Quijote, traidor, precursor
Enfoque
El veto de España a Estados Unidos en Morón y Rota causa sensación en Europa y tendrá consecuencias

El regreso del “no a la guerra español” ha tenido impacto en muchos países: en los medios de comunicación, en la conversación social y en los gobiernos. Quijotismo. Valentía. Escapismo. Traición. Populismo. Determinación. Diversos son los calificativos que he merecido en los últimos días la decisión de no autorizar el despegue de aviones cisterna norteamericanos de las bases de Rota y Morón de la Frontera con destino directo al escenario de guerra en Irán. Un gesto que ha sido multiplicado y engrandecido por la iracunda reacción del presidente de los Estados Unidos.
El diario financiero británico The Financial Times ha definido a Pedro Sánchez como la némesis de Donald Trump. La revista The Economist, biblia del capitalismo liberal anglosajón, ha publicado un artículo de opinión del presidente español titulado “No a la guerra”. Moncloa no podía soñar con esos focos cuando hace unos meses su principal preocupación era el ingreso en prisión de Santos Cerdán y José Luis Ábalos. Los tiempos de la política son hoy impredecibles. Sin la furia de Trump, Sánchez no habría aparecido esta semana en la portada y en los titulares de los principales medios del mundo. Una vez más, Trump ha sacado al presidente español de las aguas pantanosas del debate interno. Veremos por cuánto tiempo. Trump ha regalado esta semana la bandera de España al PSOE.
Quijotismo
En los comentarios elogiosos a la iniciativa española -repito, engrandecida por Trump-, no solo hay aplauso ideológico y político. Hay una significativa admiración por el quijotismo, un arquetipo muchas veces celebrado fuera de España. Un arquetipo que cae bien. El arrebato. La tenacidad frente a lo adverso. Una valentía fantasiosa. El deseo de enfrentarse a los gigantes, aunque sean molinos de viento. Enfrentarse a un imperio con un jefe aparentemente enloquecido. Colocarse a contracorriente cuando los gobiernos de otros países prefieren la ambigüedad o la pasividad, para no buscarse más problemas de los que ya tienen.
Más arriesgado fue retirar las tropas de Irak en abril del 2004, podría argumentarse. El quijotismo de José Luis Rodríguez Zapatero fue más completo. No es lo mismo retirar las tropas enviadas a un país recién invadido, que no autorizar el despegue de aviones cisterna para reponer el combustible de las aeronaves que bombardean Irán. George W. Bush optó por no engrandecer el gesto español en el 2004 para evitar que contagiase a otros países. Los norteamericanos sólo se enfurecieron de manera pública y notoria el día que Zapatero dijo en Túnez que otros países deberían seguir el ejemplo de España. No hubo sanciones, no hubo represalias. Hubo un malhumor cósmico y unas relaciones gélidas. Un mes después de la retirada de las tropas de Irak, España decidió enviar un pequeño contingente de la Guardia Civil a Haití, para dejar claro que no se desentendía de los problemas de este mundo. Después vino Barack Obama y en el 2011, Zapatero, con el agua al cuello, accedió a la ampliación de la base naval de Rota.
Esta vez, Trump ha optado por engrandecer el gesto español, porque no soporta que le lleven la contraria. Esta vez, Sánchez ha dicho claramente que el gesto español debería ser seguido por otros países del mundo. Esta vez, Estados Unidos se juega mucho más en Irán. Trump se juega la presidencia en Irán. El movimiento MAGA, manifiestamente dividido ante una guerra que no figuraba en el programa, se juega su actual hegemonía en el electorado estadounidense. La invasión de Irak acabó provocando terrorismo y una desestabilización todavía mayor de Oriente Medio. Aún no sabemos que traerá consigo el intento de provocar una sublevación en Irán previa destrucción de los centros de poder del régimen islámico surgido de la revolución de 1979.
“Donald Trump y Beniamin Netanyahu solo pueden ganar con una victoria militar aplastante” apuntaba este viernes en Guyana Guardian el diplomático José María Ridao. Todo lo que no sea una victoria aplastante puede convertirse en derrota con el paso del tiempo. Esa victoria aplastante en estos momentos no está garantizada. Y en esas aparece el quijotismo español.
“El Quijote no es solo un libro. Es casi un sistema operativo nacional. El inconsciente colectivo de esta península está cosido con el hilo del honor profundamente impráctico y profundamente necesario de Don Quijote”, escribía ayer el escritor y músico canadiense Troy Nahumko en la publicación digital El Salto.
Trraición
Para la Administración norteamericana, Sánchez es en estos momentos un traidor. Trump no es Bush y la gente que le rodea no es equiparable a los neoconservadores que decían querer expandir la democracia con el uso de la fuerza si era necesario. El propósito de la actual Administración no es expandir la democracia, ni que sea de manera aparente. El concepto “expansión de la democracia” no aparece ahora en los discursos. El nuevo discurso es Imperio y Emporio: dominio y acumulación de recursos. Trump ha dicho que “España es terrible” y algo va a pasar, quizá de manera inminente, quizás más tarde, según cual sea la evolución de la guerra regional que en estos momentos está tomando cuerpo en Medio Oriente.
Zapatero compensó la retirada de Irak con el envío de guardia civiles y policías a Haití, país que en el 2004 había entrado en una situación de caos interno, y que sigue en el caos veintitantos años después. Sánchez ha compensado el veto de Rota y Morón con el envío de la fragata Cristóbal Colón al despliegue naval que diversos países de la Unión Europea están llevando a cabo en aguas de Chipre, el país de la UE más próximo al escenario bélico, que en estos momentos se siente amenazado. El envío de esa nave no es una acción de guerra contra nadie, pero si un gesto que busca evitar que se acuse a España de insolidaridad.
“España perdedora” es el exabrupto trumpiano. Insolidaridad española es el pensamiento frío y poco publicitado de determinados centros de poder alemanes, escandinavos y bálticos ante la negativa del Gobierno Sánchez a incrementar el gasto militar por encima del 2% del PIB. No oiremos exabruptos en alemán en el circuito público. Pero ese pensamiento existe. El actual gobierno federal alemán ha decidido poner en pie el mayor ejército de la Unión Europea. Quiere reanimar la economía transfiriendo cuantiosos recursos públicos a la industria militar. Un sur europeo que se convierta en apóstol del pacifismo no le conviene. No gusta la posición española. Por eso el canciller Friedrich Merz no salió en defensa de España cuando Trump empezó a despotricar el pasado martes en la Casa Blanca. Algo pasará. Y el problema Sánchez no solo lo tiene en Washington.
Contagio
Sánchez, sin embargo, no ha quedado aislado esta semana. No ha quedado aislado en Europa. Este era el principal riesgo que corría. El impacto que la posición española ha tenido en los principales medios de comunicación internacionales no es artificioso y seguramente desborda las previsiones del gabinete de Moncloa. Sánchez puede que haya actuado como precursor de una reacción social europea. Todos los gobiernos encargan encuestas y esta semana hemos visto cómo Emmanuel Macron y Giorgia Meloni se movían, inquietos. Macron empezó la semana cantando La Marsellesa frente a un submarino nuclear en la base naval de L’Île Longue, en un acto en el que se anunció la ampliación y refuerzo del arsenal atómico francés. Macron ha concluido la semana declarando que Francia no se va a involucrar directamente en la guerra de Irán. Algo ha pasado. Han leído los sondeos.
Giorgia Meloni comenzó la semana expresando su simpatía por la acción militar de norteamericanos e israelíes, y la ha concluido afirmado que “Italia no está en guerra”. ¿Qué ha pasado? Meloni también ha leído los sondeos, sobre todo los sondeos referidos al referéndum nacional que tendrá lugar los próximos días 22 y 23 de marzo para ratificar o no una reforma constitucional que reestructura el Poder Judicial en Italia. Una reforma planteada hace más de veinte años por Silvio Berlusconi cuando se sintió hostigado por lo que él denominaba las “togas rojas”. En estos momentos el no vence en los sondeos. La guerra de Irán no ayuda a Meloni y el gesto de Sánchez moviliza a la izquierda. Sánchez es hoy el ídolo de la izquierda reformista italiana. Meloni quisiera ver a Vox en el Gobierno de España. Sánchez es ahora el estandarte de Eddy Schlein, secretaria del Partido Democrático.
Alberto Núñez Feijóo empezó la semana apoyando la acción militar contra el régimen de los ayatolás y la ha concluido escribiendo lo siguiente en las redes sociales “Todos queremos parar la guerra y todos queremos la paz”.
Cuando una iniciativa política cambia cosas de sitio adquiere fuerza.


