
Lo que te puede salvar la vida en la montaña
Análisis
Cuando voy a la montaña, nunca sé si volveré. Creo que es por eso que siempre he vuelto.
He hecho dos cursos de alpinismo para aprender técnicas de seguridad en alta montaña. También un curso de nivología para saber leer la nieve y la orografía, y a anticipar así dónde pueden caer aludes. Voy con un nuevo aparato Detector de Víctimas de Avalanchas (DVA) con una tecnología mejor que la de mi DVA anterior que me pareció caro pero “en esto no ahorres –dijo mi mujer–, la vida vale más”, con una tecnología mejor que la de mi DVA anterior. Cada mes de marzo hago prácticas de rescate en la nieve durante un fin de semana, con ejercicios como encontrar un DVA enterrado y sacarlo a la superficie en el mínimo tiempo posible (no es fácil, y no hay ejercicio más duro que palear nieve a contrarreloj, por eso conviene entrenarlo).

Y, tal vez lo más importante, voy con personas que llevan pala, sonda y DVA como yo, que me sabrían rescatar en caso de alud (o eso espero) y que piensan igual que yo sobre qué riesgos estamos dispuestos a asumir. Curiosamente, menos riesgos cuando hemos tenido hijos, y más antes de tenerlos o cuando los hijos ya son mayores . Más de una vez hemos dado media vuelta antes de llegar adonde queríamos ir y siempre ha sido la decisión correcta. No le tenemos miedo a la montaña, pero sí respeto. Por eso planificamos las salidas y elegimos las rutas en función de la meteorología y del peligro de aludes.

Hasta ahora nunca nos ha pasado nada. Pero todos conocemos a personas a quienes sí les ha pasado. Un amigo mío, con más experiencia que yo, murió hace ocho años en un alud. La nieve lo arrastró e impactó contra una roca. Era médico especialista en rescates de montaña en Chamonix. Dos semanas antes habíamos esquiado juntos. Paramos a comer en un refugio cerca de Courmayeur y se pidió un plato hipercalórico. Le encantaba el guanciale .
-Manu, así no vas a llegar a viejo -dije en broma-.
-Nunca sé si voy a llegar al día siguiente, así que disfruto de cada día -contestó-.
Conocía la montaña y sabía los riesgos que asumía. No por eso dejaba de ir. Si el riesgo fuera motivo para dejar de hacer cosas, nunca nadie hubiera explorado nada. Ni subido al Everest, ni llegado a la Luna, ni salido de África en el paleolítico. Y tampoco plantado cosechas, ni domesticado animales, ni fundado empresas. No estaríamos aquí, ninguno de nosotros.
Pero una cosa es asumir riesgos y otra es correr peligros. La evaluación de los riesgos se basa en el conocimiento. El peligro es ignorancia; es no saber qué puede pasar. Es la diferencia entre mirar si viene un coche antes de cruzar una calle o cruzarla sin mirar. Aventurarse en alta montaña en invierno con una formación e información correctas permite tomar las decisiones adecuadas en cada momento. Hacerlo sin haberse formado ni informado es no tener control en un entorno en que se puede perder la vida. Es un peligro, y además es una estupidez.
