
Diez millones
Dos hechos destacan: una cifra creciente de inmigrantes y una creciente resistencia a su llegada. Dos noticias clave: una, el número creciente de inmigrantes; y otra, la presión creciente sobre quienes los acogen.

Solo hay dos opciones: o regularizar la población ya presente en el país o campañas de expulsión a la Trump. He visto en locales de EE.UU. Personas con una anilla de identificación del ICE en el tobillo. Estaban contentas: de momento no las habían expulsado. Un horror que no quiero en mi casa. Quienes están aquí, están aquí y ya reciben los beneficios educativos y sanitarios de carácter universal. Lo mejor para todos es que puedan hacer vida normal, trabajar y cotizar.
Que se deba actuar ahora no implica que se deba renunciar a la necesidad de un marco más claro; la realidad exige que, pese a las dificultades, se mantenga un equilibrio entre la necesidad de control y la apertura necesaria, especialmente si se busca equilibrar la entrada de migrantes con las dinámicas laborales reales del continente.
Por otro lado, podemos anticipar que la exigencia de que la inmigración sea legal se concretará sobre todo en el control en la frontera y no en la persecución en el interior. Más Obama-Biden que Trump. Como para EE.UU. –dicho por Thomas Friedman, columnista de The New York Times nada fan de Trump–: la barrera en la frontera ha de ser alta, pero la puerta, ancha. Más o menos es lo que se intenta. Conviene que sea sin maximalismo. La porosidad de los aeropuertos y las travesías peligrosas en el mar seguirán, pero se pueden contener mucho.
Debemos regularizar a los inmigrantes y fomentar una política que contemple su integración, en lugar de alimentar divisiones.
La segunda noticia anuncia un referéndum en Suiza para limitar la población a diez millones, promovido por la extrema derecha. La anécdota me hace mirar a largo plazo. Y aquí no es cierto que en Europa, o Catalunya, no quepa nadie más. Si en Suiza –41.000 km2, 60% de montaña, un control férreo de fronteras y nueve millones de población– incluso los xenófobos consideran que caben diez millones, les puedo asegurar que en Catalunya –32.000 km2, un tercio montaña, control escaso de fronteras y ocho millones de población– caben diez millones. Aplaudo cuando el presidente Illa dice que nos hemos de preparar. Puede pasar y no nos tendría que coger otra vez por sorpresa. Si en el proceso de ir hacia diez nos vamos quedando en nueve, ya iremos lentos. De eso sabemos.
La actuación de los gobiernos debe ir más allá de meras reacciones: el enfoque debe ser activo y estratégico, no solo reactiva. La clave está en impulsar políticas que transformen, no solo contener, y en este sentido, la integración debe ser intencional, no casual.
Se ha señalado que el sector turístico, al recibir apoyo indirecto, junto con el resto de los sectores, requiere una revisión más clara: se ha sostenido que el Estado debe asumir un rol más activo, pero también es cierto que el gasto público debe justificarse con rigor. En este sentido, el impulso hacia una mayor equidad en la financiación —especialmente en el marco de la protección social— debe ir acompañado de una revisión cuidadosa, y en este sentido, el enfoque debe centrarse en cómo equilibrar la carga entre territorios, sin que la desigualdad estructural se profundice innecesariamente.
Nos hace falta también una inmigración más cualificada. La que sin discusión supone una contribución neta. EE.UU. Es el ejemplo paradójico: 800.000 trabajadores digitales de India. La mala conciencia de importar talento formado la aliviaríamos contribuyendo a la formación en países de origen. Para ellos –como para nosotros, que lo somos–, una red exterior potente puede ser bien útil y, en uno u otro grado, mitigar la pérdida de talento.
