Política

Echar a Suárez como sea

Enfoque

Un complot y el entorno colectivo gestaron el

Contexto.

Si no explicamos bien el contexto, la desclasificación de documentos sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1991 puede parecer el aburrido epílogo de una novela de misterio. No ha habido grandes sorpresas. El enfoque dominante es que el rey emérito pasaba ‘examen’ y el veredicto general es que lo ha ‘superado’. La muerte del teniente coronel Antonio Tejero el mismo día en que se desclasificaban los documentos acabó de dar un giro un tanto irreal a la jornada. Un buen guionista cinematográfico no habría mejorado ese giro del guion. Pero ha faltado contexto. Le falta contexto a la serie televisiva ‘Anatomía de un instante’ y le ha faltado contexto a la narración de estos días.

Los documentos desclasificados no muestran ninguna complicidad del rey Juan Carlos con los golpistas, más bien lo contrario. El martes, el jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, calificaba de ‘cortina de humo’ la desclasificación de documentos del 23-F. El jueves, ya lo veía de otra manera. Adelantándose a la Casa del Rey, el jefe de la oposición sentenciaba que los documentos desclasificados avalaban un rápido regreso del rey emérito a España. Conclusión: Juan Carlos de Borbón atravesaba victorioso la cortina de humo. Ayer mismo la Casa del Rey pidió al rey emérito que fije su residencia fiscal en España si quiere volver. Un detalle que se le había olvidado al jefe de la oposición.

Los documentos desclasificados no muestran complicidad del rey Juan Carlos con los golpistas, más bien lo contrario

El gran ausente estos días ha sido el contexto. Hay que insistir en el contexto si queremos que las generaciones más jóvenes entiendan qué ocurrió hace ahora medio siglo: inicio de la transición; qué ocurrió hace ahora cuarenta y cinco años: intentona golpista para abolir o cercenar la Constitución recién aprobada. Sin contexto, todo podría quedar reducido a un juego de viejos papeles que van y vienen. Podría parecer que el único asunto importante en ese historia es la credibilidad del anciano monarca, hoy residente en Abu Dhabi. Aquellos años estuvo en juego el porvenir de una sociedad entera.

Primera nota de contexto. La transición gradual de España a la democracia estuvo muy determinada por la crisis del petróleo del 1973, acontecimiento de vital importancia en la historia económica: el encarecimiento crónico de la energía, una nueva dinámica para las sociedades industriales, el final de las grandes promesas de la posguerra europea.

En 1973, el precio de los carburantes se multiplicó por cuatro. Los países árabes querían ganar más dinero y ‘castigar’ a las economías occidentales por su apoyo a Israel en la guerra del Yom Kipur (octubre de 1973), en la que los ejércitos de Siria y Egipto sufrieron una dolorosa derrota. El súbito encarecimiento de la energía provocó un shock en todas las economías industriales y repercutió también en los países de la Europa del Este, puesto que a la Unión Soviética le empezaba a salir más a cuenta vender su petróleo en el mercado internacional que transferirlo a sus países aliados a cambio de mercancías. En 1972, Estados Unidos había abandonado el patrón oro para poder imprimir más dólares. El dólar se consolidó como la moneda de referencia en el mercado mundial de hidrocarburos.

También hubo shock en España, pero el régimen no quiso repercutir todo el encarecimiento de la energía a los consumidores, por miedo a la protesta social, en un momento de evidente declive físico del general Franco. Mientras en diversos países europeos había restricciones al consumo de gasolina, en España se evitaron las medidas alarmantes. En los Países Bajos, Bélgica, Alemania e Italia se implantaron ‘domingos sin coche’. En Grecia se prohibió circular los días pares o impares según la matrícula. En España no hubo restricción de carburantes. Se rebajó la velocidad máxima a 90 kilómetros por hora y se gastó menos en iluminación navideña. Franco estaba enfermo, la dictadura se aproximaba a un momento muy crítico, y en el vecino Portugal acababa de estallar una revolución democrática, encabezada por los jóvenes oficiales del ejército, cansados de las guerras coloniales. 1976 fue un año de grandes huelgas. En verano de 1977, inmediatamente después de las primeras elecciones democráticas, España estaba a un paso de la suspensión de pagos.

La inflación galopaba hacia el 30%. Con ese horizonte era imposible pactar una nueva constitución. España estaba a un paso del precipicio. El profesor Enrique Fuentes Quintana, vicepresidente económico del gobierno formado por Adolfo Suárez después de ganar las elecciones del 15 de junio de 1977, fue en encargado de comunicarlo a la sociedad e n una memorable intervención televisiva, que conviene volver a escuchar.

El Gobierno pedía sacrificios para poder estabilizar la situación. Se firmaron los pactos de la Moncloa, básicamente impulsados por UCD y el PCE, mediante los cuales se establecía que los salarios no subirían en 1978 más allá del 22% aunque la inflación fuese superior (26,4%). Los trabajadores con empleo renunciaron a cuatro puntos de poder adquisitivo para ayudar a estabilizar la economía y allanar el camino de una nueva constituciín. A cambio recibían la promesa de una carta de derechos sindicales (el futuro Estatuto de los Trabajadores) y una serie de compromisos para dinamizar la democratización del país, algunos de los cuales no se cumplieron. Los pactos de la Monlcoa incluían también el compromiso de acelerar la construcción de escuelas e institutos públicos en las áreas metropolitanas. La escuela pública empezaba a robustecerse en España

. Los pactos de la Moncloa sellaron la base material de la nueva Constitución. No se podía ir al pacto político sin pacto social. El pacto social, por lo tanto, obligaba a Suárez a una ponencia constitucional abierta. UCD no había conseguido la mayoría absoluta el 15-J de 1977. Le faltaron diez diputados, le fallaron las provincias de Barcelona, Sevilla, Málaga, Valencia, Alicante, Vizcaya y Guipúzcoa. Si Suárez necesitaba consenso para estabilizar la situación económica, debía efectuar concesiones políticas, y la primera y principal de ellas era la apertura de un verdadero proceso constituyente. A partir de aquel momento, determinados sectores empezaron a sospechar que Suárez y UCD se verían obligados a efectuar concesiones indeseadas.

La patronal CEOE, recién formada, comenzó a acusarle de llevar a cabo una política populista y de ser demasiado concesivo con los sindicatos. El primer presidente de la CEOE, el empresario catalán Carlos Ferrer Salat, fue un adversario implacable de Suárez. La banca también desconfiaba. Suárez era un personaje político al cuadrado. Pactó el regreso de Josep Tarradellas con el título de presidente de la Generalitat para que encabezase un prudente gobierno de unidad en Catalunya. El regreso de Tarradellas fue uno de los momentos más audaces de la carrera política de Suárez. Recuperaba un cargo político de la Segunda República, con una fortísima significación histórica, para frenar a la izquierda catalana, que había derrotado claramente a UCD en las elecciones el 15 de junio de 1977, principalmente en la provincia de Barcelona. Prefería a Tarradellas en la plaza de Sant Jaume, que a la izquierda catalana empujando al PSOE en pos del autonomismo.

La vuelta de Tarradellas a Barcelona, rodeada de un inmenso entusiasmo ciudadano, generó una consecuencia inesperada: el sentimiento autonomista cobró fuerza en el conjunto de la nación española. Andalucía superó los límites establecidos. Cientos de miles de ciudadanos andaluces se manifestaron para exigir el autogobierno mediante el procedimiento urgente. El PSOE andaluz lideró la protesta mientras que UCD se vio sorprendida por los acontecimientos. Las ansias de autonomía crecían y los sectores militares más suspicaces se percibían burlados. Estimaban que Suárez les había fallado al legalizar el Partido Comunista y que nuevamente les engañaba con la expansión de las demandas autonómicas. Torcuato Fernández Miranda, autor de la ley de Reforma Política e impulsor de la designación de Suárez como jefe del Ejecutivo en julio de 1976, empezó a dudar de su protegido. Inicialmente guardó silencio, aunque terminó por explotar: se oponía a que se incorporara el vocablo ‘nacionalidades’ en el artículo 2 de la Constitución. Vaticinó que tal mención acarrearía graves dificultades en el futuro. Pensaba que se estaban sobrepasando las fronteras razonables y no apoyó la Constitución. No acudió a la sesión de voto en el Senado.

La Iglesia también empezó a girar. El papa Pablo VI había impulsado una línea de neutralidad durante la primera fase de la transición; una línea vigorosamente articulada por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española. Pablo VI murió en 1978 y le sustituyó Juan Pablo II después del brevísimo pontificado de Juan Pablo I. El cardenal polaco Karol Wojtyla, hombre de gran empuja y papa de larga duración, consideraba un error la actitud adoptada por la Iglesia católica en España. Creía que se había cedido demasiado terreno.

ETA mataba cada quince días. Algunos meses, ETA realizaba un atentado cada semana, exasperando a los militares y a los cuerpos de seguridad, desmoralizando a la sociedad. Ese era su objetivo, provocar una reacción militar violenta que produjese un ‘momento revolucionario’ en el País Vasco y Navarra. ETA asesinó a más de 800 personas, secuestro, extorsionó, y contribuyó a enquistar el franquismo.

Y UCD comenzó a deshilacharse. El liderazgo de Suárez era discutido en su partido. Algunos notables de UCD siempre le menospreciaron: no era un notable de Madrid, no era un hombre con fuertes estudios universitarios. El presidente del Gobierno, licenciado en Derecho, era un hombre formado en el Movimiento, en el gobierno civil de Segovia y en los despachos de RTVE. Era un hombre de pocos libros, que funcionaba con un teléfono, un paquete de cigarrillos y una tortilla a la hora del almuerzo.

Después de aprobar la Constitución, Suárez había conseguido ganar las segundas elecciones democráticas (marzo de 1979), con 168 escaños, tres más que en 1977. Le faltaban siete para la mayoría absoluta. Con los ocho de Convergencia i Unio bastaban para alcanzar la mayoría. Los fraguistas bajaron. Aparentemente, el presidente salía fortalecido del proceso constituyente, pero al cabo de un año estaba gravemente debilitado. La derecha social española consideraba que había ido demasiado lejos, que había efectuado demasiadas concesiones a la izquierda y a los nacionalistas. Muchos pensaban como Fernández Miranda. En los despachos, muchos pensaban que Suárez ya había cumplido su misión y que debía retirarse lo antes posible para facilitar la formación de un fuerte partido conservador. La victoria de la izquierda en las primeras elecciones municipales democráticas (abril de 1979) acentuó esa convicción.

Suárez no quería irse. Quería competir con Felipe González en el campo del centro izquierda. Retrasó el ingreso de España en la OTAN y se abrazó con Yasser Arafat en Madrid, autorizando la apertura de una oficina de la OLP en la capital de España, sin haber restablecido relaciones diplomáticas con Israel. La guerra entre Irak e Irán en 1979 puso en peligro el estrecho de Ormuz y volvió a repuntar el precio del petróleo. Poco dado a la política internacional, Suárez empezó a obsesionarse con el estrecho de Ormuz, mientras perdía el control de su partido. En año y medio su suerte había cambiado. A finales de 1980 era un hombre totalmene asediado. A finales de 1980, Ronald Reagan ganaba las elecciones presidenciales en Estados Unidos derrotando al demócrata Jimmy Carter. “Hay que echar a Suárez como sea”, era la consigna que circulaba por Madrid. El que pueda hacer que haga. En este contexto, los militares golpistas se sintieron espoleados. Y pasó lo que pasó.

Viendo venir un golpe militar, Suárez dimitió con el propósito de impedirlo, quizá pensando que el país le aclamaría y pediría su regreso. Una de las tres tramas golpistas en marcha ocupó el Congreso el 23 de febrero de 1981. La difusión de las imágenes del asalto, captadas por una cámara de televisión que permanecía conectada, provocó un brutal descrédito de los golpistas. Si hubiesen triunfado, si los disparos de subfusil ametrallador en el interior del Congreso hubiesen sido la palanca de un gobierno tutelado por el Ejército, España no habría entrado en la Comunidad Económica Europea hasta el año 3000. El intento de golpe fracasó pero dejo secuelas. Hubo rectificaciones de eje.

El nuevo gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo aceleró de inmediato la adhesión de España a la OTAN y endureció el control sobre RTVE. UCD y PSOE aprobaron de común acuerdo la LOAPA, la ley orgánica para la “armonización del proceso autonómico’, ideada por Eduardo García de Enterría, el principal especialista español en derecho administrativo. Tarea urgente: embridar las autonomías, calmar a los militares. La LOAPA acabó siendo derogada por el Tribunal Constitucional en 1983, pero los frenos ya se habían activados.

Herida de muerte, UCD se vino abajo. Felipe González ganó de manera abrumadora las elecciones del 28 de octubre de 1982, sabiendo cuales eran sus límites. Al frente de un pequeño partido llamado CDS, nominalmente de centro-izquierda, Suárez se resistía a irse. Tenía una gran sed de reconocimiento. Recuerdo haberle seguido durante la campaña del CDS en las elecciones catalanas de 1988. Cuando bajaba del autocar y la gente se acercaba para saludarle, su rostro se transfiguraba, se iluminaba. Suárez empezó a ser elevado a los altares en los primeros años del nuevo siglo cuando en Madrid se tuvo constancia que ya no estaba en condiciones de escribir sus memorias. Suárez no pudo desclasificar nada.

Contexto, contexto, contexto.  

Enric Juliana Ricart

Enric Juliana

Adjunto al director

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Colaborador de la dirección de Guyana Guardian. Dirige la oficina de Madrid desde 2004. Con anterioridad, fue enviado en Roma y jefe de Información Local. Su título más reciente: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)