'Los Bridgerton', una llama que no se apaga
Fenómeno
Los datos de consumo confirman el drama romántico como uno de los auténticos fenómenos de Netflix

Luke Thompson y Yerin Ha han tenido la química adecuada.

En Netflix tienen series muy vistas pero se pueden contar sus fenómenos culturales con los dedos de las manos. Son aquellas series que tienen un impacto tanto en la audiencia como en la industria cultural. Los Bridgerton, en teoría, solo era una serie romántica, la primera producción de Shonda Rhimes para la plataforma tras haber creado series como Anatomía de Grey o Scandal. Pero, seis años más tarde, confirma una vez más que es uno de los escasos auténticos fenómenos de Netflix.
En la cuarta temporada, cuya crítica escribimos aquí, la adaptación de las novelas de Julia Quinn ha cambiado una vez más los personajes protagonistas. Es su fórmula: cada temporada se centra en las perspectivas amorosas de un hermano Bridgerton distinto. Y, tras Daphne, Jonathan y Colin, ahora es el turno de Benedict, el personaje interpretado por un Luke Thompson que hasta ahora había sido relegado a un rol secundario. ¿Su pretendienta? Una criada interpretada por la australiana Yerin Ha y que se inspira en el cuento de la Cenicienta: su Sophie, tras colarse en un baile de máscaras, seduce al Bridgerton más libertino.

Los cuatro primeros episodios, en sus primeros once días en la plataforma, acumulan 63,1 millones de visionados. Esto supone una bajada del 10,37% con respecto a los datos de la tercera temporada, cuando Colin y Penelope consiguieron 70,4 millones de visionados. Sin embargo, la duración de los episodios no es la misma: los cuatro episodios de la cuarta duran 4 horas y 23 minutos mientras que los de la tercera solo duraban 3 horas y 40 minutos. Por lo tanto, en realidad, se han visto más horas de Los Bridgerton: 276,7 millones de horas en comparación con 258 millones. Representa una subida del 7,25%.
Son muy buenos datos para una serie que ya es veterana, que deja pasar más de año y medio entre temporadas y que, como decíamos, cambia de actores protagonistas cada vez que regresa. Solo hay que ver cómo en los nuevos episodios no hay ni rastro de la pareja fundacional formada por Regé-Jean Page y Phoebe Dynevor, los sucesores Jonathan Bailey y Simone Ashley tienen una presencia testimonial y, mientras Luke Newton y Nicola Coughlan continúan en nómina, otra vez tienen roles secundarios.

El público es fiel a una fórmula que, pese a ganarse sus críticas por el tratamiento de los códigos de la época, ha marcado el compás de la televisión con su Regencia inglesa interracial. Shonda Rhimes, adalid de la diversidad en la televisión americana, estaba interesada en los códigos de la Inglaterra del siglo XIX pero detestaba la idea de tener un elenco únicamente caucásico. ¿Así que qué hizo? Convertir un drama romántico de época en historia alternativa. En su versión, simplemente, hay aristocracia negra y asiática, y en los violines en las fiestas tocan canciones pop de Taylor Swift, Olivia Rodrigo, Billie Eilish o Camila Cabello.
Las cifras demuestran, además, lo incombustible que es la fórmula cuando todavía quedan cuatro relaciones amorosas de las novelas por contar. Sí, ha habido cierto desgaste a nivel de visionados pero está por comprobar si el descenso está causado por la mayor duración de los episodios. También tocará ver cómo evoluciona la audiencia al sumar el consumo de la segunda mitad de la temporada, que llega el 26 de febrero, para hacer un balance del éxito de la temporada.

Incluso con estos datos, se mantiene como uno de los grandes éxitos de Netflix. Está en el selecto club que conforman títulos como El juego del calamar, La casa de papel, Stranger things o K-Pop Demon Hunters, títulos de impacto incuestionable tanto a nivel comercial como industrial.