
Caramelo
Estoy pasando unos días en un rincón de Andalucía donde el hielo cae. Los vecinos lo dicen así: “Aquí caen unos hielos...”. Se refieren a las heladas. Aunque a mediodía nos plantemos a veinte grados y podamos salir al patio a pelar habas –actividad que me doy cuenta de que solo hago aquí–, todo lo que queda a la sombra mantiene una capa estoica de escarcha hasta las diez y media de la mañana. A un lado de la calle, el sol toca antes que al otro, y te das cuenta de quién es autóctono y quién está de paso, por el lado en el que aparca el coche. Yo, que todavía no he aprendido la lección, abro la cartera, saco una tarjeta cliente –no diré de qué supermercado– y rasco el parabrisas diestramente. Tengo buena mano, habiendo crecido en la comarca de Osona, donde en invierno hiela cada madrugada.

Pero el hielo con el que me peleo estos días es ligeramente diferente al que recuerdo. Más seco. Más grueso. Y con cristales blancos como pelos de punta. Lo arranco a dentelladas paralelas y cuadradas, la tarjeta se queda llena de nieve, como si hubiera estado repartiendo líneas de alguna sustancia psicotrópica, y me la seco en el regazo. Un señor que pasea un perro me recomienda: “¡Échale vinagre!”, y se da un beso en los dedos.
El hielo con el que me peleo estos días es diferente al que recuerdo: más seco, más grueso
La propietaria del bar donde vamos algunas noches y una de las camareras me hablaban hace unos días de un espray a base de alcohol, para deshacer la escarcha, que compran en el bazar de la ciudad más próxima. La camarera me contaba que ella rocía el coche cuando lo aparca por la noche, antes de que hiele, y que cuando se levanta por la mañana está impecable. La propietaria del bar volvía a decir aquello de: “¡Es que aquí caen unos hielos!” Y yo repetía: “Caen unos hielos”, como si la expresión, que a mí me hace pensar en un hielo especialmente grueso y duro, fuera un caramelo, y yo lo estuviera haciendo rodar en la boca, de un lado a otro, por encima y por debajo de la lengua, haciendo cling-cling con los dientes.
En mi casa el hielo no cae. Decimos: “Ha glaçat, ha fet una bona gelada”. Que vendría a ser “ha helado, ha hecho una buena helada”. Sin sujeto. Y también me gusta. Me remite a un hielo que aparece poco a poco, de la nada, que se forma sigilosamente por encima de todas las cosas. Como si lo hiciera por arte de magia.
