Plataformas digitales y jóvenes: la limitación resulta insuficiente
Menores desconectados
El diálogo tendría que enfocarse en el requerimiento de educarnos de manera conjunta acerca del empleo correcto de las herramientas tecnológicas durante las distintas fases vitales e impulsar opciones lógicas respecto a la utilización del smartphone que resulten provechosas para la juventud.

Países como Australia y Francia, y más recientemente España, han propuesto limitar el acceso a redes sociales para menores de 16 años.

Durante los últimos diez años, las plataformas sociales se han asentado profundamente en la rutina diaria de los adolescentes. Y con gran frecuencia, igualmente en la de los preadolescentes. Más allá de tratarse de una tendencia temporal, representan un ámbito de relación, información y afectividad que influye de modo directo en su evolución personal.
Frente a este panorama, diversas naciones, tales como Australia y Francia, y de forma más actual España, han planteado restringir su empleo a quienes no superen los 16 años. Independientemente de la viabilidad efectiva de tales vetos, debido a barreras tecnológicas y a la escasa colaboración de las compañías que las desarrollan y administran, bajo una visión neuroeducativa la discusión no tendría que enfocarse en la restricción total de su utilización, sino en la urgencia de formarnos, de manera conjunta, en el manejo adecuado de tales herramientas, sin importar la edad.
Autorregulación, sentimientos y pensamiento analítico

A partir de la neurociencia, se hallan argumentos sólidos que sustentan una normativa orientada a fomentar el autocontrol, la guía de los adultos y el fortalecimiento de los mismos jóvenes. Dicho marco legal podría incluir algunas restricciones, aunque igualmente debe integrar de manera clara la formación en competencias digitales.
Es importante señalar que la alfabetización digital no se reduce solo al empleo de aparatos, programas o servicios, sino sobre todo al fomento de la habilidad para regular el vínculo personal con el entorno tecnológico. Supone entender cómo los espacios virtuales, y en particular las redes sociales, se estructuran para atraer el interés y estimular los mecanismos de gratificación, así como la forma en que esto influye en los sentimientos, la conducta y la formación de la personalidad.
La formación digital conlleva aprender a moderar los periodos de uso, a reconocer y dirigir los sentimientos que se despiertan, tales como el contraste social, el deseo de aprobación o el temor a la exclusión grupal, estableciendo restricciones deliberadas y empleando las herramientas tecnológicas de manera voluntaria en lugar de mecánica. Dicha habilidad, fundamental sobre todo durante la etapa adolescente, no se desarrolla de manera natural, sino que demanda la guía de adultos, ejemplos a seguir y momentos de análisis conjunto que promuevan un vínculo más autónomo, analítico y equilibrado psicológicamente con el mundo virtual.
Lazos auténticos y la interacción en persona.

Asimismo, para que esta normativa sea eficaz, debe impulsar opciones sólidas frente al uso de plataformas sociales que resulten accesibles para los jóvenes. En este aspecto, es clave que la ley no se restrinja al entorno virtual, sino que contemple expresamente la formación y el refuerzo de entornos de socialización presencial. El crecimiento equilibrado de la mente adolescente demanda vivencias reales de contacto presencial, donde se pongan en práctica capacidades como el lenguaje no verbal, la empatía, la resolución de disputas, la colaboración y el establecimiento de nexos profundos.
Entornos como la práctica deportiva, el esparcimiento libre, las expresiones artísticas, culturales o vecinales, junto con la interacción espontánea entre compañeros, no resultan un elemento opcional, sino un fundamento clave de la estabilidad emocional y social. Limitar el consumo de redes sociales digitales sin ofrecer propuestas presenciales sugerentes, de fácil acceso y duraderas puede originar una brecha relacional que potencie aún más el retraimiento, o que consolide la necesidad de lo tecnológico.
La mente juvenil ante los esquemas algorítmicos de gratificación
Un componente esencial para comprender este requerimiento es la maduración del cerebro adolescente. El cerebro humano no completa su crecimiento total hasta avanzada la década de los veinte, y una de las porciones postreras en madurar es la corteza prefrontal. Esta zona es vital para procesos ejecutivos como proyectar acciones, contener impulsos, resolver dilemas, regular sentimientos y valorar amenazas. En la juventud, esta corteza sigue en etapas de reorganización sináptica y mielinización, lo que significa que los adolescentes reaccionan con mayor intensidad a estímulos afectivos y a beneficios directos.
Los sistemas que dirigen las plataformas sociales se han desarrollado para estimular los circuitos de gratificación cerebral, especialmente los circuitos dopaminérgicos. Los likes, las respuestas, los avisos y la aprobación social originan leves pulsos de dopamina que potencian la tendencia a la conexión permanente.

Dentro de una mente madura, que posee una superior habilidad de autocontrol, tales impulsos logran procesarse con bastante solvencia. No obstante, tratándose de un cerebro adolescente, aún poco desarrollado en sus funciones ejecutivas, la posibilidad de desarrollar hábitos compulsivos y adicciones de comportamiento resulta considerablemente más alta.
Asistencia, restricciones y obligación conjunta
El aprendizaje de la autorregulación no surge de forma automática, sino que exige modelos, especialmente del entorno de los adultos, límites claros y coherentes y oportunidades dirigidas para practicarla. Regular el uso de redes sociales no implica necesariamente bloquear el acceso, sino construir contextos en los que los adolescentes puedan ir desarrollando poco a poco habilidades para gestionar el tiempo, pensar críticamente, ser conscientes de sus emociones y dominar sus impulsos, bajo la orientación de adultos que actúen con intención. Estas competencias son tan relevantes como los contenidos académicos y constituyen un pilar del desarrollo integral de la persona.
Otro aspecto relevante es la influencia emocional y social que ejercen las redes en esta etapa de la vida. La adolescencia es un tiempo de formación de la identidad, de búsqueda de aceptación y de gran sensibilidad ante la percepción ajena. La exposición continua a ideales inalcanzables, comparaciones sociales, indicadores de popularidad o dinámicas de rechazo puede perjudicar la autoestima, la confianza en uno mismo, la imagen corporal y la percepción personal, intensificar la ansiedad y promover estados de malestar emocional.
La investigación neurocientífica ha evidenciado que la mente juvenil muestra una reactividad elevada ante el rechazo social,, lo que estimula procesos cerebrales análogos a los del sufrimiento corporal. Por consiguiente, una interacción desmedida con estos medios puede incrementar fragilidades ya existentes.
En este contexto, es importante recordar que regular no significa censurar, sino formar. Supone que la sociedad, en su totalidad, y especialmente padres y educadores, reconozcan que el crecimiento sano de los menores exige entornos digitales responsables, así como espacios presenciales llenos de oportunidades de vínculo. Las plataformas desempeñan un rol clave, pero también lo hacen las familias, las escuelas y las comunidades.
Los padres, en particular, no solo deben fijar normas, sino también acompañar, dialogar y brindar un ejemplo consistente en el uso de la tecnología, al tiempo que promueven y valoran espacios de conexión fuera de las pantallas. La regulación efectiva se fundamenta en la calidad del vínculo y en la coherencia educativa, no en un control rígido impuesto de forma autoritaria.
Efecto emocional, fortalecimiento y bienestar psicológico

Fortalecer la autonomía de los jóvenes constituye otro pilar esencial. Considerarlos meros receptores que requieren protección, omitiendo aclaraciones o su participación, generalmente resulta ineficaz. Por el contrario, al brindarles datos precisos acerca del funcionamiento cerebral, los motivos del atractivo de determinadas aplicaciones y las consecuencias perjudiciales de un empleo desmedido o falto de reflexión, se promueve una superior capacidad de decisión y sensibilización.
Entender que su incapacidad para alejarse no constituye un “fallo personal”, sino el efecto de una mente en crecimiento ante impulsos muy intensos, puede brindar alivio y fomentar la implementación de tácticas de autocontrol más sanas.
La regulación del uso de redes sociales antes de los 16 años debe verse, por tanto, como una inversión actual y futura en salud mental y en madurez. No se trata de prohibir estrictamente el uso de la tecnología, sino de ajustarlo al desarrollo neurobiológico y emocional, lo que podría requerir algunas restricciones.
Al igual que no se espera que un niño pequeño cruce solo una calle muy concurrida, no es razonable suponer que un adolescente pueda manejar sin ayuda entornos digitales creados por adultos con objetivos comerciales.
Responsabilidad colectiva
En conclusión, los hallazgos de la neurociencia y la neuroeducación señalan una premisa evidente: la mente juvenil requiere periodos de maduración, guía, vivencias controladas y conexiones auténticas con el fin de alcanzar por completo su facultad de autocontrol. Asimismo, las plataformas digitales no resultan inocuas.
Afrontar esta dificultad y decidirse por una normativa reflexiva y común que fomente de manera clara el contacto físico directo es un deber de todos. Únicamente así lograremos que los jóvenes forjen un vínculo equilibrado, autónomo y lúcido con el entorno tecnológico que ya está integrado de forma permanente en su realidad.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. David Bueno i Torrens es profesor e investigador de la Sección de Genética Biomédica, Evolutiva y del Desarrollo, y director de la Cátedra de Neuroeducación UB-EDU1st de la Universitat de Barcelona.


