El paciente recomendado

EL CONSULTORIO DEL MÉDICO

El paciente recomendado
Expresidente del CoMB

Hace poco dirigí a un buen amigo a un cirujano de confianza para resolver un problema que precisaba una solución quirúrgica. Como correspondía, mi amigo fue intervenido impecablemente. Sin embargo, presentó una pequeña complicación posquirúrgica que desgra­ciadamente ha requerido más seguimiento del previsto y lo ha tenido un tiempo adicional de baja.

A veces, cuando las cosas se hacen bien, los imprevistos inherentes al riesgo de una intervención médica cuestan más de razonar y precisan de una explicación asumible para el enfermo y para el profesional. En este caso, ha sido la mala suerte del paciente recomendado, un argumento que nos hizo sonreír, un recurso que rebajaba la trascendencia del problema.

El traumatólogo Ramón Cugat, junto a su equipo médico, durante una operación

La intervención médica se tiene que ajustar a los principios de justicia y equidad 

Instituto Cugat

Aun así, el síndrome del paciente recomendado tiene fundamento. A pesar de no ha sido muy estudiado ni se sabe con exactitud su incidencia, se tiene interiorizado que determinados pacientes (con fama, posición social, económica, familiar, etcétera) presentan más complicaciones médicas no habituales con respecto al resto, aparentemente solo porque se ha asegurado una atención más personalizada en los detalles. A menudo, es cuestión de “mala suerte”, como ha sido el caso de mi amigo.

A veces, sin embargo, las adversidades aparecen porque se ha querido ofrecer una atención pretendidamente placentera pero innecesaria, o para ahorrar al recomendado la incomodidad de algunos protocolos habituales, pero imprescindibles. Estos errores desgraciadamente no son excepcionales. Y curiosamente, se observan con más frecuencia cuando los médicos actúan en pacientes que son colegas.

Existe la creencia popular de que una recomendación mejora la atención

Hace falta que lo vayamos corrigiendo para preservar la equidad y la justicia en la atención médica. Y para que no ocurra un supuesto privilegio, pero con efectos de praxis paradójicamente adversos. También para evitar alimentar la creencia popular de que yendo recomendado uno será mejor atendido, como le pasó meses atrás a un colega que me llamó para informarme de que había asistido a Isabel Padrós, una supuesta tía mía. Yo no he tenido ni tengo ninguna tía que se llame Isabel, y así se lo hice saber a mi compañero, que quedó perplejo. Pocos días después, me informó de que en una segunda visita, Isabel le había confesado que no era tía mía; sin embargo, en ocasiones había utilizado esta condición porque “se le abrían más puertas”.

Etiquetas
Mostrar comentarios
Cargando siguiente contenido...