Política

Convalecientes y caníbales

El Escaparate

Con un retraso de cinco minutos sobre el horario previsto, el presidente Salvador Illa comparece en el Palau de la Generalitat para oficializar su vuelta a la actividad política después de unas semanas de enfermedad. Más delgado, más pálido y con la voz debilitada, el presidente combina los agradecimientos con una voluntarista promesa de ejecución de todas las medidas que necesita el país.

La contradicción entre las buenas intenciones de su discurso y las crisis que, durante su ausencia, se han acumulado en Catalunya confirma que el abismo entre realidad y ficción se mantendrá como una de nuestras señas de identidad. Quizá tendremos que asumir que también vivimos un proceso de convalecencia en el que, con todo el respeto, se hace difícil creer que cuando el presidente afirma que “estamos preparados para afrontar y resolver cualquier situación” está hablando del mismo país en el que los usuarios de Rodalies, de la sanidad y la educación pública se cuestionan la eficacia de la gestión de los servicios públicos y los límites de su propia indignación.

En la televisión, se han multiplicado los programas que abordan las mismas críticas.

Antonio Villarreal ha estudiado el fenómeno de las tertulias (esta semana publica el libro Tertulianos, un viaje a la industria de la opinión en España , Ed. Península) y ha llegado a la conclusión de que antes los tertulianos eran dramaturgos, actores, escritores y catedráticos y hoy son periodistas, consultores y creadores de contenidos en las redes. En Las manañas (RNE), Villarreal conversa con Juan Ramón Lucas y recuerdan los inicios del género, el éxito de comentar la actualidad y el peligro de convertir las tertulias en un juguete en manos de los políticos o en un monocultivo de la opinión sobre la información.

En la parrilla televisiva abunda la oferta tertuliana, plural o de trinchera, que potencia la polarización como un cebo de audiencia o trampolín de repercusión en las redes. Hace años, comentando el poder adictivo del género, un tertuliano transversal (murió en el 2017), virtuoso de los malabarismos retóricos, me dijo: “La lectura, inspira; las tertulias, aspiran”. Este efecto de aspiradora chupadora se consigue con estrépitos diversos y con la apariencia de un menú degustación que, en la práctica, se transforma en comida rápida, preferentemente caníbal, para satisfacer el ansia no tanto de saber qué está pasando como de vampirizar nuestra atención.

Polònia (TV3) celebra veinte años en antena. Es una proeza que ha coincidido con unos años de intensidad política tan delirantes que a veces ha parecido que la hoja de ruta estaba más en manos de los guionistas y los ideólogos del programa que no de los consellers y presidentes de los sucesivos gobiernos. Lo decía el caricaturista francés Sennep: “El problema con nuestros políticos es que pensamos que los estamos caricaturizando, cuando en realidad estamos pintando su retrato”.

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