* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Vivimos en unos tiempos en los cuales estamos obsesionados en proteger todas las oberturas de nuestra vivienda, bien sea con rejas, el interior con alarmas y la puerta de entrada que sea la más acorazada posible y cuantas más cerraduras disponga mejor. Todo esto para dificultar la entrada de los amigos de lo ajeno. Lo peor es cuando uno mismo se deja las llaves en el interior, entonces la faena es para acceder.
Quedan atrás aquellos años que, en los pueblos, la gente dejaba las llaves puestas en la cerradura de la puerta de entrada. Este detalle permitía a los vecinos poder entrar sin tener que esperar a que te abrieran. Claro que esta acción restaba intimidad a los que vivían en su interior, pero era la cosa más normal del mundo, entrar sin llamar.
Esta confianza afianzaba los lazos de amistad entre vecinos, que muchos acudían por el simple hecho de pedir unos ajos, una cebolla, o cualquier ingrediente que, en el momento de cocinar, la ama de casa se encontraba que no tenía.
Y aprovechando que me refiero a los vecinos, otra costumbre que prevalecía era que, cuando uno se mudaba de casa, allá dónde iba a vivir, lo primero que hacía era presentarse a los que serían sus vecinos y se ofrecía para ayudar en todo lo que fuera necesario. Igual que hoy que cuando, sin intención de generalizar, llaman a la puerta del vecino de al lado y la mayoría de las veces este no sabe cómo se llama el que tiene más cercano.
Esta irrupción en casa ajena se aprovechaba, claro está, para hablar y muchas veces la conversación parecía que no tenía fin. A tal efecto existía otro método, que consistía en poner la escoba al revés, los palmitos hacia arriba. Se tenía el convencimiento que de esta manera la visita se marchaba. Ya no me acuerdo de la eficacia de este movimiento táctico, pero mucho me temo que servía de poca cosa. Cuando las que hablaban disponían de facilidad de palabra, igual mujeres que hombres, no había truco que las disuadiese.
Esta irrupción en casa ajena se aprovechaba para hablar y muchas veces la conversación parecía que no tenía fin
Era una época en que algunos mendigos, pocos, pasaban por los pueblos, casi siempre eran los mismos que iban haciendo la ruta y cuando la terminaban la volvían a empezar. Tampoco a ellos les hacía falta llamar, accionaban la llave, pero eso sí no traspasaban el lindar de la puerta y desde esta gritaban: “Ave María Purísima, una caridad por el amor de Dios”. A cuya petición se respondía con una limosna o, sin acercase, le contestaban: Otro día será, hermano. Y el mendigo se iba sin más.
Oto detalle que muestra la fotografía es la persiana enrollable, que al verano se abocaba a la baranda del balcón, proyectando sombra y deja pasar el frescor. De la misma manera que cuando está totalmente abajada, desde detrás, se puede ver sin ser visto. Es lo que pasa en los pueblos pequeños, dónde parece que no hay nadie y todos los vecinos te están viendo. Ahora, gracias a las buenas comunicaciones, de bien seguro que no encontraremos un núcleo habitado sin cruzarnos con nadie en las horas punta.
El observatorio de detrás de la persiana era infalible, al poco tiempo los vecinos sabían que un forastero andaba por las calles. Y a partir de aquí empezaban las cavilaciones, para intentar averiguar el motivo que lo había traído hasta allí.
El observatorio de detrás de la persiana era infalible, al poco tiempo los vecinos sabían que un forastero andaba por las calle
Las puertas con cerraduras, digamos, convencionales, las llaves eran de tamaño normal. Pero las que cerraban las puertas, como la que ilustra el artículo, eran muy grandes por la cual cosa eran difíciles de transportar en los bolsillos. La solución era cerrar y después introducirla en la gatera, que es este agujero circular de la parte baja de la puerta, por dónde entraban y salían los gatos, los de la casa y algún que otro visitante.
Como todo el mundo sabía de esta costumbre, cualquiera podía coger la llave y abrir. Vista la confianza que suponía dejar la llave puesta en la cerradura, incluso la mujer de la casa no se tomaba la molestia de cogerla cuando se iba a comprar, y era de muy mal pensar que acudirían a llevarse la que había detrás de la gatera.
Cualquiera deja hoy puesta la llave, aunque se dice que encontrar la puerta abierta previene de que alguien entre, porque se intuye que los que la habitan están en el interior. Un servidor, por si acaso, no será quien lo pruebe.
Portal y ventana con persiana enrollable, en el núcleo de la Geltrú.
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