del amor de su hombre traducido en golpes
Por entonces, entre los setenta y los ochenta, no había estadísticas de malos tratos, ni números de teléfono a los que poder llamar en casos desesperados. Antes de la muerte de Franco, todavía era peor porque muchos seguían considerando que la mujer era propiedad del varón, pese a que, en el matrimonio católico –el civil no existía, iba en un todo incluido con el religioso–, el cura recogía las palabras de san Pablo (Efesios, 5:25) un tanto amonestadoras al futuro marido: “Compañera te doy y no sierva. Ámala como Cristo ama a su Iglesia”.
Aunque se explicitara lo de compañera y no sierva, aún así, si echamos la vista atrás y nos asomamos a los siglos XIX y XX, observamos que la hoy llamada violencia de género era moneda corriente. La gran Emilia Pardo Bazán es una de las pocas personalidades que denuncian el maltrato. Así escribe: “Ella titubea, llora, luego ríe…, ni siquiera pide auxilio: el bofetón está en el programa. Y ese bofetón es el preludio de lo que vendrá más tarde, en una hora de exasperación brutal de celos o de soberbia: es el anticipo del navajazo feroz, del estrujón de nuez que rompe el cartílago, del puntapié que desgarra las entrañas, del palo que abre el cráneo, del proyectil que se incrusta en la masa encefálica… ¡va tan poco del primer maltrato al crimen!”.
Doña Emilia, en sus artículos de periódico, denuncia como los jurados, en los casos extremos en que tienen que juzgar a maridos o amantes asesinos, los condenan a una friolera e incluso los absuelven. Y añade con ironía: “¿No son los hombres nuestros amos, nuestros protectores, los fuertes, los poderosos? El abuso del poder, ¿no es circunstancia agravante? Cuando matan, a mansalva, a la mujer, ¿no debería exigírseles más estrecha cuenta?”.
Hoy se la exigimos, mal que les pese a algunos, y en estos años, desde que comenzó el siglo XXI, al menos aquí, en nuestro país, ninguna mujer, me parece, se siente ya orgullosa (¿?) Del amor de su hombre traducido en golpes ni nadie escogería como texto, sin contexto, “El mancebo que casó con mujer brava”, antecedente de La fierecilla domada de Shakespeare. En fin, no todo ha ido a peor.
