Los profesores pueden ser claves en la prevención de la salud mental de los alumnos
Un recurso para docentes
Fundación Mapfre y Anaya publican una guía completa y práctica que ayuda al profesorado a mejorar el bienestar emocional en la escuela

La nueva guía se ha elaborado a partir de las preguntas de los docentes

La escuela es clave en la salud mental de niños y adolescentes que, desde la pandemia, ha empeorado notablemente. Los profesores son observadores privilegiados y pueden evitar que broten y se enquisten problemas creando entornos de bienestar emocional. Pero a menudo se preguntan cómo hacerlo.
Desde esta premisa, Vademécum, Salud mental y bienestar emocional en la escuela, liderado por el psicólogo Javier Urra, gracia al apoyo de la Fundación Mapfre, Anaya y Siena educación, responde a 115 preguntas que los docentes suelen hacerse, sin menoscabo de que ejerza en el centro un orientador escolar (“figura imprescindible”).
Cuestionan, por ejemplo, cómo atender a un niño que ha sufrido la pérdida de un ser querido, interrogante en la cabeza de muchos docentes en el contexto del trágico accidente de tren de Adamuz (Córdoba) con 43 muertos
Urra destaca el papel de “refugio” de la escuela. “No se me escapa el terrible hecho de Adamuz en el que una Guardia Civil vio a una niña de seis años que había perdido a su familia y que iba con un peluche. La escuela aquí es un lugar de refugio. Lo será también la abuela que con qué dolor, con qué sufrimiento tiene que transmitir esperanza e ilusión por la vida. Pero la escuela, con el aprendizaje, con el profesor, con el orientador, con los compañeros, va a ser sin lugar a dudas un lugar de protección”, señaló ayer Urra.
Javier Urra, psicólogo
“La escuela será un lugar de refugio para la niña que ha perdido a su familia en el accidente de Adamuz”
El psicólogo también explicó que “hay familias que no saben, que no pueden, que no quieren y el último clavo ardiendo que tienen los alumnos es una profesora, un profesor, que les cambia la vida y que quizás no es el que más les enseñó”.
El manual publicado por Anaya y distribuido en 22.000 centros educativos se ha elaborado “desde el profesorado y para el profesorado”, indicó el psicólogo. “Los redactores hemos buscado la brevedad, la concisión”, tal y como responde a un vademécum, guía usada en farmacología.
¿Qué tipo de preguntas se recogen? Cómo se puede distinguir un acoso escolar de un problema puntual; cómo ayudar a un chico acosado y cómo al acosador; cómo detectar a tiempo problemas; cómo combatir la estigmatización o qué hacer (y qué no) si un alumno cuenta un abuso sexual.
Y más allá de problemáticas graves, los profesores se interrogan sobre cómo puede contribuir a crear un ambiente de bienestar en el aula. La guía cree que es fundamental su papel en la construcción de un clima de aula donde prime la aceptación, el respeto y la cohesión entre el alumnado. Su actitud, sus palabras y la forma en la que organiza la convivencia escolar influye en cómo los alumnos se relacionan entre sí.
Hay que observar si un alumno es excluido sistemáticamente de trabajos en grupo o actividades sociales, cuando es objeto de burlas, apodos despectivos o miradas evitadas, cuando sus logros son atribuidos a la ayuda que le dan otros y no a su esfuerzo, o cuando se percibe un cambio negativo en su autoestima y participación.
Otro indicador de que un entorno puede ser estigmatizante es el lenguaje peyorativo (“está loco”, “es raro”), cuando se producen rumores y cotilleos dañinos sobre un alumno, o cuando se observa una resistencia de compañeros a colaborar o sentarse cerca.
Los profesores ¿a qué deben estar atentos?
Detectar a un alumno que lo está pasando mal en el aula no siempre es fácil, porque pueden intentar ocultarlo. Sin embargo, hay algunas señales de alerta (emocionales, conductuales, académicas y físicas) que orientan para identificar si alguno pudiera necesitar apoyo, explica el manual que diferencia las reacciones entre niños y adolescentes. “La clave es estar atentos a cambios en el comportamiento habitual de cada alumno y no en conductas aisladas”, afirma.
¿Qué observar?
-Señales emocionales: tristeza frecuente, llanto fácil, cambios de humor, irritabilidad, aislamiento en recreos y actividades grupales…
-Señales conductuales: retraimiento, desinterés en actividades de equipo, conductas disruptivas, evitar situaciones sociales, menor interacción en clase…
-Señales académicas: bajada brusca del rendimiento, falta de concentración, abandono de tareas, desinterés en asignaturas de las que disfrutaban…
- Señales físicas: cansancio constante, ojeras, falta de energía, quejas somáticas (dolor de cabeza/estómago), cambios en alimentación, somnolencia por falta de descanso…
¿Qué puede hacer el profesor?
-Observar patrones: no alertarse ante un episodio aislado, sino cambios sostenidos, en el aula, recreos o extraescolares.
-Acercarse de forma empática para saber cómo se sienten, preguntar de manera privada y sin presión.
-Fomentar un clima de confianza: el aula debe ser un espacio seguro para expresarse.
-Coordinarse con el equipo educativo y las familias para dar una respuesta integral.
-Derivar al profesional adecuado (orientador/a escolar, psicólogo/a, trabajador/a social) si las señales persisten o se intensifican.
Acoso e identificación del estigma
Puede sospecharse de que un estudiante puede estar siendo estigmatizado o aislado cuando se dan diferentes situaciones. Por ejemplo, cuando es excluido sistemáticamente de trabajos en grupo o actividades sociales, cuando es objeto de burlas, apodos despectivos o miradas evitadas, cuando sus logros son atribuidos a la ayuda que le dan otros en lugar de su esfuerzo, o cuando se observa un cambio negativo en su autoestima y participación.
Otros indicadores de que un entorno puede ser estigmatizante giran en torno al lenguaje peyorativo que usan los niños (“está loco”, “es un raro”), cuando se producen rumores y cotilleos dañinos sobre un estudiante en particular, o cuando se evidencia una resistencia de otros alumnos y alumnas a colaborar o sentarse cerca de él o de ella.
¿Cómo trabajar la integración de aquellos alumnos excluidos por los demás?
“El docente tiene un papel fundamental en la construcción de un clima de aula donde prime la aceptación, el respeto y la cohesión entre el alumnado”, indican los autores del Vademecum. Su actitud, sus palabras y la forma en la que organiza la convivencia escolar influyen directamente en cómo los alumnos se relacionan entre sí.
La exclusión se produce por múltiples causas: diferencias en la apariencia física, el origen cultural, el nivel académico, las habilidades sociales, intereses distintos, o incluso por prejuicios y estereotipos que se generan en el propio grupo. La orientación o identidad sexual, por ejemplo.
En el caso de alumnos con riesgo especial (inmigrantes, con dificultades del idioma, práctica de otra religión o pobreza), hay que actuar con planes específicos.

