No puede ser normal que desaparezcan series por miedo a Donald Trump
Autocensura
Después de la cancelación de 'Reclutas' en Netflix, toca plantearse si algún día llegaremos a ver 'The Savant' de Jessica Chastain en la plataforma de Apple

Jessica Chastain, contraria a posponer el estreno de 'The Savant'.

Cuando el clima de excepcionalidad se prolonga en el tiempo, la ciudadanía puede asimilarlo con naturalidad y resignación: puede reescribir esa realidad en el cerebro como la nueva normalidad y no una anomalía ante la que se debe resistir. Pero, en el caso de los Estados Unidos, no debería haber nada de normal en la claudicación de las plataformas de contenidos y medios de comunicación ante las amenazas y críticas de Donald Trump. Y, entre las víctimas colaterales del clima censor y autoritario, todavía está The Savant.
Lo hemos contado antes y, desafortunadamente, quizá lo tendremos que volver a publicar. La miniserie producida y protagonizada por Jessica Chastain debía estrenarse el 26 de septiembre pero fue pospuesta por culpa del asesinato de Charlie Kirk, el lobbista de ultraderecha, el 10 de ese mismo mes. No sirvió de nada que la actriz oscarizada defendiera la necesidad de mantenerse fieles a la fecha de estreno inicial. Desde Apple comunicaron lo siguiente: “Después de reflexionarlo detenidamente, hemos tomado la decisión de posponer The Savant”.

El tema era sensible porque la creadora Melissa James Gibson, a partir de un reportaje publicado por Cosmopolitan, contaba en The Savant el trabajo de las personas que se dedican a identificar posibles terroristas domésticos en los foros y chats de ultraderecha, y las redes sociales. El asesinato del lobbista de ultraderecha pareció dar miedo a los directivos de Apple. ¿Qué iban a decir en el entorno republicano de una serie sobre el terrorismo de ultraderecha cuando precisamente acababan de matar a Kirk? Mejor no estrenarla.
Cuatro meses más tarde, sin embargo, llama la atención que The Savant continúe sin fecha de estreno (en la web de Apple pone que llegará “próximamente”), sobre todo cuando las plataformas y canales se autocensuran cada vez más. La semana pasada, por ejemplo, pareció constatarse una hipótesis: Netflix ha cancelado Reclutas, una comedia dramática crítica con el ejército de los Estados Unidos, para satisfacer a la administración actual después de que el Pentágono criticó la producción. Ya no hay una mentalidad de “si molesta al poder, señal que tendremos más repercusión”: hay que andarse con cuidado.
Esta clase de decisiones que se acumulan, al igual que el despido de Stephen Colbert, la eliminación de un personaje trans de En la victoria o en la derrota de Pixar o las indemnizaciones cuestionables al presidente, son inquietantes por la forma en la que los medios de comunicación y las plataformas de streaming ceden ante unas presiones que son cualquier cosa menos democráticas. Pero nos obligan, además, a colocarnos unas gafas especialmente críticas a los espectadores.
Si una plataforma como Apple TV no se atreve a estrenar The Savant para no molestar a Trump, si Netflix cancela una serie fantástica como Reclutas porque no vende la imagen correcta del ejército americano, de repente se extiende una sombra de sospecha ante cualquier obra de ficción que se produzca a partir de ahora. ¿Cómo se supone que los guionistas deben crear en libertad si temen ser cancelados? ¿Cómo debemos asumir como normal que, en el presente, las series sean canceladas o metidas en un cajón por no transmitir mensajes aceptados por el gobierno?
¿Cómo se supone que los guionistas deben crear en libertad? ¿Cómo debemos asumir como normal que las series sean metidas en un cajón por no transmitir mensajes aceptados por el gobierno?
Sería ingenuo pensar que las presiones políticas no han sido siempre una realidad, incluso en presuntas democracias, pero lo que está ocurriendo en Estados Unidos ya entra en otro terreno. Como efecto colateral, está por ver cómo serán las series de los próximos años, cómo se nota la autocensura y cómo intentan coexistir con el nuevo orden político, social y moral del país. Pongamos un ejemplo fácil relacionado con el cine. ¿Hoy en día Disney daría luz verde a películas como Elemental o Wish, que son obras pro-diversidad y pro-inmigración, en el sentido que apuestan por la concordia y la empatía en sociedad diversas?
Y, de fondo, nuevos debates tras un siglo de predominio de Hollywood en el audiovisual. ¿La realidad estadounidense y la conciencia de las nuevas presiones políticas afectarán la forma en la que nuestra mirada procesa las producciones salidas de su industria? ¿Contribuirá a la búsqueda de otras perspectivas nacionales por parte de un sector del público que había comprado la idea engañosa de que el audiovisual de Hollywood era la norma y no una herramienta de soft-power además de artística?
