
Andalucía: entre las urnas y el
Cuadernos del Sur
Fue Alain Badiou, filósofo francés, quien dijo que el teatro y la política participan del mismo juego: la construcción de un sujeto colectivo. Ambos configuran un demos. Lo que en términos prosaicos conocemos como la opinión pública, y en las ancestrales culturas agrarias se llamaba pueblo, requieren de una escenificación constante. Necesitan celebrar un ritual para que cada individuo contraste su parecer con el juicio de los demás.
En democracia esto sucede en las elecciones y en los parlamentos, donde lo que se pone en escena es la soberanía popular o el dominio territorial. Su exceso es lo que explica que la política posmoderna, desprendida de su objeto –la gestión pacífica de la convivencia y la administración de la res publica–, se haya convertido en una mera suma de narrativas interesadas a las que siempre acompaña un acto solemne (o cómico) de representación.
Nuestros próceres no confían mucho en la retórica. A menudo prescinden del mensaje de fondo, que puede variar según los días o contradecirse en función de las horas, y se consagran por completo –a jornada completa– a tratar de aparentar lo que no son y a exagerar lo que hubieran podido ser.
Un actor sabe que, más que la técnica, que siempre servirá de ayuda, lo que importa es la actitud. Quizás por eso hemos visto, en simultáneo al temporal y a las lluvias que han castigado a Andalucía en las últimas semanas, una competición paralela: todos los políticos mostrando su interés, su atención y su tiempo para paliar –o lamentar– los daños causados por las borrascas.

A menos de cinco meses para el duelo autonómico en la gran autonomía del Sur, colofón del carrusel electoral cuya próxima estación es Castilla y León, lo importante era estar. Tener presencia. Evitar que los adversarios te señalen con el dedo y conjurar cualquier impresión de desatención, como sucedió en la tragedia de Adamuz y, hace algo más de un año, en Valencia.
Claro que una cosa es interpretar lo que uno no es y otra, muy distinta, transmitir aquello que en el fondo se siente. El teatro busca, mediante la simulación, una verdad artística, del mismo modo que la ficción representa una verdad narrativa. ¿Cuál es la verdad de la política? Desde luego, no es unívoca. Hay opiniones para todos los gustos.
Parece, sin embargo, existir coincidencia en la idea de que el presidente de la Junta, que se presenta a su segunda reelección, ha logrado rescatar su imagen pública encarnando a un personaje –el político mesurado, pacífico, sensible– que parecía haber desaparecido por completo de estos pagos.
No es una opinión, sino un hecho: Moreno Bonilla, que el mismo día del accidente ferroviario de Adamuz volvía a Sevilla desde Zaragoza, transitó quince minutos antes por el tramo donde sucedió el accidente y, después de llegar a Alcalá de Guadaira (Sevilla), donde vive, regresó de inmediato al lugar del siniestro, donde pasó buena parte de la noche y el día siguiente.

Su reacción forzó al presidente del Gobierno –y también a su rival en las autonómicas, la ministra Montero– a contraprogramar su agenda para hacer también acto de presencia. Una coincidencia de la que –sin duda– hay que felicitarse, pero que no ha seguido exactamente el mismo patrón.
Moreno no tenía en Adamuz más competencia que la atención sanitaria de la emergencia –las vías pertenecen a Adif, empresa estatal, y el Alvia de Huelva estaba operado por Renfe– y esta cuestión funcionó bastante bien.
El presidente de la Junta asistió en Huelva al funeral por las víctimas. Sánchez intentó organizar un sepelio laico y, tras constatar la oposición de los familiares, envió en representación a Montero, que tuvo que acceder al polideportivo donde se celebró la misa por una puerta lateral.
Moreno ha estado al frente de las emergencias autonómicas durante todo el temporal. Algunos socialistas critican (en privado) su protagonismo, pero hubieran hecho exactamente lo mismo –y probablemente con mucha más intensidad– si hubiera elegido estar ausente.

No fue el caso: con botas de agua y un anorak, Moreno estuvo en todas las zonas afectadas y supervisó los desalojos, que han supuesto la evacuación de localidades como Grazalema (Cádiz), el traslado de más de 3.000 personas y daños materiales por valor de 4.000 millones de euros.
No ha habido ninguna crítica seria a la gestión de esta emergencia por parte de San Telmo. Moreno no ha actuado en contra de su propio personaje, aunque indudablemente a nadie se le escapa que en su preocupación, además del factor humano, también existía una cierta inquietud electoral.
Los socialistas la comparten. De ahí que, aunque con un cierto retardo, Sánchez visitara también algunas de las zonas afectadas acompañado de la vicepresidenta Montero, que prefirió concentrar sus apariciones por el temporal sobre todo en las provincias de Sevilla y Jaén, cuyas diputaciones todavía retiene el PSOE.
Los heraldos del Quirinale dicen que, tras Adamuz y el temporal, la imagen del presidente del PP andaluz –que es el verdadero capital de la derecha meridional– ha quedado restañada tras la erosión sufrida hace unos meses por las protestas causadas por el deterioro de la asistencia sanitaria.

Hay incluso quien, movido por el entusiasmo y la imprudencia, sostiene que a Moreno le faltan apenas 40.000 votos para contar con garantías de revalidar la mayoría absoluta obtenida hace ahora casi cuatro años.
De donde se infiere que ahora mismo no la tiene, lo que lo coloca en un punto político intermedio entre sí mismo y los cancilleres populares de Extremadura y Aragón, que tras sus elecciones dependen todavía más de Vox.
El eje de las autonómicas en Andalucía, la pugna entre el PP y Vox, es un adelanto del escenario que va instalándose en la política estatal, donde todo gira ya alrededor del duelo entre las dos derechas después de que en Mérida y en Zaragoza los socialistas y las minorías de izquierdas hayan recibido castigos ejemplarizantes con un grado de participación mayor.
No cabe hablar de una lección Aragón en vísperas de los comicios andaluces, pero sí de una sensación: el gran problema del PSOE no es el crecimiento de Vox, hasta cierto punto alimentado desde la Moncloa. El avance de los ultramontanos es un drama, sobre todo, para Génova.
La inquietud socialista obedece a que una parte de sus votantes, nada más volver a tener la ocasión de votar, han empezado a retirarles su apoyo, ya sea por activa (eligiendo otras opciones) o por pasiva (votando en blanco o absteniéndose). Todos los naufragios comienzan con una vía de agua.