Esta serie es más que tórrida: es un fenómeno cultural
Estreno inminente
'Más que rivales' se ha convertido en la serie de moda gracias a una de las historias de amor mejor construidas de la televisión

Hudson Williams y Connor Storrie.

Durante la pandemia, un amigo le recomendó al director y guionista Jacob Tierney que descubriera el fantástico mundo de la literatura smutty. Son aquellas novelas con un alto contenido sexual y explícito. Él eligió la saga Game Changer de Rachel Reid donde cada entrega narra un romance entre jugadores de hockey sobre hielo. Le parecieron historias sexis, divertidas y dulces. Después de contactar con la autora, consideró que la segunda entrega, centrada en los ficticios Ilya Rozanov y Shane Hollander, podía ser una buena serie de televisión.
Había crecido con un audiovisual donde la homosexualidad se solía representar desde el pecado, la crisis del VIH o la tragedia de ser homosexual en un mundo homófobo, y consideraba que era el momento de crear una serie que celebrase el amor entre dos hombres. Los directivos de las principales plataformas de contenidos habrían desestimado el proyecto por ser demasiado erótico, demasiado gay o demasiado de nicho, o hubieran querido suavizar el componente sexual, pero el canal canadiense Crave creyó en la visión de Tierney.

Así surgió Más que rivales, que se ha convertido en un fenómeno cultural mundial (y la única serie de la que hablan en Hollywood) y que Movistar Plus+ estrena el próximo jueves. Lo es gracias a su forma de monopolizar las redes sociales, de lanzar al estrellato a dos actores y sobre todo de mostrar la intimidad y los sentimientos de los hombres.
Comienza con la entrada de Shane Hollander (Hudson Williams) y Ilya Rozanov (Connor Storrie) en la liga profesional de hockey sobre hielo. Son las jóvenes promesas del deporte y los medios de comunicación, ávidos de tener una narrativa jugosa, les colocan la etiqueta de rivales. Ilya, criado en Rusia en una familia desestructurada, exhibe confianza y chulería mientras que Shane es reservado y modesto.

Pero, cuando después de una sesión de fotos coinciden en las duchas, el morbo les puede. A partir de esta escena, el espectador puede seguir una década de encuentros esporádicos, mensajes de texto y relaciones paralelas mientras esconden al mundo entero que son más que rivales.
Es importante que el lector no se quede con la anécdota de Más que rivales. Sí, las novelas que adapta son un entretenimiento muy básico. Sí, la adaptación tiene escenas de alto voltaje que pueden acelerar el cambio climático. Pero la serie es buena en mayúsculas. Jacob Tierney, en vez de quedarse en la superficie, utiliza todas las armas que tiene a su disposición como autor.

Desde una mentalidad más indie, crea atmósferas a partir de los escenarios, el color y la luz, exprime los silencios y las miradas, crea los personajes y su relación a partir de los detalles, y busca la naturalidad y la intimidad en las interpretaciones. Desde una visión más comercial, en cambio, aprovecha los momentos: no renuncia a colocar la canción adecuada en el momento oportuno, no teme la búsqueda del clímax o la utilización de clichés de la comedia romántica, y tampoco teme la felicidad desacomplejada.
De esta forma, Más que rivales señala todas esas particularidades únicas y no extrapolables que hacen que dos personas se enamoren perdidamente y construyan un universo con un lenguaje propio que solamente hablan y entienden ellos dos. Poder presenciarlo como espectadores es un regalo.