Opinión

Un año de vértigo que ha cambiado el mundo

Ayer hizo un año que Donald Trump juró por segunda vez el cargo de presidente de Estados Unidos. Tiempo suficiente para que el republicano, con su capacidad de desconcierto e imprevisibilidad, haya dado muestras más que sobradas de su deriva autoritaria, haya violentado la Constitución y traspasado el equilibrio de poderes en una democracia y haya cercenado la libertad de expresión. Además, ha dinamitado el orden internacional, enviando a la tumba el multilateralismo y cambiándolo por un orden nuevo en el que solo cuentan la hegemonía y el control de determinadas zonas estratégicas, basado en el uso de la fuerza y en los negocios.

En estos doce meses hemos visto un Trump mucho más desencadenado que en su primer mandato. Día tras día, se ha superado a sí mismo por su capacidad de sorpresa y de desconcierto. Un año vertiginoso en el que ha firmado 225 órdenes ejecutivas, gobernando por decreto al margen del Congreso, y se ha convertido en el vértice del movimiento reaccionario MAGA y de la eclosión de los oligarcas tecnológicos de Silicon Valley, dispuestos a cambiar la economía con gigantescas inversiones en la inteligencia artificial.

Trump ha llevado su poder a límites impensables. Ha roto los equilibrios y contrapesos del sistema político estadounidense y no solo juega al límite de las reglas, sino que las viola. Controla los tres poderes del Estado, pues, además de ejercer el poder ejecutivo, tiene mayoría en las dos cámaras del Congreso y seis de nueve jueces del Tribunal Supremo se alinean con su ideario. También ha nombrado a más de doscientos jueces para que blinden sus políticas.

En doce meses, Trump ha confirmado una deriva autoritaria que amenaza la democracia en EE.UU.

Se ha enfrentado a la Reserva Federal, a cuyo presidente quiere echar porque no cumple su exigencia de bajar los tipos de interés. Ha enviado el ejército a diversas ciudades, militarizando funciones que corresponden a cuerpos civiles. Ha desplegado la Guardia Nacional y al hoy ya famoso ICE –convertido en una fuerza paramilitar con fines políticos– para efectuar redadas en aplicación de su política de deportación masiva de inmigrantes irregulares, abriendo una crisis institucional entre poderes federales y estatales. Ha redefinido las normas culturales y la visión de la historia del país en los museos. Ha cercenado la libertad de ex­presión, usando la coacción y la censura en las universidades y los medios de comunicación para tener el control absoluto de la narrativa. Y ha declarado la guerra total a la cultura woke .

En economía, ha desatado una guerra arancelaria contra el mundo entero en función de sus propios intereses, como estamos viendo con Groenlandia. El pasado julio logró una gran victoria al conseguir que el Congreso aprobara su “gran y hermosa ley” que ponía en marcha la megarreforma fiscal. La norma beneficia a los más ricos, recorta gastos sociales y disparará el déficit federal. Y en el ámbito personal, Trump y su familia han usado la Casa Blanca este año para enriquecerse como nunca.

En política exterior, el “pacificador” Trump se arroga haber acabado con ocho guerras en el mundo, pero es incapaz de poner fin al conflicto de Ucrania y la paz de que se vanagloria en Gaza sigue siendo frágil tras poner en marcha su segunda fase. Ha insultado y despreciado a Europa y ha violado el derecho internacional atacando Venezuela y capturando a su presidente. Insiste en que se anexionará Groenlandia, lo que abriría una crisis que podría acabar con la OTAN. En un año ha bombardeado siete países, evidenciando un expansionismo basado en la interpretación radical de la doctrina Monroe, y ahora pretende que la Junta de Paz de Gaza, que preside, gestione otros conflictos mundiales, lo que daría el golpe de gracia a la ONU.

El presidente impone un nuevo orden internacional, dinamita la OTAN y desata una guerra arancelaria

Pero también ha tenido reveses. En noviembre sufrió una derrota en varias elecciones locales y estatales, y ese fracaso de los republicanos fue un mensaje de rechazo a las políticas presidenciales y un aviso para los comicios de midterm del próximo noviembre. Su agresividad exterior se explica por su debilidad interna. Hoy tiene sus peores índices de aprobación, el apoyo de sus bases empieza a mostrar fisuras y la presión por la publicación parcial de documentos que le vinculan con el pederasta Jeffrey Epstein es muy alta. Tampoco ha logrado crear más empleo. Por eso, su objetivo es mejorar la economía para evitar que los demócratas se hagan con el control de siquiera una de las cámaras.

Muchos politólogos se preguntan ya si Trump no ha sobrepasado el punto de no retorno hacia la muerte de la democracia estadounidense, tras polarizar un país sobre el que sobrevuela el fantasma de la guerra civil y dinamitar el orden internacional. Por ello asusta pensar cuál será su análisis dentro de tres años, cuando finalice el mandato, si antes no se produce un freno radical de la creciente deriva autoritaria y autócrata trumpista.

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