Sociedad

Cuatro parejas frente a la ‘in vitro’: entre el deseo y la renuncia de ser padres

Reproducción asistida

Una pareja ha cumplido su deseo, otra está esperando la llegada de gemelos, una tercera necesita respuestas, y la última está aprendiendo a aceptar que quizás no podrán ser padres

Esta técnica de reproducción asistida suele arrastrar una pesada mochila emocional marcada por abortos espontáneos, preguntas sin respuesta y mucho dolor acumulado

Andrea (derecha), de 33 años, y Carla (izquierda), de 29, han sido madres, mediante una FIV, de su pequeño Unai.

Andrea (derecha), de 33 años, y Carla (izquierda), de 29, han sido madres, mediante una FIV, de su pequeño Unai.

Andreu Esteban / Propias

Uno de cada diez niños que nacen en España lo hace gracias a un tratamiento de reproducción asistida. La fecundación in vitro (FIV), la técnica más compleja, suele ser el último recurso cuando las demás han fallado. Es un proceso largo que, en la mayoría de casos, arrastra una pesada mochila emocional marcada por abortos espontáneos, preguntas sin respuesta y mucho dolor acumulado. A todo ello se suma el elevado coste económico, una barrera que no todas las personas pueden asumir.

Guyana Guardian  ha hablado con cuatro parejas que recurrieron a la FIV con la esperanza de convertirse en padres y madres: una ha logrado su deseo, otra está esperando la llegada de gemelos, una tercera necesita respuestas, y la última está aprendiendo a aceptar que quizás no podrán serlo.

Andrea (33) y Carla (29) acaban de ser madres

Andrea Álvarez, de 33 años, y Carla de Pouplana, de 29, llevan ocho años juntas. Su felicidad se ha visto multiplicada con la llegada de su hijo Unai, de poco más de un mes, fruto de un proceso de fecundación in vitro (FIV) en la sanidad pública catalana. 

Antes de conseguirlo, atravesaron una lista de espera y cuatro intentos de inseminación artificial, uno de los cuales terminó en un aborto espontáneo. “Me quedé con la sensación de perder algo muy importante tirando de la cadena del váter”, se sincera Andrea, embarazada en aquel momento de ocho semanas.

Tras dos transferencias embrionarias, lograron finalmente el nacimiento de Unai

El proceso se llevó a cabo en la Fundació Puigvert-Hospital de Sant Pau. Allí, la doctora Ana Polo, jefa del Servicio de Medicina Reproductiva, les explicó los tiempos y las opciones disponibles: “En la sanidad pública se pueden realizar hasta tres intentos de inseminación artificial –hasta cuatro en algunos casos–, ya sea con esperma de la pareja o de donante. Cuando estas opciones se agotan, se pasa a la fecundación in vitro (normalmente dos intentos), un tratamiento que requiere una estimulación hormonal aproximadamente tres veces mayor que la de la inseminación”. Tras dos transferencias embrionarias, lograron finalmente el nacimiento del pequeño Unai y conservan más embriones congelados.

En sus inicios, la FIV se reservaba a parejas con problemas de esterilidad. Hoy, en cambio, se usa también para prevenir enfermedades genéticas, congelar óvulos y facilitar la maternidad a mujeres solteras o a parejas de mujeres. 

La doctora Ana Polo acompañó a esta pareja durante todo el tratamiento de reproducción asistida.
La doctora Ana Polo acompañó a esta pareja durante todo el tratamiento de reproducción asistida.Andreu Esteban / Propias

Maria y Lluís,  de 41 y 37 años, aceptando la renuncia

Maria y Lluís (nombres ficticios), de 41 y 37 años respectivamente, llevan más de una década juntos y decidieron posponer la llegada de un hijo. “Siempre había querido ser madre, pero estaba viviendo un momento muy dulce en mi carrera profesional y era consciente de que, cuando llegara la maternidad, todo se frenaría”. Para “mayor tranquilidad”, decidió congelar sus óvulos a los 36 años: “Era como comprar tiempo para el futuro, un salvavidas. Nunca pensé que los llegaría a utilizar”.

Pero no fue así. Esta pareja sufrió tres abortos espontáneos en el transcurso de un año. “Con el primero te dicen que es habitual, que uno de cada cuatro no sale hacia adelante durante el primer trimestre”, dice Lluís. Al día siguiente, Maria, que entonces tenía 39 años, entró en quirófano para someterse a un legrado. Estaba de 12 semanas, aunque el corazón de su futuro bebé había dejado de latir en la octava. 

Eché en falta acompañamiento psicólogo y que me dijeran que me cogiera unos días de baja”

Maria

Tras su primer aborto espontáneo

“Sé que está cambiando, pero eché en falta acompañamiento psicológico y que me dijeran que me cogiera unos días de baja”. En lugar de eso, le recomendaron “un día de descanso y seguir con vida normal”. Después llegó el segundo aborto, el más duro a nivel físico. Maria acudió al hospital con siete semanas de gestación y le indicaron que solo regresara si presentaba una “gran hemorragia”. 

“Hasta dentro de una semana no sabremos si tu hijo está vivo o muerto”, le dijeron. Aquella frase la destrozó. Volvió a casa y pasó, como ella misma describe, “la peor semana de mi vida”. En junio de 2024, entre el segundo y el tercer aborto, los añaden a la lista de espera de la pública a la espera de una llamada que nunca llegaría.

El aumento de la FIV: retraso de la maternidad y nuevos modelos familiares 

“La maternidad se retrasa cada vez más por un contexto socioeconómico que no favorece la conciliación ni la estabilidad, lo que hace que los tratamientos de fertilidad se inicien a edades más avanzadas y con más dificultad en conseguir un embarazo. A ello se suma el deterioro progresivo de la calidad seminal, vinculado a factores ambientales. Este contexto, junto con la diversificación de los modelos familiares, explica el aumento de la fecundación in vitro”, detalla Dolors Manau, vocal de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) y jefa de reproducción asistida del hospital Clínic.

Hasta los 40 años, los tratamientos de reproducción asistida están disponibles en la sanidad pública catalana, pero a partir de los 41 ya no. Esto incluye fecundación in vitro, inseminación y congelación de óvulos, siempre que la indicación sea médica y no electiva. En los hombres también existe un límite de edad, los 55. Según Manau, la calidad del semen disminuye a partir de los 45 años, pero recuerda que esta “ha disminuido de manera generalizada, tanto en jóvenes como en mayores, debido a factores ambientales externos”. 

Las técnicas de fecundación in vitro permiten la fecundación y desarrollo embrionario inicial fuera del cuerpo de la mujer.
Las técnicas de fecundación in vitro permiten la fecundación y desarrollo embrionario inicial fuera del cuerpo de la mujer.Getty Images/iStockphoto

Además, hay un requisito adicional que diferencia a Catalunya de otras comunidades, si la pareja ya tiene un hijo vivo y sano, ya no puede acceder, salvo que disponga de embriones congelados de un ciclo previo.

Maria y Lluís tuvieron que recurrir a ese “salvavidas”: los óvulos congelados con 36 años. De hecho, solo entre un 10% y un 20% de las mujeres que congelan llegan a utilizarlos. Entraron en la clínica con el convencimiento de que unos óvulos más jóvenes y la FIV lograrían su deseo, y así se lo transmitieron los propios especialistas. Pero no fue así, y tampoco implantó la transferencia del segundo y último embrión que les quedaba. “Das por sentado que todo está bajo control en un laboratorio. No hay garantías, pero sí proporciona una cierta red de seguridad”.

Por mucho que quieras involucrarte, no puedes aliviar lo que el cuerpo de ella debe soportar

Lluís

Pareja de Maria

“Cuando empezamos con la FIV, el sentimiento es de impotencia. Todo el peso recae sobre ella: las hormonas, las inyecciones, los análisis, los suplementos, los horarios… Por mucho que quieras involucrarte, no puedes aliviar lo que el cuerpo de ella debe soportar, ni controlar los altibajos emocionales que provoca la medicación”, lamenta Lluís.

Aquí llegaría su punto de inflexión: la posibilidad de que nunca sean padres. Se plantean dejarlo estar, sienten que están gastando dinero sin obtener respuestas, pero finalmente deciden hacer otra FIV que conlleva un proceso de estimulación ovárica. Ninguno de los embriones logra ser óptimo para un embarazo. “Llevábamos dos años con todo el proceso y nuestra vida giraba en torno a esto, necesitábamos cerrar esta etapa”, recuerdan. Y añade Maria: “Las mujeres no hemos de pedir perdón por no haber sido madres. Hemos de hacer las paces con nosotras mismas”.

Marta y Miguel esperan un embarazo gemelar de 15 semanas

Mientras Maria y Lluís están aprendiendo a convivir con la idea de no ser padres, Marta y Miguel, una pareja de treintañeros españoles que reside en el extranjero, afrontan con miedo y cautela un embarazo de 15 semanas. Ambos han accedido a explicar su historia con nombres ficticios para preservar su anonimato. Después de dos abortos espontáneos, varios intentos fallidos de fecundación in vitro y pasar por dos clínicas de fertilidad, han logrado un embarazo evolutivo mediante FIV.

“En un año me hicieron tres transferencias embrionarias, pero ninguna llegó a implantar”, cuenta esta joven, que tras sufrir dos abortos espontáneos, que la dejaron sumida en la tristeza, decidieron cambiar de clínica. “El desgaste no ha sido solo psicológico, también de tiempo y de gestión”, explica Miguel. Cada intento implicaba volar a España, reorganizar el trabajo y prolongar estancias de varios días. 

Ecografía del embarazo gemelar de Marta.
Ecografía del embarazo gemelar de Marta.Cedida

Aunque viven en el extranjero, optaron por realizar todo el proceso en su país de origen, tanto por la calidad de la sanidad y sus especialistas como por el coste de los tratamientos. Aun así, calculan haber gastado alrededor de 20.000 euros por ciclo en cada clínica –unos 15.000 en la de Barcelona–. “Llegamos a un punto en el que estábamos dispuestos a dejarlo todo para que funcionara”, reconocen.

Lidiar con la incertidumbre ha sido lo más difícil. “No saber qué te pasa, sentirte un caso de infertilidad inexplicable, te desgasta mucho”, explica Marta. Tras cada pérdida, le asaltaba la misma pregunta: “¿Y si no vuelvo a quedarme embarazada?”. Aun así, y pese al miedo, esta pareja afronta con esperanza un embarazo de gemelos después de casi un lustro marcado por abortos y tratamientos fallidos.

Anaïs y Santi, el camino hacia la maternidad sigue abierto

Tras esta historia de esperanza, encontramos la de Anaïs y Santi, cuyo camino hacia la maternidad ha sido largo y todavía sigue abierto. Tres abortos espontáneos, durante el primer trimestre, y cada uno con legrado en un hospital. Cada legrado es una operación quirúrgica de 20 minutos en la que “nadie te dice que vas a estar sangrando durante días, no te vas a encontrar bien, tendrás un desorden hormonal y vas a sufrir un postparto sin bebé”.

Anaïs, de 37 años, lleva tres años intentando quedarse embarazada, un camino complejo marcado por un diagnóstico de miomas uterinos múltiples y una alteración genética leve. Estos miomas no solo dificultan la evolución del embarazo, sino que también afectan a su salud, provocándole reglas muy largas y abundantes. Aunque le extirparon varios miomas, algunos han vuelto a reproducirse.

Nadie se mete en una FIV porque le apetezca

Anaïs

“Nadie se mete en una FIV porque le apetezca, vienes con una carga que también afecta. La primera transferencia embrionaria y los diez días de betaespera –desde que termina el tratamiento hasta la prueba de embarazo– fueron durísimos”, asegura. Mientras que para muchas mujeres embarazadas ir al control rutinario es motivo de alegría, para ella era como “ir al matadero, porque hasta ahora ningún embarazo me había dado buenas noticias”. Y así fue: “En la semana ocho nos confirmaron que no había latido, pero por protocolo tuvimos que esperar hasta la semana diez, aunque ya sabíamos que solo alargábamos la agonía”.

“Lo peor de todo es ver cómo la persona a la que quieres sufre y se culpa de algo que no depende de ella. Ver ese sufrimiento tan irracional y no poder hacer nada más por ella que acompañarla y abrazarla genera una gran impotencia”, se sincera Santi, su pareja. La culpa aparece como una losa común en todas las mujeres entrevistadas: la sensación de haber retrasado demasiado la maternidad o de haberse equivocado en alguna decisión (una prueba no realizada, un tratamiento que quizá debería haber sido distinto…).

A Anaïs también la persiguió, pero, como ella misma explica, “he hecho mucha terapia para asumir que no es culpa mía y ahora tengo la conciencia muy tranquila”. “Aceptar mi cuerpo tal y como es y entender que no siempre le puedes pedir más. Ser valiente también es saber decir ‘hasta aquí’”.

Aunque la pareja ha hecho una pausa en la reproducción asistida, al menos hasta extirpar los nuevos miomas y obtener respuestas claras, no descartan otras vías, como la adopción. “Le he dicho que haremos lo que ella considere mejor, porque es su cuerpo”, asegura Santi, que ha sido un apoyo constante y, como explica Anaïs, alguien capaz de “leerla” en todo momento. Ella incide en que este tipo de procesos son mucho más habituales de lo que se cree y contarlo, defienden, ayuda a normalizar estas experiencias y a visibilizar un dolor que sigue siendo, a menudo, incomprendido.

Cristina Oriol Val

Cristina Oriol Val

Periodista

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Periodista especializada en temática social: feminismos, migraciones, salud mental. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Doble licenciada en Periodismo y Publicidad y RR.PP. Por la UAB