Lorena Marín, tatuadora: “Un estudio puede llegar a facturar 18.000 euros al mes, pero luego casi la mitad se va en gastos”
El negocio del tatuaje
Algunos negocios de tatuajes facturan millones, pero muchos otros sobreviven al límite
Lorena explica cómo es el negocio del tatuaje por dentro, entre pasión, precariedad e intrusismo

Lorena asegura que la industria del tatuaje es muy sacrificada, aunque mucha gente piense que no

Durante muchos años, el boom del tatuaje ha llenado brazos, espaldas y, sobre todo, las redes sociales de todos aquellos que, orgullosos de sus nuevos acompañantes de por vida, comparten en su perfil cómo ha quedado su nuevo diseño. También ha alimentado la idea de que tatuar es un camino rápido hacia el dinero fácil, pues existen decenas de estudios que facturan miles de euros al mes, listas de espera y precios que sorprenden incluso al propio cliente. Pero detrás de la aguja, explica Lorena, tatuadora y propietaria de un estudio, hay una realidad mucho más compleja. “Se puede vivir bien, sí, pero no como la gente se imagina”, resume en el canal del y outuber Adrián Martín.
Lorena empezó a tatuar en 2008, cuando no había tutoriales ni cursos online. Venía del diseño gráfico y aprendió a base de prueba y error, tatuando gratis a clientes de una peluquería para practicar. “Aprendí a base de cagadas”, reconoce. Hoy dirige su propio estudio, da trabajo a otros profesionales y forma a futuros tatuadores. Pero el camino, insiste, no tiene nada de glamur.

A nivel de negocio, “un estudio puede generar entre 14.000 y 18.000 euros al mes”. La cifra impresiona, hasta que llegan las restas. “Entre alquiler, luz, agua, seguros, gestión de residuos, impuestos… los gastos mensuales se van fácilmente a 6.000 o 8.000 euros”, detalla. La rentabilidad existe, pero solo si hay volumen, constancia y una clientela fiel.
El negocio del tatuaje
El precio de la piel
El precio de un tatuaje no es arbitrario. Lorena trabaja con mínimos de entre 50 y 60 euros, y una sesión completa puede alcanzar los 500 euros, sin garantía de terminar el trabajo ese mismo día. “La gente ve el precio, pero no ve las horas, el material ni la responsabilidad”, explica. En un tatuaje pequeño, tras gastos e impuestos, el margen real puede quedarse en apenas 20 euros.
Ha habido excepciones. Una de las más llamativas: “Cobré 600 o 700 euros por cuatro palabras”. No por el tatuaje en sí, sino por el desplazamiento, la confidencialidad y el contexto. “Pagaron el servicio, no el dibujo”, dice. Son casos puntuales que alimentan el mito, pero no la norma.
El negocio del tatuaje
Intrusismo y precios a la baja
Uno de los grandes problemas del sector es el intrusismo. “Hay gente tatuando en casa por 10 euros, sin seguros, sin higiene y sin control”, denuncia. Esa competencia desleal presiona los precios y, según Lorena, pone en riesgo la salud del cliente. “Aquí todo es desechable. En una casa no sabes dónde va la aguja, ni si se reutiliza”, advierte.

Para el cliente, la recomendación es clara: observar. “Que abran la aguja delante de ti, que preparen la tinta delante de ti y que no toquen nada fuera de la zona de trabajo”, explica. Según ella, son los pequeños detalles que marcan la diferencia entre un estudio profesional y una ruleta rusa sanitaria.
El negocio del tatuaje
No todo es talento (ni dibujo)
Lorena también desmonta otro de los mitos más conocidos, y es que “no hace falta saber dibujar para tatuar”. Lo esencial, explica, es el pulso, la técnica y el conocimiento de la piel: “Si quieres diferenciarte por estilo, sí, pero tatuar bien va más allá del dibujo”. De hecho, sostiene que los tatuajes pequeños son los más difíciles: “Si cura bien, es porque eres un buen tatuador”, asegura.
En sus más de 17 años de experiencia, Lorena asegura que también ha aprendido a decir no: “Si no conecto con el cliente, prefiero no tatuar. Voy a estar incómoda y eso se nota”. Porque tatuar no es solo pinchar: es escuchar, acompañar y sostener horas de intimidad con alguien que confía su cuerpo.

El negocio del tatuaje
Arrepentirse también es negocio
El auge del tatuaje ha traído otro mercado en crecimiento: la eliminación. En su estudio, alrededor del 30% de las sesiones son para borrar tatuajes. “La gente se arrepiente, cambia o ese tatuaje ya no la representa”, explica. Cada eliminación requiere entre 8 y 12 sesiones, y nunca se garantiza un borrado total.
En cuanto al futuro, Lorena lo mira con una idea clara: profesionalizar el sector, es decir, formar mejor, regular más y poner límites. “Todos deberíamos cobrar un mínimo. Si no, esto se devalúa”, explica. Porque tatuar puede ser arte, pero también es empresa. Y, sobre todo, una responsabilidad que va mucho más allá de la tinta.