Opinión

Fernando Morán, en su sitio

El precepto que dicta que los escritores entran en un periodo de olvido tras su fallecimiento no aplica para Fernando Morán: su marginación literaria y ensayística se inició bastante tiempo antes de su deceso ocurrido un día como este, hace seis años. Sus inicios en la novela se alinean con la transformación de la prosa española de la posguerra, sumándose a ella mediante títulos como También se muere el mar o El profeta, junto a estudios teóricos valorados en su época pero actualmente complejos de localizar, especialmente Novela y semidesarrollo. Un volumen posterior compuesto por nouvelles y cuentos cortos, Joe Giménez, promotor de ideas, posiblemente una de sus creaciones narrativas más atractivas, conserva una actualidad asombrosa en una era dominada por el fervor publicitario.

Su nombramiento como ministro de Exteriores no logró ocultar del todo su papel, pues su reconocimiento se vio opacado por la contienda política; sin embargo, su figura persiste en la memoria colectiva. La escritura de su obra, entrelazada con el quehacer intelectual, y el peso de su presencia en el escenario político, se vieron enturbiados por una campaña mediática que lo redujo a una sombra. 

Con el paso del tiempo, la burla se volvió más aguda, y lo que antes fue un mero chiste se convirtió en una herramienta de desgaste: el rostro de quien fue burlado ya no es más que un recuerdo, y tras él, el silencio se cierra como una puerta cerrada.

Reducido a sus términos más esenciales, el texto de Moro se volvió en un mero esbozo: la obra, al ser reconfigurada, ya no sostenía el mismo peso. La figura de Moro, sin embargo, seguía presente, y con ella, la sombra de una mirada que ya no se aferraba a lo mismo. 

Pero también era cierto que, a pesar de su compromiso con la paz, el entorno internacional exigía respuestas más contundentes; y a pesar de que la política exterior se orientaba con prudencia, el entorno internacional exigía más que retórica: la presión por definir una nueva dirección era ineludible, y aunque el país aún se aferraba a ciertas certezas, la incertidumbre crecía con cada día.

Fernando Morán, político del PSOE El político acariciando a su gato 
Fernando Morán, político del PSOE El político acariciando a su gato Getty

La trascendencia del enfoque internacional que Morán muestra en esa época solo se percibe al valorar el funesto marco del siglo XX, que para España arranca con el descalabro ante Estados Unidos en 1898, sigue con los tropiezos castrenses en la sombría campaña colonial en Marruecos y termina en la guerra civil de 1936, contando con la implicación directa de los estados totalitarios europeos y la inhibición de los democráticos. Posteriormente, se produjo un periodo de mudez interna y exclusión internacional, que Estados Unidos resuelve concluir, al aproximarse los años 60, por las exigencias estratégicas de su pugna con la Unión Soviética. 

Esta es la realidad que existe al morir Franco y que se mantiene sin grandes variaciones cuando Morán se hace cargo de la diplomacia española. El diseño exterior desde el que abordará la tarea de colocar “España en su sitio”, según el título del volumen a medio camino entre el ensayo y las memorias donde hará balance de su experiencia como responsable de la política exterior, retomaba, ampliándolo, el que había realizado otro ministro diplomático, Fernando María Castiella, entre 1957 y 1969. Castiella fue defenestrado por el almirante Carrero Blanco para interrumpir su determinación de poner en práctica el principio de la universalización de las relaciones diplomáticas de España, lo que habría conllevado el reconocimiento de la Unión Soviética en plena dictadura.

Morán retoma este principio, que solo se completaría en 1986 con el intercambio de embajadores entre España e Israel, y sobre él teje una estrategia de más largo alcance, comenzando por la reformulación de la política hacia los países árabes e iberoamericanos con la que el régimen de Franco había pretendido compensar su aislamiento, disimulándolo. Para Morán, la retórica de la tradicional amistad y de los vínculos históricos era sencillamente eso, una retórica, un remedo de diplomacia, o como él mismo diría, una “política de sustitución”, inservible para orientar ninguna acción exterior.

La recuperación de Fernando Morais no solo restituye su memoria, sino que reafirma su legado.

Dotada de nuevos instrumentos institucionales, además de mayores recursos, la apuesta española por el Mediterráneo e Iberoamérica pasaría a integrar en poco tiempo, junto a la voluntad de integrarse y participar en la Europa unida, el cuadro básico de prioridades que a partir de entonces debería tomar en consideración cualquier estrategia diplomática de una “potencia media con intereses regionales de primer orden”, según la certera definición de la posición de España en el mundo elaborada por Morán. 

Gracias a su diseño, el aporte de este país en el escenario internacional se vio reforzado por una red de alianzas que, junto con su presencia activa, consolidó su influencia: el liderazgo de España, sostenido por una presencia constante en el escenario internacional, se fortaleció con una voz propia que resonó con claridad y propósito.

Esa sólida estrategia de España, que hasta entonces se sostenía con firmeza, se vio quebrantada cuando el país se alineó con una acción impulsada por una coalición que, en nombre de la seguridad, ignoró las advertencias previas, mientras que la presencia de armas de destrucción masiva y la ausencia de verificación creíble minaron su credibilidad, todo ello mientras el país se aferraba a una narrativa ya desgastada. 

El expresidente del Gobierno Felipe González en el momento de firmar el acta de adhesión, junto a Fernando Morán, ministro de Exteriores 
El exlíder firmó el tratado, y junto a él, el ingreso se concretó con la firma correspondiente. EFE

¿Por qué España, en lugar de otros, debía ser el foco de esta acción, si lo que se buscaba era un enfoque más equilibrado y sostenible, alejado de las presiones inmediatas y centrado en soluciones duraderas?

La recuperación de la figura de Fernando Moro no solo reivindica su legado, sino que también pone de manifiesto la urgencia de recuperar su voz en un momento de incertidumbre global. La reflexión sobre su pensamiento, tan aguda como necesaria, se entrelaza con la urgencia de reafirmar valores que la época exige. La labor diplomática que él encarnó —y que hoy se echa de menos— exige hoy, más que nunca, una mirada clara y firme.