* Los autores forman parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Un día nos propusieron una exposición, se trataba de acompañar con un texto una fotografía. Entre muchos de esos textos, había uno que hablaba de un viejo columpio. ¿De dónde sacábamos ese columpio?
Como otros muchos fines de semana, iniciamos un pequeño recorrido, esta vez por El Catllar, con la idea de fotografiar el histórico complejo industrial de papel y textil activo desde el siglo XVIII hasta finales del XX.
A su derecha, un pequeño sendero nos llamó la atención, un camino olvidado que parecía no haber sido transitado en años. Nos adentramos en él, y unos kilómetros más adelante, entre la maleza y la hiedra, divisamos una estructura de hierro que parecía surgir de la tierra misma.
Nos acercamos, y es entonces cuando descubrimos, bajo todas esas hojas, un viejo columpio que parecía haber sido abandonado a su suerte, como si el tiempo se hubiera detenido en ese lugar. Su belleza desgastada, su hierro oxidado, todo en él gritaba “he sido olvidado”, pero al mismo tiempo, su presencia era un grito de orgullo, como si se resistiera a ser borrado de la memoria.
El viejo columpio parecía haber sido abandonado a su suerte, como si el tiempo se hubiera detenido en ese lugar
Esa cámara en mano que siempre acompaña a Pepo es la que inmortaliza ese bello recuerdo, y de nuevo, como muchas veces, las preguntas: ¿por qué está allí? ¿Cómo llegó? ¿Por qué lo abandonaron? ¿Qué historias habrá visto? ¿Qué risas habrá escuchado?
Como siempre, muchas preguntas sin respuesta, pero una imagen que vale mucho más que las palabras. Aquel columpio, olvidado en medio de la nada, se convirtió en uno de los protagonistas de su exposición, y su historia, en una de las más recordadas.
Su belleza desgastada por el tiempo y la naturaleza es un recordatorio de que, a veces, lo más hermoso es lo que se encuentra en los lugares más inesperados, y que la verdadera belleza es la que se encuentra en la imperfección y el olvido.
El viejo columpio de El Catllar.
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