Natalia Sáiz, 53 años, hostelera madrileña: “Compré una casa centenaria en un pueblo de 20 habitantes en Burgos y limpiando descubrí una colección de arte en unas tablas de madera”
En Burgos
Descubrió una colección de cuadros del artista Lorenzo Pérez Arenas. Aunque su talento no fue reconocido en vida, Natalia le ha dedicado un museo en el portalón de su hogar, donde exhibe todas sus obras

Selfie de Natalia Sáiz

Una vieja casa en Quintanilla de Santa Gadea, Burgos, escondía un hallazgo entre sus paredes antiguas y el polvo acumulado de un hogar ya deshabitado. En 2022, Natalia Sáiz, madrileña de nacimiento, decidió echar raíces en Burgos, el pueblo de sus abuelos. Compró la casa para convertirla en su nuevo hogar y, allí, encontró una colección de cuadros del antiguo propietario: Lorenzo Pérez Arenas. Apasionado por la pintura, Pérez Arenas no alcanzó el éxito en vida, pero Natalia recibió sus obras con un valor sentimental que decidió destacar.
Ilusionada con su descubrimiento, Natalia limpió los cuadros, cubiertos de polvo y suciedad, para devolverles la vida. Así nació, dentro de la misma casa, un pequeño museo dedicado al pintor, donde hoy se exponen todas las obras que había en aquel desván olvidado. Mientras tanto, Natalia sigue trabajando en hostelería, pero su verdadera pasión por el arte la impulsa a mantener vivo el legado de Lorenzo Pérez Arenas.

¿Cómo era la casa cuando la compró?
Era una casa muy típica de la zona, de tres plantas, con cuadra, pajar y un gran portalón que antiguamente servía para guardar carros y aperos. Estaba rodeada de jardín. Nadie vivía allí, aunque los propietarios, que tenían otra casa en el pueblo vecino, Santa Gadea, la cuidaban con esmero. La distribución conservaba la estructura de antaño, con numerosas habitaciones y muebles de los años sesenta y setenta. Con mis hermanos y mi hija realizamos algunas reformas, pero no tocamos el gran portalón, que ocupa unos 100 metros cuadrados.
La casa tiene aproximadamente 400 metros cuadrados. Al cabo de dos años, decidí limpiar aquel portalón tan amplio, que estaba lleno de saltillos, tablas viejas, ventanas antiguas y maderas. Con la ayuda de un amigo, empezamos a bajar tablas una tras otra. Y en una de ellas, noté un color rojo. Me detuve y dije: “A ver qué es esto”. Con un trapo empecé a frotar, frotar… y fue como quien frota una lámpara mágica porque apareció el primer cuadro. Eran unos zapatos turquesa con lo que parecían dos rosas. Al limpiar por detrás, descubrí también el título, la fecha y el autor. Estaban pintados sobre tablas. Sí, mis cuadros están en tabla. Y así, poco a poco, fui descubriendo más obras.
Siempre he sido muy creativa y he tenido un recorrido bastante agitado, así que estos cuadros me tocaron de lleno
¿Qué eran exactamente esas tablas?
Pues era donde antiguamente viajaba la mercancía. Cuando la mercancía venía a las tiendas o la mercancía que viajaba por barco, viajaba en cajas de madera. Y entonces este señor usó las tablas. Además, en algunas de ellas todavía aparece la etiqueta, pues una de ellas es de cigarrillos. Yo no las iba a limpiar, las iba a coger para madera o leña. No sabía que se trataba de obras hasta que vi este primer color turquesa. Empecé a frotar y aparecieron unos zapatos de mujer, un florero… en la firma ponía Lorenzo Pérez Arenas, 1975.
De primeras pensé: “Ostras, Natalia, te has encontrado un tesoro”. Me quedé alucinada. Cogí todos aquellos cuadros, los saqué al patio y, como vi que el polvo no se iba con agua, probé con un chorro fino de la manguera. Empecé a rociarlos y entonces comenzó a caer toda la suciedad; poco a poco, los cuadros fueron apareciendo ante mis ojos. No me lo podía creer. Como era invierno, aquella noche los guardé en la cuadra y pasé tres días dándole vueltas, todavía en shock, repitiéndome: “Natalia, qué maravilla…”.

¿Quién era Lorenzo Pérez Arenas?
Cuando hizo las obras, él no era conocido; después, sí llegó a serlo aquí en la zona. Pero verás, me fui a Santa Gadea y le pregunté a Jesús y a Desi, quienes me vendieron la casa: “¿Quién es este Lorenzo Pérez Arenas?” Entonces Jesús me dice: “Anda, pues era mi tío”. Y comenzó a contarme la historia de su tío. Me explicó que no solo pintaba, sino que también escribía poemas, coplas, pasodobles… y me mostró algunos de sus escritos. Ellos sabían que tenían a alguien en la familia con talento, pero… bueno, estas cosas a veces no se les da mucha importancia. No supieron muy bien qué hacer con todo eso y, al final, dejaron los cuadros ahí, como quien deja un carretillo o un rastrillo.
A mí, sin embargo, me llamó mucho la atención. Siempre he sido muy creativa y he tenido un recorrido bastante agitado, así que estos cuadros me tocaron de lleno. Me gustaban mucho. Les conté que los había encontrado en el portal y me dijeron: “¡Qué bien!” Yo les comenté que los iba a limpiar y a preparar algunas exposiciones, a ver qué pasaba, porque tal vez solo me gustaban a mí. Recuerdo que un vecino que me vio limpiarlos dijo: “Anda, tira esas tablas, estarán mejor para leña”. Y yo pensé: no, no quiero. Me las quedo.
Después de una vida recorriendo lugares con mi hija, encontrar esta casa era como haber encontrado un sitio donde plantar raíces
¿Qué sintió al darse cuenta de lo que había encontrado?
Para mí fue como encontrar un tesoro. Descubrí a una persona excepcional, Lorenzo, y pude desmitificar un poco su historia. Quería darlo a conocer en el pueblo. Cuando limpié los primeros 20 o 30 cuadros, organicé una exposición aquí, en este pequeño pueblo del norte de Burgos, donde vivimos unas 20 o 25 personas. Hice unos carteles, los pegué por el pueblo, y el día de la inauguración vinieron varias personas, incluso algún familiar suyo. Les conté lo que había encontrado y la gente del pueblo, que lo recordaba de niño, me habló de Lorenzo. Contaban que lo recuerdan pintando, siempre divertido, que daba caramelos a los niños que iban a su casa a pintar con él. Poco a poco, empezamos a recomponer su historia. La exposición tuvo buena acogida.
Después hice otra exposición en Medina de Pomar, en el Ateneo, con más material. Inlcuí escritos que me enviaron sus sobrinos, poemas, nanas y fotografías. Descubrí que Lorenzo nació en 1918 e incluso participó en la Guerra Civil. En 1947 viaja a México, frustrado porque intentó vender una obra de teatro en Barcelona sin éxito, y además le plagian una de sus obras. Ya escribía desde 1939, tengo algunos de sus primeros textos, entre ellos un romance dedicado a un amigo fallecido en la guerra, muy entrañable. Con el tiempo comprendí que Lorenzo no solo pintó esos cuadros que encontré en 1975, sino que era un verdadero artista. Él se consideraba así, pero en vida nunca fue valorado, ni en España ni en México.

¿Cuántos cuadros pintó Lorenzo en total y cuántos logró recuperar para el museo?
Bueno, todo esto ha ido descubriéndose poco a poco. Uno de los escritos que me pasó un sobrino, titulado “Pequeña historia”, habla justamente de esto y está fechado por el museo. Cuenta que, poco antes de empezar a pintar, Lorenzo ya había colocado un gran letrero delante de su casa que decía exactamente: “Gran Museo Internacional de Quintanilla, a una peseta la entrada”. Cuando encontré todo esto, no fue que decidiera crear el museo por él; yo ya había decidido hacer uno por mi cuenta. Le dije a Jesús: “Tengo muchos cuadros y creo que merecen ser expuestos. Además, el espacio es lo suficientemente grande para un museo”. Y así comenzamos.
En el escrito que encontré, Lorenzo, contaba que había un total de 260 cuadros con títulos antiguos. De esos, yo solo pude recuperar unos 96. El resto, probablemente se perdieron… algunos se quemaron, otros se tiraron o se usaron para tapar agujeros. Incluso el año pasado descubrimos, en lo que parecía una ruina, una puerta enorme de roble con un Cristo pintado, también obra de Lorenzo. Un vecino me la ofreció diciendo: “Míralo, llévatela a tu casa”. Todo esto ha sido un poco como una serie de coincidencias. Siento que Lorenzo me iba dejando pistas. Me daba el nombre del museo, las obras aparecían de manera inesperada… En cierto modo, parecía querer que se encontraran con la siguiente generación.
¿Qué conexión siente con Lorenzo?
Por mi parte, siempre he sido artista también. Viví 15 años en Francia, pinté muchos cuadros y trabajé como artesana, aunque nunca tuve la oportunidad de dedicarme plenamente a ello ni de que se reconociera mi trabajo. Siento que fue una señal de la vida, o de Lorenzo. Es como si algo me hubiera guiado para que yo encontrara esta casa, descubriera todo esto y, encima, pudiera realizar el sueño. Para mí es muy importante, es cumplir el sueño que Lorenzo quiso.

Natalia, ¿cómo conecta esto con su historia personal?
Bueno, yo soy de Madrid y, con 19 años, me fui a Francia. Empecé trabajando en un comercio similar al de Madrid y, más tarde, pedí un traslado a Lyon, donde estuve cinco años. Allí conocí al padre de mi hija y, juntos, nos trasladamos a Marsella, donde viví diez años. Luego nos separamos y decidí abrir un comercio propio. Todos me decían: “¿Cómo vas a abrir una tienda aquí?”… pero lo hice de todas formas. Abrí este comercio en Marsella y, bueno, yo siempre he sido un poco loquilla. He hecho mucho lo que he sentido en cada momento, me gusta seguir mi instinto y lanzarme a ello. A veces me sale bien y otras no, pero todas esas experiencias han sido esenciales en mi vida.
Cuando hice este descubrimiento me encontraba en un momento en que había tenido que salir del pueblo de mis abuelos, que para mí era como mi casa. Encontrar esta casa me gustó mucho. Después de una vida recorriendo de un lugar a otro con mi hija, para mí era como haber encontrado un sitio donde plantar raíces. Ya tenía ganas. Por aquel entonces tendría unos 45 o 46 años, y necesitaba encontrar un lugar estable. Es verdad que es una zona muy rural y no siempre puedes dedicarte a lo que te apasiona. Trabajo en hostelería, cuidando a personas mayores, limpiando casas, haciendo jardines… son los trabajos que hay aquí y los que me permiten seguir viviendo. Pero lo creativo lo llevo en la sangre.



