Política

Esto de Rufián

Opinión

Cuando en política alguien insiste en una cuestión que no se podrá realizar y a la que los actores necesarios han negado su participación, la pregunta clave es, ¿qué quiere en realidad? Esa es la cuestión sobre la propuesta de Gabriel Rufián de una alianza de izquierdas plurinacional planteada de espaldas a la dirección de ERC. ¿A falta de candidato mejor, usar la renuncia a la idea como ­trueque para elegir la próxima lista del partido en el Congreso y confeccionarse un grupo parlamentario a medida? Oriol Junqueras no se lo puede permitir. Laminaría su autoridad y generaría descontento interno.

Personalismos al margen, Rufián plantea la alianza para parar a la ultraderecha y porque “lo demanda la calle”. En realidad, el portavoz de ERC confunde el aliento de algunos transeúntes en Madrid y el jaleo en las redes a sus chascarrillos en la tribuna, con la intención de voto. El elector de Algeciras no necesita que Esquerra le represente. En cambio, sí lo necesitan las clases medias de las comarcas de la Catalunya interior que se han despoblado más de un 10% en veinte años —las que siguen el Eje Transversal— y han quedado apeadas del dinamismo económico urbano y costero. Si se inclinan hacia la ultraderecha es porque sienten que aquellos que las representaban han dejado de escucharlos y buscan una solución.

El elector de Algeciras no necesita que Esquerra le represente

Gabriel Rufián, en el Congreso
Gabriel Rufián, en el Congreso

El XXI es el siglo de la identidad. Aquello que condiciona la política en todo el planeta parte de la pregunta, “¿quién soy?”. Un mundo más inestable, con múltiples flujos de información y de personas, empuja a más ciudadanos a buscar refugio y a encontrar certezas en su identidad. Incluso Vox ha acercado su ultranacionalismo a la región en su programa electoral en Aragón defendiendo “el producto aragonés”. Y a nadie puede extrañar que el CHA, la izquierda regionalista aragonesa, se haya disparado. Hoy la identidad suma y diluir un proyecto nacional en una amalgama de siglas es una equivocación.

Por otra parte, el planteamiento de Rufián comparte con las izquierdas españolas de matriz comunista la idealización de los frentes de izquierdas de los años 30, el wokismo y las guerras culturales –planteadas por teóricos radicales que nunca han liderado un partido–, que empantanan sus propias posibilidades de crecimiento. Movilizar a la contra funciona en algún caso (“si tú no vas ellos vuelven”), pero cuando la cesta de la compra se encarece, el salario no paga el alquiler, el trabajo escasea e ir al empleo es una odisea, pedir al ciudadano ir a las urnas “como antídoto a la ultraderecha” es un disparate. El voto ideológico solo se lo pueden permitir los bobos (burgueses bohemios), la militancia y quienes viven del partido.

El combate contra la ultraderecha no es cuestión de candidaturas, ni lemas, ni alianzas de pueblos, sino de políticas a ras de suelo. No es que la propuesta de Rufián no sea bienintencionada, es que su planteamiento es hoy como el iberismo o Galeusca. Sirve para escribir artículos y llenar tertulias, pero nada más.

Etiquetas