Mamás y papás

La nostalgia que experimentan los padres al observar cómo crecen sus hijos: “Cualquier época pasada nos parece mejor”

Los duelos de la crianza

Los progenitores experimentan la despedida de un descendiente que no volverá, acogiendo a una versión diferente que permanecerá hasta integrarse en la siguiente: del infante al pequeño; del chico al joven; de este al adulto. ¿De qué manera afrontar esta situación?

En una época de crianza entregada como la que vivimos, el duelo por los niños que dejan de serlo crea duelos emocionales

En una fase de atención parental exhaustiva como la de hoy, el pesar por los hijos que superan la niñez desencadena dinámicas de duelo emocional.

Pexels

Los descendientes funcionan como un cronómetro que mide el avance de los años para sus padres con precisión suiza: mi niño era un recién nacido cuando roté de puesto laboral; asistía a tercero de Primaria cuando me fracturé la extremidad; mi divorcio sucedió cuando él contaba con dos años… Los hitos temporales, incluso para los individuos más olvidadizos con su biografía, se organizan mediante la intensidad de la crianza.

Al analizar aquel periodo, las vivencias individuales suelen ser ignoradas o desplazadas por el progreso de los niños y permanecen bajo la presión de satisfacer las obligaciones laborales, el entorno social y los pasatiempos.

Evocamos tiempos pasados de forma idealizada. (...) Omitiendo con frecuencia las adversidades y quitando relevancia a los instantes difíciles.

Alexandra Fariña

Psicóloga

Los padres transitan la despedida de un hijo que ya no regresará dándole la bienvenida a otro que vivirá hasta diluirse en el siguiente
Los padres viven la partida de un vástago que no regresará, aceptando a quien permanecerá hasta extinguirse en el próximo.REDACCIÓN / EP

Y de pronto todo se detiene. Ya no hace falta marcharse con prisas del empleo para ir a buscar a los niños a sus actividades, ni contestar al repetitivo “¿por qué?”, ni pelearse porque su mundo se encapsula en la pantalla de un móvil, ni lamentarse por la falta de tiempo personal.

La meta se ha alcanzado: aquel que antes era un infante se encuentra listo para afrontar su propia existencia. Y esta grata novedad, en una época de crianzas dedicadas, genera a veces una melancolía imprevista, a pesar de lo anticipado que resultaba. Éramos conscientes de que sucedería y anhelábamos que así fuese, no obstante, al comenzar este nuevo ciclo suele sentirse muy prematuro, muy repentino y muy desorientador.

Todo progenitor ha comprobado que, tras cada aniversario desde su llegada, su pequeño se transforma en alguien distinto. En un infante que deja atrás velozmente los relatos de Cars o Frozen que solían fascinarle para volcarse en los superhéroes de Marvel; en alguien que ya no busca sujetarse a tu palma, sino que se suelta molesto de ella al cruzar el umbral del colegio. En un ser que asimila conocimientos pronto, con el que se disfrutan gustos recientes y que asombra por su gracia, siendo él quien te instruye sobre cómo emplear adecuadamente términos modernos como “funar” o “rentar”.

Cada temporada los progenitores experimentan la partida de un vástago que no retornará, saludando a otro que existirá hasta desvanecerse en el próximo. En una era de cuidado parental tan devoto como la presente, estos extravíos implican un duelo menor por el que no se considera apropiado apenarse. Pero esa realidad persiste.

“Los padres nos pasamos la vida haciendo duelos: el duelo del bebé que fue nuestro niño, el duelo del niño que fue nuestro adolescente…. Para muchos padres, la adolescencia del hijo reactiva una especie de duelo por la infancia que ya terminó”, ilustra la psicóloga Judit March.

¿Acaso fue superior cualquier época anterior?

Una familia tradicional, en el sofá, cada uno con su dispositivo
Una familia tradicional, en el sofá, cada uno con su dispositivoMané Espinosa / Propias

Criar a los hijos representa un periodo de sacrificios, tensión y escasez de horas, si bien brinda ciertas gratificaciones. Por lo tanto, ¿por qué lo idealizamos a tal grado que a ciertas personas les resulte doloroso asumir el comienzo de un ciclo distinto?

“El ser humano tiende a recordar épocas anteriores de una manera dulcificada. Olvidando muchas veces dificultades y restando peso a los momentos difíciles. Cualquier época pasada parece mejor de lo que fue desde el recuerdo”, constata la psicóloga Alexandra Fariña.

No se trata de un periodo común. En España, al momento en que los descendientes llegan a la pubertad, sus padres se sitúan entre los 45 y 55 años, esa fase fastidiosamente denominada mediana edad. Al tiempo que los jóvenes atraviesan un apogeo de energía, atractivo y horizontes por hallar, quienes los educaron hacen balance de lo que han ido perdiendo en la trayectoria.

Progenitores y descendientes evolucionan simultáneamente en sus ciclos de existencia. Los adultos se aproximan a la mitad de su trayectoria, disponiéndose para una estabilidad con menos agitación y una perspectiva más meditativa ante la realidad. Y, como sucede en cualquier transición, surge inevitablemente la confusión. Todo esto, unido a la etapa juvenil de los hijos que pone a prueba su función como guías, termina siendo el escenario propicio para que surja la melancolía.

Ciertas personas encontrarán más sencillo que otras sucumbir ante esa memoria “dulcificado”, de la cual se han eliminado las tensiones, el cansancio, las incertidumbres y múltiples experiencias poco placenteras, terminando por idealizarla ocasionalmente. No obstante, resulta fundamental reconocer que no únicamente extrañamos las ocurrencias de los niños, sino asimismo nuestra propia identidad en aquellos momentos en que los observábamos.

Debido a que en esta etapa, cuando la adolescencia irrumpe, resulta frecuente que los progenitores evoquen aquellos gestos graciosos y narren al descendiente tales anécdotas de su niñez. Historias que, de acuerdo con March, “cumple con dos objetivos, el emocional y el relacional: es una forma de reconectar con las emociones positivas de aquella época y a la vez, es una forma de reactivar el vínculo o de mantener la continuidad emocional cuando la relación cambia”.

La experta subraya lo fundamental de difundir estas vivencias con exactitud y consideración, puesto que “si estos comentarios se hacen frecuentemente y sin cuidar el tono de los mismos, pueden resultar nocivos para la autoestima del adolescente. Este puede sentirse infantilizado y no reconocido como adulto en formación”.

El miedo a la adolescencia

La adolescencia no solo cambia a los hijos: también transforma a quienes los crían
El periodo de la adolescencia no afecta únicamente a los hijos: asimismo transforma a quienes se encargan de su evolución.Llibert Teixidó / Propias

A los progenitores les inquieta, aun antes de que comience la adolescencia, la transformación de sus hijos y el vínculo que mantendrán con ellos al dejar atrás la niñez. Por consiguiente, temen los sucesos que puedan afrontar fuera de su amparo.

“Mientras nuestros hijos son pequeños solemos tener la sensación —no real— de que podemos intervenir en la mayor parte de las áreas que conforman su vida (cómo comen, cómo se comportan...) Para que las vivan de la mejor manera posible. Teniendo en cuenta que ‘la mejor manera posible’ siempre tendrá que ver con la propia perspectiva. Al crecer, esta falsa sensación se ve puesta en peligro, causando múltiples miedos hacia lo que les puede suceder”, cuenta Fariña.

Sara Desirée Ruiz, experta en educación social, instagramer y creadora del volumen ‘El día que mi hija me llamó zorra. Claves para educar en la adolescencia’ (Almuzara, 2022), apunta que una de las equivocaciones fundamentales es pretender eludir el padecimiento de nuestra descendencia. Pues madurar, sostiene, conlleva sufrimiento. Desde el brote de los primeros dientes hasta las decepciones sentimentales. Todo genera dolor, aunque sea mínimo. Esta profesional recalca asimismo que nuestro empeño por averiguar, por ejemplo, qué tal les ha ido el día, puede resultarles abrumador. Todavía no han asimilado el tránsito de un entorno donde rigen sus actos a otro donde permanecen subordinados a sus progenitores, y sus reacciones impredecibles no se deben a la estima que nos procesen, sino a una lección que aún no han integrado. Son grandes, pero no del todo.

¿Fórmulas mágicas?

Diversos y específicos factores se mezclan en la etapa adolescente: el estilo educativo, la personalidad de los progenitores, del joven, el vínculo, el contexto... Debido a esto, resulta imposible establecer generalizaciones o sugerir una receta infalible. Fariña recalca la importancia de fomentar la autonomía, el autoconcepto y orientarlos a través del diálogo, sirviendo de ejemplo. No obstante, es fundamental no descuidar el bienestar personal: “cuidando nuestras propias áreas de adultos y todos nuestros roles (no solo el paterno/ materno) así como nuestra propia salud mental”.

Puesto que este vínculo apenas se encuentra en su fase inicial. Resulta irónico que los progenitores transcurran los años recordando con nostalgia esas travesuras, ya que la niñez abarca solamente un 20% del trato entre padres e hijos. La proporción del 80% restante es la que vivirán por el resto de sus días junto al adulto que surgió tras la juventud. Comienza una etapa diferente.