
Doctor, déme la mano
EL CONSULTORIO DEL MÉDICO
Hace poco visité a un paciente que me consultó por una dolencia grave que le habían diagnosticado. Me entregó los muchos informes e imágenes de las diferentes pruebas practicadas. Acudía ciertamente angustiado. No solo por los dictámenes, también porque, en todo el proceso, él percibía que no lo habían “visitado”. Repreguntándole, me precisó que, raíz de explicar los síntomas, solo había recibido solicitudes de pruebas, pero que nadie lo había explorado: “Doctor, poca conversación y nadie me ha puesto el fonendoscopio; ni me ha dado la mano”. Confiaba en la indicación de las pruebas, aceptaba resignado los resultados y, sin embargo, le faltaban aspectos fundamentales que las técnicas exploratorias no le habían dado.

La innovación tecnológica de las últimas décadas ha comportado un cambio radical en el ámbito del conocimiento científico como nunca se ha visto antes en la profesión médica. Disponemos de más y mejores herramientas que concurren en una medicina de mayor precisión. La irrupción de la IA ha coronado del todo el cambio de paradigma y ya nos da la posibilidad real de ofrecer una medicina más personalizada, ajustando los tratamientos para cada paciente en función de las diferentes variables clínicas que este pueda presentar.
La buena práctica médica exige, prioritariamente, disponer de valores y cualidades que no están incorporados a las tecnologías
Esta disrupción, de hecho, está afectando a los procesos de formación de los médicos y resulta en el momento actual imprescindible para nuestra actividad profesional. Todos estos avances obligan a los profesionales a su conocimiento, a su comprensión y a su buen uso. El interés por las nuevas tecnologías y su óptimo manejo es esencial para convertirse en un buen médico. Sin embargo, no es suficiente.
La buena práctica médica exige, prioritariamente, disponer de valores y cualidades que no están incorporados a las tecnologías: actitud, competencia, empatía, compromiso, conocimiento bioético, habilidades comunicativas, entre otros. Y, sobre todo, capacidad intelectual para integrarlo todo. Porque la singularidad de cada persona obliga a evitar automatismos. Como dice el aforismo: no hay enfermedades, hay enfermos. La percepción subjetiva de la atención recibida también es fundamental.
Espero que el caso de mi paciente no se naturalice y no nos lleve, en un futuro, al sin sentido de que alguien se queje porque considere inoportuno que su médico le coja la mano.