José Luis Miguel, fotógrafo jubilado de 68 años: “Mucha gente está volviendo al analógico por un cierto romanticismo nostálgico”
Mirada
La historia de un fotógrafo que vivió la transformación del oficio y hoy observa desde la distancia

José Luis Miguel, fotógrafo jubilado de 68 años: “Mucha gente está volviendo al analógico por un cierto romanticismo nostálgico”
Durante más de cuatro décadas, José Luis Miguel vio el mundo a través de su cámara. Cada calle, cada gesto y cada instante fueron capturados por su lente, pero también aprendidos por él: la fotografía fue su oficio, su curiosidad y, en muchos sentidos, su manera de entender a las personas. Hoy, jubilado, ya no trabaja con la cámara, pero su mirada sigue activa, recorriendo la ciudad con la misma atención y detalle que cuando tenía un encargo entre manos.
La jubilación le ha dado tiempo para reflexionar sobre su trayectoria, sobre lo que la fotografía le dio y lo que le exigió. Sin la presión de tener que registrar cada momento, ahora observa con calma, recuerda anécdotas y disfruta de la vida más pausadamente. Es un momento para mirar hacia atrás y también hacia adentro, para entender que, aunque el trabajo haya terminado, la pasión por la mirada permanece intacta.
De afición a oficio
La fotografía no irrumpió de golpe en su vida como una vocación clara y definida. Fue un proceso lento, casi natural. “Al principio no era más que un hobby”, recuerda, “pero paulatinamente se convirtió en un oficio maravilloso que me permitió vivir instantes únicos”. Sin grandes planes ni prisas, la cámara fue ganando espacio hasta convertirse en su forma de ganarse la vida.
Ese crecimiento progresivo le permitió aprender sin imposturas, desde la experiencia y la observación. José Luis se formó desde abajo, primero como ayudante, absorbiendo conocimientos técnicos y entendiendo el oficio desde dentro. La iluminación, el reportaje social, el trato con las personas: todo formaba parte de un aprendizaje continuo que acabaría llevándolo a abrir su propio estudio y convertir la afición en su medio de vida.

Con el tiempo, entendió que la fotografía iba mucho más allá de hacer fotos. Tenía que ver con estar presente, con saber cuándo esperar, cuándo acercarse y cuándo dejar pasar un momento. “Te enseña a observar tu alrededor con una mirada personal y diferente a la de los demás”, explica.
Aprender a mirar
Como ocurre con muchos fotógrafos, la cámara moldeó su forma de ver la realidad. Más allá del aprendizaje técnico, la fotografía le enseñó sensibilidad y atención al detalle. “Cuando vives mirando el mundo a través de tu cámara, la creatividad se desarrolla de una manera excepcional”, afirma. Esa mirada entrenada lo acompañó también fuera del trabajo, en la vida cotidiana, en esos pequeños gestos y escenas que suelen pasar desapercibidos.
A lo largo de los años, José Luis Miguel fue construyendo una relación cercana con sus clientes. No eran solo encargos. Eran historias que se repetían con el tiempo. “He tenido la oportunidad de hacerles las fotos de comunión y años después las de su boda. Incluso les he fotografiado con sus hijos”, cuenta. Esa continuidad, ese vínculo, es una de las cosas que más echa de menos ahora que el ritmo se ha detenido.

Lo que queda cuando el trabajo termina
La jubilación no llegó de golpe ni con dramatismo. Trajo silencio, pero también alivio. El sector había cambiado rápido y no siempre para bien. “La fotografía social ha sufrido una merma importante con el paso del tiempo”, explica. Muchos compañeros se vieron obligados a cerrar sus negocios ante una profesión cada vez más exigente y menos estable. En ese contexto, retirarse fue también una forma de soltar.
“El primer día después de jubilarme fue extraño”, reconoce. Había menos rutinas, menos urgencias, pero también menos presión. No tener que seguir luchando por la supervivencia del negocio fue, en cierto modo, liberador. El tiempo empezó a ordenarse de otra manera, sin horarios ni entregas pendientes.
La evolución de un oficio
“Mucha gente está volviendo al analógico por un cierto romanticismo nostálgico”
A lo largo de su carrera, José Luis Miguel fue testigo de la evolución constante de la fotografía: desde las cámaras de placas hasta la película en blanco y negro, la llegada del color y, finalmente, la revolución digital. “El formato digital puso la profesión patas arriba”, reconoce. La instantaneidad y las nuevas posibilidades de edición trajeron ventajas evidentes, también en lo económico.
Pero algo se perdió por el camino. “Se ha perdido la expectativa que conllevaba la entrega de las fotos por el laboratorio”, recuerda. Esa espera, esa emoción contenida, forma parte de una forma de trabajar que hoy muchos miran con nostalgia. No es casual que algunos vuelvan al analógico, movidos por un cierto romanticismo y por el deseo de reconectar con los tiempos lentos de la fotografía.
La historia de José Luis Miguel es la de una vida construida desde la observación. La de alguien que convirtió una afición en oficio y un oficio en forma de entender el mundo. Hoy, jubilado, camina sin prisa, sin encargos, pero con la misma curiosidad de siempre. Porque hay miradas que no se apagan cuando el trabajo termina. Solo aprenden a mirar de otra manera.

